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Libreto de la ópera Thais en español – Tercera parte

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(primera parte en alemán/erster Teil auf Deutsch)
(segunda parte en alemán/zweiter Teil auf Deutsch)
(tercera parte en alemán/dritter Teil auf Deutsch)

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(parte primera en español/traducción al español de la primera parte)
(parte segunda en español/traducción al español de la segunda parte)
(parte tercera en español/traducción al español de la tercera parte)

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El ardiente sol me aplasta.

Ay, sucumbo al peso del calor.

– Descansemos.
– No, sigue caminando.

Quiebra tu cuerpo,
destruye tu carne.

Padre, tienes razón.

Ofrezco mi tortura
al divino redentor.

Sólo el arrepentimiento
nos purifica. ¡Camina!

Ese cuerpo perfecto
que ofrecías a los paganos,

a los infieles, a Nicias.

Dios lo había formado
para que fuese su tabernáculo.

Y ahora que conoces la verdad,

ya nunca podrás
juntar tus labios ni tus manos,

sin sentir asco de ti misma.

Camina y expía.

– Padre, tienes razón.
– Expía.

¿Aún estamos lejos
de la casa de Dios?

Camina.

No puedo más.
Perdona, venerado padre.

Ay, la sangre chorrea
de sus blancos pies.

La compasión agita mi alma.
Pobre niña, pobre mujer.

He prolongado demasiado
esta dura prueba. Perdóname.

Oh, hermana.
Oh, santa Tais.

Oh santa Tais, santísima.

Tus palabras
son dulces como la aurora.

Ahora caminemos.

Todavía no.

Con agua fresca y fruta
recobrarás las fuerzas.

Espera que baje al pozo

y alcance los hospitalarios muros.

Mira aquellas celdas blancas.

Es el convento
de Albina al que vamos.

Estamos cerca.
Espera y reza.

Oh, mensajero de Dios,

tan bueno bajo tu dureza.

Bendito seas tú,
que me abriste las puertas del cielo.

Mi carne sangra

pero mi alma está llena de gozo.

Un ligero aire
refresca mi ardiente frente.

Más fresca que el agua de manantial,

más dulce que un panal de miel,

tu pensamiento me reconforta

dulce y saludable.

Mi espíritu se ha elevado de la tierra

y ya planea en esa inmensidad.

Muy venerado padre,

bendito seas.

– Rocía con agua mis manos y labios.
– Rocía con agua tus manos y labios.

– Ofréceme esos frutos.
– Prueba estos frutos.

– Rocía con agua mis manos y labios.
– Rocía con agua tus manos y labios.

– Mi vida te pertenece.
– Tu vida me pertenece.

– Dios te la ha confiado.
– Dios me la ha confiado.

– Soy tuya, mi vida te pertenece.
– Eres el mía, tu vida me pertenece.

– Dios te la ha confiado.
– Dios me la ha confiado.

Bebe tú también.

No. Viéndote recobrar la vida

siento un alivio mucho mayor.

– Todo me embriaga.
– Siento que tus males se mitigan.

– Oh, bondad divina.
– Oh, dulzura inefable.

Padre nuestro que estás en los cielos …

¿Quién viene?

Danos el pan nuestro de cada día.

Ay, providencia divina.

La venerable Albina y sus hermanas
traen pan negro del convento.

Rezando vienen hacia nosotros.

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal,

Amen.

La paz del Señor
esté contigo, santa Albina.

A tu colmena divina
te traigo una abeja.

Gracias a la providencia celestial

la encontré perdida
por un sendero sin flores.

Tomé a este frágil ser
en la palma de mi mano.

La calenté con mi aliento.

Para consagrarla a Dios

te la doy.

Que así sea.

– Aquí os dejo.
– Ven, hija mía.

Ya he terminado mi obra.

Adiós, querida Tais.

Quédate recluida en la angosta celda,

haz penitencia y reza por mí.

Beso tus caritativas manos

y lloro tu partida.

Tú que me has devuelto a Dios.

Sus palabras son tan conmovedoras.
Sus lágrimas tan adorables.

La bienaventurada pecadora
está salvada para el amor eterno.

¡Qué bello es su rostro!

Qué rayo de alegría mana de sus ojos.

Adiós para siempre.

Para siempre.

Nos veremos en el cielo.

Amen.

Lentamente va
entre las mujeres santas.

Las palmeras inclinan sus ramas

como para refrescar su frente.

Y los días y los años pasarán
sin poder verla ante mí.

Nunca más la veré.

Nunca más la veré.

Qué oprimente es el cielo.

Qué torpor acapara
los seres y las cosas.

A lo lejos se oye el grito del chacal.

El viento desatará su terrible furia

con truenos y relámpagos.

Entremos en nuestras cabañas
con nuestros granos y frutos.

Una noche de tormenta
podría dispersarlos.

¿Ha visto alguien a Atanael?

Hace días que regresó.

Pero creo que aún
no ha comido ni bebido.

Su victoria sobre el infierno

parece haber quebrado
su cuerpo y su alma.

Aquí viene.

– Su mente está ausente.
– Su mente está con Dios.

– Respetemos su silencio.
– Dejémosle solo.

Quédate conmigo.

Tengo que confesar
la turbación de mi alma

a tu alma serena.

Sabes Palemón,

que reconquisté el alma
de aquella impura Tais.

Sentí alegría y orgullo
tras ese triunfo.

He regresado a este desierto de paz.

Pero en mí la paz ha muerto.

En vano he fustigado mi carne.
En vano la he mortificado.

Estoy poseído por un demonio,
por la belleza de esa mujer.

¡No veo más que a Tais! ¡Tais! ¡Tais!

Mejor aún, no es ni ella,

es Elena, Friné, Venus y Astarté,

todo su esplendor y voluptuosidad
reunidos en una sola criatura.

¡No veo más que a Tais! ¡Tais! ¡Tais!

¿No te había dicho yo

«Nunca nos inmiscuyamos
en los asuntos mundanos.

Guardémonos
de los engaños del espíritu.»

¿Por qué nos has dejado?

¿Por qué? Que Dios te ayude.

Adiós.

¿Quién te ha hecho tan severo?

¿Y por qué niegas
la llama de tus ojos?

Tais.

¿Qué triste locura
te aparta de tu destino?

El hombre está hecho para amar.
Qué tremendo error el tuyo.

¡Atrás Satanás! Mi carne arde.

¡Atrévete a venir,
tú que desafías a Venus!

Me muero.

Tais.

¡Ven! ¡Ven!

¡Ven, Tais!

Una santa va a dejar la tierra.

Tais de Alejandría va a morir.

Tais va a morir.

Tais va a morir.

Tais va a morir.

Entonces, ¿para qué
el cielo, las criaturas, la luz?

¿Para qué sirve el universo?

Tais va a morir.

¡Ay, verla otra vez!
Volver a verla, abrazarla, tenerla.

La quiero, la quiero.

Iré a buscarte. Iré a buscarte.

¡Sé mía! ¡Sé mía! ¡Mía! ¡Mía!

Señor, ten piedad de mí

con tu indulgencia.

Señor, borra mi iniquidad

con tu misericordia.

Dios la llama a sí.

Esta noche la mortaja

cubrirá ese puro rostro.

Durante tres meses

ha mantenido vigilia, rezado y llorado.

La penitencia ha destruido su cuerpo

pero sus pecados se han borrado.

Señor, ten piedad de mí

con tu indulgencia.

Bienvenido a nuestro tabernáculo,

padre venerado.

Seguramente vendrás
a bendecir a esta santa

que nos has entregado.

Sí, Tais.

Dado que ha hecho
lo que tu espíritu puro le ordenó,

verá ahora la luz eterna.

¡Tais! ¡Tais!

Señor, ten piedad de mi

con tu indulgencia.

Tais.

Eres tú, padre.

¿Recuerdas aquel luminoso viaje

cuando me trajiste aquí?

Sólo recuerdo tu belleza.

Recuerdas las horas mansas
en la frescura del oasis.

¡Ay! Sólo recuerdo esa sed mía

que sólo tú puedes calmar.

Recuerda sobre todo
tus santas palabras en ese día,

por las que conocí el único amor.

– Te mentía al decirlas.
– He aquí la aurora.

Te he mentido.

Y he aquí las rosas
del eterno amanecer.

¡No! El cielo. Nada existe.

No hay más verdad que la vida
y el amor entre las criaturas.

Te amo.

El cielo se abre.
Ahí están los ángeles y los profetas.

Y los santos.
Vienen con una sonrisa,

sus manos llenas de flores.

Escúchame, amada mía.

– Dos serafines de alas blancas
– Ven, me perteneces.

– vuelan en el cielo azul. Como dijiste,
– Ay Tais mía, te amo.

el dulce Dios consolador posa
sus dedos de luz sobre mis párpados.

– Y seca para siempre las lágrimas.
– ¡Ven!

Dime que vivirás.

El sonido del arpa dorada me encanta.

– Me impregnan suaves perfumes.
– Oh mi Tais, me perteneces.

– Siento una felicidad exquisita.
– ¡Tais! ¡Tais!

Te amo.

– La felicidad aplaca todos mis males.
– Ven, Tais. Ay, ven.

Ven.

Ay, el cielo.

Veo a Dios.

¡Muerta! ¡Piedad!

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Libreto de la ópera Thais en español – Segunda parte

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(primera parte en alemán/erster Teil auf Deutsch)
(segunda parte en alemán/zweiter Teil auf Deutsch)
(tercera parte en alemán/dritter Teil auf Deutsch)

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(parte primera en español/traducción al español de la primera parte)
(parte segunda en español/traducción al español de la segunda parte)
(parte tercera en español/traducción al español de la tercera parte)

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Ah, estoy sola,

sola por fin.

Los hombres
son indiferentes y brutos.

Las mujeres son malas,
y las horas pesadas.

Mi alma está vacía.

¿Dónde encontrar la paz?

¿Y cómo retener la felicidad?

Ay, mi espejo fiel, tranquilízame.

Dime que soy bella
y que eternamente lo seré.

¡Eternamente!

Que nada marchitará el brillo
de mis labios rosados.

Que nada enturbiará
mis cabellos dorados.

¡Dímelo! ¡Dímelo!

Dime que soy bella
y que eternamente lo seré.

¡Eternamente!

Seré bella eternamente.

¡Ay calla, voz despiadada!
Voz que me dice

Tais, envejecerás.
Tais, envejecerás.

Y un día Tais ya no será Tais.

No. No puedo creerlo.

Venus, respóndeme.

Venus, dime que soy bella
y que eternamente lo seré.

Venus, invisible y presente.

Venus, magia de la sombra.

Venus, respóndeme. Respóndeme.

Dime que soy bella
y que eternamente lo seré.

¡Eternamente!

Que nada marchitará el brillo
de mis labios rosados.

Que nada enturbiará
mis cabellos dorados.

¡Dímelo! ¡Dímelo!

Dime que soy bella

y que eternamente lo seré.

¡Eternamente!

¡Ay! Seré bella eternamente.

Forastero, aquí estás
como habías dicho.

¡Señor! ¡Señor!

Haz que vea su radiante rostro
como por un velo.

Haz que el poder de sus encantos
no triunfe sobre mi voluntad.

¡Venga, habla!

Se dice que ninguna mujer te iguala

y por eso quería conocerte.

Y por eso, al verte, comprendí

lo glorioso que sería vencerte.

Tus halagos son grandes,
pero tu arrogancia los supera.

Vanidoso, guárdate de amarme.

¡Ay! Te amo, Tais.
Y gustosamente te lo digo.

Te amo , pero no como te lo imaginas.

Yo te amo con el espíritu,
te amo de verdad.

Te prometo más que la embriaguez
y los sueños de una breve noche.

La felicidad que hoy
te traigo no acabará jamás.

Jamás. Jamás.

Enséñame ese maravilloso amor.

Un amor verdadero
tiene un sólo lenguaje los besos.

¡Tais, no te burles!
El amor que te predico es desconocido.

Amigo, llegas bastante tarde.

Conozco la embriaguez
en todas sus formas.

Tu amor no trae más que vergüenza.

El amor que yo te traigo,
es el único glorioso.

Me parece insolente
que ofendas a tu anfitriona.

¿Ofenderte?

Sólo quiero conquistarte para la verdad.

La verdad me inspirará
discursos ardientes

para que tu corazón, cortesana,
se derrita como la cera.

La verdad te entregará a mí.

Ella convertirá
mis palabras en un Jordán

cuyo raudal preparará
tu alma para la vida eterna.

Para la vida eterna.

Para la vida eterna.

Pues bien.

Enséñame ese amor misterioso.

Te obedeceré. Soy tuya.

Un terrible alboroto invade mi cabeza.

¡Señor! Haz que vea
su radiante rostro como por un velo.

Venus, invisible y presente.

¡Piedad, Señor!

Venus, magia de la sombra.

Haz que el poder de sus encantos
no triunfe sobre mi voluntad.

Venus, resplandor del cielo,
blancura de nieve.

Venus, desciende y reina.

Esplendor. Voluptuosidad. Dulzura.

Señor.

Piedad.

Soy Atanael, monje de Antinoe.

Vengo del santo desierto
y maldigo la carne.

Maldigo la muerte que te posee.

Y aquí estoy ante ti
como ante una tumba.

Y te digo
Tais, levántate. Levántate.

¡Piedad! No me hagas mal.

Habla ¿qué quieres de mí? No.

No, ¡cállate, por piedad!

No he escogido
ni mi suerte ni mi naturaleza.

Y no es culpa mía ser bella.

¡Piedad! No me hagas morir.

¡Ay! Temo tanto a la muerte.

¡Piedad! No me hagas morir.
No me hagas mal.

¡Piedad! No me hagas morir.

No, ya lo he dicho
Vivirás la vida eterna.

Serás eternamente la amada y esposa
de Cristo de quien fuiste enemiga.

¡Ay! Siento un soplo fresco
en mi alma extasiada.

Me estremezco y estoy extasiada.

¡Qué poder!

Frágil e idolatrada Tais,
quiero una última vez …

¡Nicias! ¡Otra vez!

– Quiero el amor de tus labios rosados.
– Mi alma ya no es mía.

¡Amarme! Nunca ha amado a nadie.
Sólo ama el amor.

Mañana ya sólo
seré un nombre para ti.

– Sólo un nombre.
– ¿Lo oyes?

Bien, ve y dile que detesto
a todos los ricos y felices.

¡Que me olvide!
Dile que lo odio.

En tu umbral
te esperaré hasta el alba.

No, sigo siendo Tais.

Tais, la cortesana.

Ya no creo en nada.
Y ya no quiero nada.

Ni a él, ni a ti, ni a tu Dios.

Padre, Dios me ha hablado
por tu voz. Aquí me tienes.

Tais, Dios te ha estado esperando.

Tus palabras permanecieron
en mi corazón como un bálsamo divino.

He rezado y llorado.
Una gran luz inundó mi alma.

He comprendido
la futilidad de la voluptuosidad

y vengo a ti como querías.

Ánimo, hermana.
Comienza la paz interior.

¿Qué debo hacer?

No lejos de aquí
hacia occidente hay un monasterio.

Allí viven mujeres elegidas
como si fueran ángeles

en un perfecto recogimiento.

Son pobres para que Jesús las ame.

Son modestas para que él las mire.

Castas para que las despose.

Allí te llevaré.

A su piadosa
madre Albina te confiaré.

Albina, hija de los Césares.

Es la servidora más pura de Cristo.

Allí te encerraré
en una angosta celda.

Hasta el día en que Jesús te liberará.

Ve, no dudes. Vendrá él mismo.

Y tu alma se estremecerá

cuando sientas sus dedos
de luz sobre tus párpados,

para secar las lágrimas.

– Llévame, padre.
– Sí.

Pero antes destruye todo
lo que perteneció a la Tais impura.

Tu palacio, tus riquezas.
Todo cuanto proclama tu vergüenza.

Quémalo todo. Destrúyelo todo.

Que así sea, padre.

No quiero conservar
nada de mi pasado.

Nada excepto …

Esta figura de marfil, este niño,
una obra antigua magnífica.

Es Eros. Es el amor.

Considera, padre mío,

que no podemos tratarlo con crueldad.

El amor es una rara virtud.

He pecado, no por él,
sino más bien contra él.

No me arrepiento
de haberlo tenido por maestro,

sino de haber desconocido su voluntad.

Eros prohíbe que la mujer se entregue
a quien no viene en su nombre.

Y hay que honrarlo
por ese mandamiento.

Toma la figura
para colocarla en un monasterio.

Los que la vean
se acercarán a Dios.

Pues el amor nos eleva

a los pensamientos celestiales.

Nicias, cuando me amaba,
me regaló esta figura.

¡Nicias, Nicias! ¡Ay!

Maldita la venenosa fuente
de donde procede este regalo.

Que sea destruido.

Y todo el resto
a las llamas, al abismo.

¡Ven, Tais! Que todo tu pasado
se convierta en polvo

y caiga en el olvidado eterno.

– Que todo lo que fui
– Que todo lo que fuiste

– se convierta en polvo.
– y caiga en el olvido eterno.

Ven. Ven.

¡Amigos, seguidme todos!

La noche aún no ha acabado.
Venid. Venid.

El juego me ha devuelto veces
lo que me costó el favor de Tais.

Así que sigamos festejando.
¡Más! ¡Más! ¡Más!

– ¡Más! ¡Más! ¡Más!
– ¡Evoé, evoé!

Llamad a las bailarinas, a los histriones
y a los encantadores de serpientes.

Bailemos, juguemos
y riamos hasta el amanecer.

– ¡Encendamos las antorchas!
– Deslumbremos al sol.

Extended una alfombra gruesa.

Crobila y Mirtala, venid a mi lado.

¡Evoé, evoé!

No hay más verdad que la vida.

No hay más sabiduría que la locura.

He aquí la incomparable.
Crobila, toma la Lira.

Y tú, Mirtala, toma la cítara.

Y cantad su hermosura.

Es más bella

que la reina de Saba
que bailaba sobre espejos.

De la sombra de sus velos

emana su voz

como flechas de fuego.

Su tez es de ámbar pálido.

Se acerca vaporosa.

Camina como un ídolo impasible.

Hechiza y embelesa.

Su mirada lanza cadenas,

su bella y lánguida mirada

cautiva a los hombres.

Desconociendo su poder

hechiza y embelesa.

Su encanto es mortal.

¡Evoé, evoé, evoé!

– Es Atanael.
– Atanael.

Salve sabio de todos los sabios.

¿Te ha desarmado Tais la razón?
Mirad su gloriosa mirada.

¡Callaos!

Tais es la esposa de Dios,
ya no os pertenece.

La Tais infernal
ha muerto para siempre.

Y la nueva Tais, hela aquí.

Ven, hermana, huyamos
para siempre de esta ciudad.

Jamás. No. Nunca. ¡Llevársela!
¿Qué dice? No. Jamás. No.

Llevársela! ¿Qué dice? Eso jamás.
Llevársela! ¿Qué dice? Eso no.

– ¡Dice la verdad!
– ¡Tais!

¡Nos dejarías! ¿Es eso posible?

¡Impío! Arriesgas tu vida si la tocas.

Es santa.
Ahora pertenece a Dios. ¡Paso!

– No. No. No.
– ¡Abridle paso!

No. ¿Qué quiere ese hombre de ella?
Que regrese al desierto.

¡Desaparece, cinocéfalo!

Arrebatarnos a Tais.
Tais, no te vayas. Quédate.

Mis vestidos, mis caballos.
¿Quién nos pagará ahora?

¿Para quién son las leyes?
¡Nos roba a Tais! ¡Que ella se quede!

Y a él lo matamos.
Con piedras. ¡En la horca!

¡Fuego! ¡Llamas!
¡El palacio está ardiendo!

¡Toma, sátiro!
¡A muerte! ¡A muerte!

No. No. No.

Deteneos. Por todos los Dioses.
Aquí, esto os apaciguará.

– ¡Oro!
– ¡Marchaos!

Adiós, Tais.
En vano me olvidarás.

Tu recuerdo será
el perfume de mi alma.

– ¡Ah! Adiós para siempre.
– Adiós para siempre.

libreto

Thaïs – Dritter Teil – deutsch

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(primera parte en alemán/erster Teil auf Deutsch)
(segunda parte en alemán/zweiter Teil auf Deutsch)
(tercera parte en alemán/dritter Teil auf Deutsch)

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(parte primera en español/traducción al español de la primera parte)
(parte segunda en español/traducción al español de la segunda parte)
(parte tercera en español/traducción al español de la tercera parte)

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Die glühend heiße Sonne ist erdrückend.

Die Last des Tages überwältigt mich.

– Lass uns rasten.
– Nein, geh weiter.

Dein Körper muss gebrochen,
dein Fleisch vernichtet werden.

Recht hast du, mein Pater.

Dem göttlichen Erlöser
weihe ich meine Qualen.

Nur die Reue kann uns
von Schmach befreien. Geh weiter.

Diesen makellosen Körper,
den du Heiden hingabst,

Ungläubigen, dem elenden Nicias.

Dabei hatte Gott ihn geformt,
damit er ihm als Tabernakel diene.

Und nun, da du die Wahrheit kennst,

werden sich deine Lippen nie mehr berühren,
wirst du deine Hände nie mehr falten,

ohne dabei Ekel und Abscheu
vor dir selbst zu empfinden.

Geh weiter und tu Buße.

– Recht hast du, mein Pater.
– Tu Buße.

Sind wir noch weit entfernt
vom Haus Gottes?

Geh.

Ich kann nicht mehr.
Verzeih, verehrter Pater.

Ah, Blut tropft von ihren weißen Füßen.

Mitleid regt sich in meiner Seele.
Armes Kind, arme Frau.

Ich trieb es zu weit mit dieser Prüfung.
Verzeih mir.

Oh, meine Schwester.
Oh, heilige Thaïs.

Oh heilige, hochheilige Thaïs.

Deine Worte sind sanft wie die Morgenröte.

Gehen wir nun weiter.

Noch nicht.

Frisches Wasser und Früchte
werden dich wieder zu Kräften bringen.

Warte. Ich steige in den Brunnen hinab

und eile zu den Heil bringenden Mauern.

Sieh dort, die weißen Zellen.

Das Kloster von Albine,
zu dem unsere Schritt uns führen.

Das Ziel ist nah. Hoffe und bete.

Oh Bote Gottes,

in deiner rauen Schale steckt so viel Güte.

Gesegnet seist du.
Du, der mir das Tor zum Himmel öffnete.

Mein Fleisch blutet,

aber meine Seele ist voller Freude.

Ein leichter Wind
kühlt meine glühende Stirn.

Frischer als Quellwasser,

süßer als eine Honigwabe

wirken deine Gedanken in mir,

sanft und heilsam.

Mein Geist
schwebt bereits losgelöst von der Erde

in unermesslichen Weiten.

Hochverehrter Pater,

gesegnet seist du.

– Benetze mit Wasser meine Hände und Lippen.
– Benetze mit Wasser deine Hände und Lippen.

– Gib diese Früchte.
– Koste diese Früchte.

– Benetze mit Wasser meine Hände und Lippen.
– Benetze mit Wasser deine Hände und Lippen.

– Mein Leben gehört dir.
– Dein Leben gehört mir.

– Gott hat es dir anvertraut.
– Gott hat es mir anvertraut.

– Ich bin dein, mein Leben gehört dir.
– Du bist mein, dein Leben gehört mir.

– Gott hat es dir anvertraut.
– Gott hat es mir anvertraut.

Trink auch du.

Nein. Zu sehen,
wie du zu neuem Leben erweckst,

ist mir eine viel größere Wohltat.

– Alles versetzt mich in Rausch.
– Ich spüre, dass deine Leiden nachlassen.

– Oh, göttliche Güte.
– Oh, unaussprechliche Sanftmut.

Pater noster, qui es in caelis …

Wer kommt da?

Panem nostrum quotidianum da nobis.

Ah, göttliche Vorsehung.

Die ehrwürdige Albine und ihre Schwestern
bringen Schwarzbrot aus dem Kloster.

Betend kommen sie uns entgegen.

Et ne nos inducas in tentationem,

sed liberanos a malo.

Amen.

Der Friede des Herrn
sei mir dir, heilige Albine.

Für deinen göttlichen Bienenstock
bringe ich eine Biene.

Dank himmlischer Fügung

fand ich sie verloren wandelnd
auf einem Pfad ohne Blumen.

Ich nahm die Schwache in meine hohle Hand.

Ich wärmte sie mit meinem Atem.

Um sie nun Gott zu weihen,

übergebe ich sie in deine Hände.

So sei es.

– Weiter komme ich nicht mit.
– Komm her, meine Tochter.

Mein Werk ist vollbracht.

Lebewohl, teure Thaïs.

Zieh dich zurück in eine kleine Zelle,

tu Buße und bete für mich.

Ich küsse deine hilfsbereiten Hände

und weine, da du mich nun verlässt.

Du, der mich zu Gott zurückgebracht hat.

Wie mich ihre Worte rühren.
So lieblich sind ihre Tränen.

Gerettet ist die glückselige Sünderin
für die ewige Liebe.

Wie schön ihr Gesicht ist.

Ein Freudenstrahl entströmt ihren Augen.

Lebewohl für immer.

Für immer.

In der himmlischen Stadt
werden wir uns wiedersehen.

Amen.

Langsam begibt sie sich
unter die heiligen Frauen.

Die Palmen neigen ihre Äste,

als wollten sie ihre Stirn kühlen.

Tage und Jahre werden vergehen,
ohne dass sie vor mein Angesicht tritt.

Ich werde sie nie mehr sehen.

Ich werde sie nie mehr sehen.

Der Himmel ist bedrückend.

Eine lähmende Schwere
legt sich auf alles Irdische.

Von Weitem hört man
den Schrei des Schakals.

Der Wind wird
sein furchtbares Toben entfesseln,

begleitet von Donner und Blitz.

Lasst uns das Getreide und die Früchte
in unsere Hütten bringen.

Eine gewaltige Gewitternacht könnte sie
in alle Himmelsrichtungen zerstreuen.

Hat jemand Athanaël gesehen?

Meine Brüder, zwanzig Tagen ist er nun fort.

Sicher hat er seitdem
weder gegessen noch getrunken.

Sein Sieg über die Hölle

hat wohl seinen Körper
und seine Seele gebrochen.

Da kommt er.

– Er ist in Gedanken versunken.
– Er ist bei Gott.

– Achten wir sein Schweigen.
– Lassen wir ihn allein.

Bleibt bei mir.

Die Verwirrung meiner Seele
muss ich euch beichten.

Vor deiner besonnenen Seele, Abt,
muss ich bekennen.

Oh Palémon, wie du weißt,

habe ich die Seele
der unwürdigen Thaïs zurückerobert.

Hochmütige Freude
verspürte ich nach diesem Triumph.

Ich kehrte zurück in die Wüste
als einen Ort des Friedens.

Aber in mir ist kein Frieden mehr.

Vergeblich habe ich mein Fleisch gegeißelt.
Vergeblich habe ich mich verwundet.

Ein Dämon hat Besitz von mir ergriffen. Ich
bin besessen von der Schönheit dieser Frau.

Ich sehe nur noch Thaïs! Thaïs! Thaïs!

Besser noch, es ist nicht sie,

es sind Helena, Phryne, Venus und Astarte,

alle Pracht, alle Sinnenfreude
in einem Geschöpf vereint.

Ich sehe nur noch Thaïs! Thaïs! Thaïs!

Habe ich es dir nicht gesagt

“Wir mischen uns
niemals in weltliche Dinge ein.

Zu groß sind die Gefahren für den Geist.”

Warum hast du uns verlassen?

Warum?
Damit Gott dir beisteht.

Lebewohl.

Wer hat dich so hart werden lassen?

Warum verleugnest du
die Glut in deinen Augen?

Thaïs.

Welcher traurige Wahn
bringt dich um dein Schicksal?

Der Mensch ist für die Liebe gemacht.
Du unterliegst einem gewaltigen Irrtum.

Ah! Satan, zurück! Mein Fleisch brennt.

Wage es dich zu nähern,
du, der Venus trotzt!

Ich sterbe.

Thaïs.

Komm! Komm!

Komm, Thaïs!

Eine Heilige wird bald die Erde verlassen.

Thaïs von Alexandria wird sterben.

Thaïs wird streben.

Thaïs wird sterben.

Thaïs wird sterben.

Wozu also den Himmel,
die Geschöpfe, das Licht?

Was nützt das Universum?

Thaïs wird sterben.

Ah, sie noch einmal sehen.
Sie wiedersehen, umklammern, halten.

Ich will sie, ich will sie.

Ich werde dich zurückholen.
Ich werde dich zurückholen.

Du gehörst zu mir. Du gehörst zu mir.
Zu mir! Zu mir!

Herr, hab Erbarmen mit mir

durch deine Milde und Nachsicht.

Erlöse mich, Herr,
von meiner Sündhaftigkeit

durch deine Güte und Barmherzigkeit.

Gott ruft sie zu sich.

Heute Abend
wird das Leichentuch

dies reine Gesicht bedeckt haben.

Drei Monate lang

hat sie gewacht, gebetet und geweint.

Die Buße hat ihren Körper zerstört,

aber ihre Sünden sind vergeben.

Herr, hab Erbarmen mit mir

durch deine Milde und Nachsicht.

Sei willkommen in unseren heiligen Hallen,

verehrter Pater.

Sicher kommst du, um die Heilige zu segnen,

die du uns übergeben hast.

Ja, Thaïs.

Da sie tat,
was dein reiner Geist ihr geheißen hat,

wird sie nun das ewige Licht sehen.

Thaïs! Thaïs!

Herr, hab Erbarmen mit mir

durch deine Milde und Nachsicht.

Thaïs.

Du bist es, mein Pater.

Erinnerst du dich an die herrliche Reise,

als du mich hierher brachtest?

Ich erinnere mich nur
an deine irdische Schönheit.

Erinnere dich an die ruhigen Stunden
in der belebenden Frische der Oase.

Ah! Ich erinnere mich
nur an den brennenden Durst,

den du stillen wirst.

Erinnere dich vor allem an die heiligen Worte,
die du sprachst an diesem Tag,

an dem ich durch dich
die einzig wahre Liebe kennenlernte.

– Meine Worte waren gelogen.
– Da ist die Morgenröte.

Ich habe dich belogen.

Und da die Rosen des ewigen Morgens.

Nein!
Der Himmel. Nichts existiert.

Einzig wahr sind das Leben und die Liebe
zwischen den Menschen.

Ich liebe dich.

Der Himmel öffnet sich.
Da sind die Engel und Propheten.

Und die Heiligen.
Sie kommen mit einem Lächeln.

In ihren Händen halten sie Blumen.

Hör mich an, meine über alles Geliebte.

– Zwei Seraphim mit weißen Flügeln
– Komm, du gehörst zu mir.

– am tiefblauen Himmel. Und wie du gesagt,
– Oh meine Thaïs, ich liebe dich.

legt der Trost spendende Gott
seine Finger des Lichts auf meine Lider.

– Ah! Und trocknet für immer die Tränen.
– Ah! Komm!

Sag mir, dass du leben wirst.

Der Klang der goldenen Harfe entzückt mich.

– Liebliche Düfte durchdringen mich.
– Oh meine Thaïs, du gehörst zu mir.

– Ich spüre eine vorzügliche Glückseligkeit.
– Thaïs! Thaïs!

Ich liebe dich.

– Glückseligkeit betäubt all meine Schmerzen.
– Komm, Thaïs. Ah, komm.

Komm.

Ah, der Himmel.

Ich sehe Gott.

Tod! Erbarmen!

libreto

Oper Thaïs – Zweiter Teil – deutsch

/–/

(primera parte en alemán/erster Teil auf Deutsch)
(segunda parte en alemán/zweiter Teil auf Deutsch)
(tercera parte en alemán/dritter Teil auf Deutsch)

/–/

(parte primera en español/traducción al español de la primera parte)
(parte segunda en español/traducción al español de la segunda parte)
(parte tercera en español/traducción al español de la tercera parte)

/–/

Ah, ich bin allein,

endlich allein.

Die Männer
sind gleichgültig und grob zu mir.

Die Frauen sind bösartig,
die Stunden bedrückend.

Meine Seele ist leer.

Wo soll ich Ruhe finden?

Wie soll ich das Glück festhalten?

Oh, mein treuer Spiegel, beruhige mich.

Sag mir, dass ich schön bin
und ewig schön sein werde.

Ewig!

Dass nichts den Glanz
meiner rosigen Lippen beflecken wird.

Dass nichts das reine Gold
meiner Haare trüben wird.

Sag es mir! Sag es mir!

Sag mir, dass ich schön bin
und ewig schön sein werde.

Ewig!

Ah, ich werde ewig schön sein.

Ah! Sei still, erbarmungslose Stimme.
Stimme, die mir sagt

Thaïs, du wirst altern.
Thaïs, du wirst altern.

Eines Tages wird Thaïs
nicht mehr Thaïs sein.

Nein. Nein. Das kann ich nicht glauben.

Venus, gib du mir Antwort.

Venus, sag du mir,
dass meine Schönheit ewig ist.

Venus, unsichtbar und doch anwesend.

Venus, Zauber des Schattens.

Venus, antworte mir. Antworte mir.

Sag mir, dass ich schön bin
und ewig schön sein werde.

Ewig!

Dass nichts den Glanz
meiner rosigen Lippen beflecken wird.

Dass nichts das reine Gold
meiner Haare trüben wird.

Sag es mir! Sag es mir!

Sag mir, dass ich schön bin

und ewig schön sein werde.

Ewig!

Ah! Ich werde ewig schön sein.

Fremder, da bist du ja, wie du gesagt hast.

Herr! Herr!

Gib, dass ihr strahlendes Antlitz
mir nichts anhaben kann.

Gib, dass die Kraft ihres Zaubers
nicht über meinen Willen triumphiert.

Los, beginne mit deinem Vortrag.

Man sagt, dass keine Frau dir gleiche,

und deshalb wollte ich dich kennenlernen.

Bei deinem Anblick begriff ich,

wie rühmlich es wäre, dich zu besiegen.

Deine Ehrerbietung ist groß,
aber deine Überheblichkeit ist größer.

Hochmütiger, gib Acht,
du könntest dich verlieben.

Ah! Ich liebe dich, Thaïs.
Das gebe ich sogar zu.

Aber ich liebe dich anders,
als du es dir vorstellst.

Ich liebe dich im Geiste,
meine Liebe ist wahrhaftig.

Ich verspreche dir mehr als den Rausch
und die Träume einer kurzen Nacht.

Die Glückseligkeit, die ich heute
dir bringe, wird niemals enden.

Niemals. Niemals.

Zeige mir also diese wundersame Liebe.

Wahre Liebe kennt nur eine Sprache Küsse.

Thaïs, spotte nicht! Die Liebe,
die ich predige, ist keine gewöhnliche Liebe.

Mein Freund, du kommst recht spät.

Ich kenne den Rausch in all seinen Formen.

Deine Liebe bringt nichts
als Schmach und Schande hervor.

Die Liebe, die ich dir bringe,
ist die einzig ruhmvolle.

Es ist recht kühn von dir,
deine Gastgeberin zu beleidigen.

Dich beleidigen?

Ich will dich nur für die Wahrheit gewinnen.

Die Wahrheit wird mich
zu leidenschaftlichen Reden anregen,

damit dein Herz, oh Kurtisane,
dahinschmelze wie Wachs.

Die Wahrheit wird dich mir ausliefern.

Sie verwandelt meine Worte in einen Jordan,

dessen gewaltige Fluten deine Seele
auf das ewige Leben vorbereiten werden.

Auf das ewige Leben.

Auf das ewige Leben.

Gut.

Zeig mir
diese geheimnisvolle Form der Liebe.

Ich befolge deine Anweisungen.
Ich gehöre dir.

Ein furchtbares Getöse
erhebt sich in meinem Kopf.

Herr! Gib, dass ihr strahlendes Antlitz
mir nichts anhaben wird.

Venus, unsichtbar und doch anwesend.

Erbarmen, Herr!

Venus, Zauber des Schattens.

Gib, dass die Kraft ihres Zaubers
nicht über meinen Willen triumphiert.

Venus, Glanz des Himmels,
strahlend weiß wie Schnee.

Venus, steig herab und herrsche.

Pracht. Wollust. Süße.

Herr.

Erbarmen.

Ich bin Athanaël, Mönch zu Antinoë.

Ich komme aus der heiligen Wüste
und verfluche das Fleisch.

Ich verfluche das Verderben,
von dem du beherrscht wirst.

Ich stehe hier vor dir,
wie vor einem Grabmal.

Ich sage dir
Thaïs, steh auf. Erhebe dich.

Erbarmen! Tu mir kein Leid an.

Sprich, was willst du von mir? Nein.

Bitte, sei still. Bitte, sei still.

Ich habe mir mein Schicksal
und mein Wesen nicht ausgesucht.

Für meine Schönheit kann ich nichts.

Erbarmen! Lass mich nicht sterben.

Ah! Ich fürchte den Tod so sehr.

Lass mich nicht sterben. Hab Erbarmen.
Tu mir kein Leid an.

Erbarmen, Erbarmen!
Nein. Bitte lass mich nicht sterben!

Nein, ich sagte es doch
Dir wird ewiges Leben zuteil.

Für immer wirst du die Geliebte und Braut
Christi sein, dessen Feindin du warst.

Ah! Ich spüre, dass ein erfrischender Hauch
meine Seele verzückt.

Ich schaudere, bin entzückt.

Ah, was ist das für eine Macht.

Abgöttisch verehrte Thaïs,
ein letztes Mal will ich …

Nicias! Du!

– Ich will Liebe von deinen rosigen Lippen.
– Meine Seele gehört mir nicht mehr.

Mich lieben! Er hat nie jemanden geliebt.
Er liebt nur die Liebe.

Morgen werde ich
nur noch ein Name für dich sein.

– Nur noch ein Name.
– Hörst du ihn?

Gut, geh und sag ihm, dass ich
alle Reichen und Glücklichen verabscheue.

Dass er mich vergessen soll!
Sag ihm, dass ich ihn hasse.

Bis zum Morgengrauen
erwarte ich dich an deiner Schwelle.

Nein, ich bleibe Thaïs.

Thaïs, die Kurtisane.

Ich glaube an nichts mehr.
Ich will nichts mehr.

Weder ihn, noch dich, noch deinen Gott.

Pater, Gott sprach zu mir
durch deine Stimme. Hier bin ich.

Thaïs, Gott hat auf dich gewartet.

Deine Worte sind in meinem Herzen
wie göttlicher Balsam verblieben.

Ich betete und weinte. Ein großes Licht
breitete sich in meiner Seele aus.

Ich habe die Nichtigkeit
aller Wollust erkannt

und komme zu dir, wie du verlangt hast.

Nur Mut, meine Schwester.
Die Zeit inneren Friedens ist angebrochen.

Was muss ich tun?

Nicht weit von hier, gen Westen,
gibt es ein Kloster.

Dort leben, Engeln gleich,
auserwählte Frauen

in inniger Andacht.

Sie sind arm, damit Jesus sie liebt.

Bescheiden, damit er sie beachtet.

Keusch, damit er sich mit ihnen vermählt.

Dorthin werde ich dich bringen.

Der frommen Mutter Albine
werde ich dich anvertrauen.

Albine, Tochter der Cäsaren.

Sie ist Christi reinste Dienerin.

Dort werde ich dich
in eine kleine Zelle einschließen.

Bis zu dem Tag,
an dem Jesus dich erlösen wird.

Komm, zweifle nicht.
Er selbst wird kommen.

Und beben wird deine Seele,

wenn sich die Finger des Lichtes
auf deine Lider legen,

um die Tränen zu trocknen.

– Nimm mich mit, mein Pater.
– Ja.

Aber zuvor zerstöre alles,
was zur unreinen Thaïs gehörte.

Deinen Palast, deine Reichtümer.
Alles, was deine Schande verkündet.

Verbrenne alles. Zerstöre alles.

So sei es, Pater.

Ich will nichts
von meiner Vergangenheit behalten.

Nichts außer …

Diese Figur aus Elfenbein, dieses Kind,
eine antike wundervolle Arbeit.

Es ist Eros.
Er kündet von der Liebe.

Bedenke, oh mein Pater,

wir dürfen nicht grausam zu ihm sein.

Die Liebe ist eine seltene Tugend.

Ich habe gesündigt, aber nicht durch ihn.
Vielmehr habe ich mich gegen ihn gewandt.

Ah, ich bedaure nicht,
dass er mein Meister war,

aber dass ich seinen Willen verkannt habe.

Eros verbietet der Frau, sich jemandem hinzugeben,
der nicht in seinem Namen kommt.

Für dieses Gebot muss ich ihn ehren.

Nimm die Figur
und stell sie in einem Kloster auf.

Alle, die ihn sehen,
werden sich Gott zuwenden.

Denn die Liebe lässt in uns

himmlische Gedanken wachsen.

Die Figur ist ein Geschenk von Nicias.

Nicias, Nicias! Ah!

Verflucht sei die giftige Quelle,
von der du dies Geschenk erhalten hast.

Auf das sie vernichtet werde.

Und der ganze Rest soll in Flammen aufgehen,
im Abgrund versinken.

Komm, Thaïs! Deine ganze Vergangenheit
soll zu Staub werden

und dem ewigen Vergessen anheimfallen.

– Alles, was ich war,
– Alles, was du warst,

– soll zu Staub werden.
– und dem ewigen Vergessen anheimfallen.

Komm. Komm.

Freunde, kommt alle mit!

Die Nacht ist noch nicht vorbei. Kommt. Kommt.

Beim Spiel gewann ich Mal so viel,
wie mich Thaïs’ Gunst gekostet hat.

Lasst uns also feiern.
Noch mehr! Noch mehr! Noch mehr!

– Noch mehr! Noch mehr! Noch mehr!
– Juchei! Juchei!

Ruft die asiatischen Tänzerinnen,
die Schlangenbeschwörer und Gaukler.

Bis zum Tagesanbruch
lasst uns tanzen, spielen, lachen.

– Zünden wir Fackeln an!
– Damit die Sonne erblasst.

Bringt einen dicken Teppich her.

Crobyle und Myrtale, kommt an meine Seite.

Juchei! Juchei!

Nur das Leben ist Wahrheit.

Der Wahnsinn ist das einzig Vernünftige.

Da ist sie, die Unvergleichliche.
Crobyle, nimm die Lyra.

Und du, Myrtale, nimm die Kithara.

Und beide singt ein Loblied
auf ihre Schönheit.

Sie ist schöner

als die Königin von Saba,
die auf Spiegeln tanzte.

Aus dem Schatten ihrer Schleier

erstrahlt ihre Stimme

wie Feuerpfeile.

Ihre Gesichtsfarbe gleicht blassem Bernstein.

Sie nähert sich leichtfüßig.

Erhaben wie eine Heilige bewegt sie sich.

Sie ist hinreißend und zärtlich.

Ihre Blicke sind wie Fesseln,

ihre reizenden gleichgültigen Blicke

legen die Männer in Ketten.

Ohne ihre Macht zu kennen,

zieht sie in ihren Bann
und verteilt Liebkosungen.

Ihr Zauber ist tödlich.

Juchei! Juchei! Juchei!

– Es ist Athanaël.
– Athanaël.

Sei gegrüßt Weisester aller Weisen.

Hat Thaïs doch deinen Verstand besiegt?
Ah! Ah! Seht diesen ruhmreichen Blick.

Ah, schweigt!

Thaïs ist die Braut Gottes,
sie gehört nicht mehr zu euch.

Die lasterhafte Thaïs
ist für immer gestorben.

Da kommt die neue Thaïs.

Komm, meine Schwester,
lass uns aus dieser Stadt fliehen.

Niemals. Nein. Nie. Sie mitnehmen, nein!
Was sagt er da? Nein. Nie. Nein.

Sie mitnehmen. Was sagt er da? Nein. Nie.
Sie mitnehmen. Was sagt er da? Nein.

– Er hat Recht!
– Thaïs!

Du würdest uns verlassen! Ist das möglich!

Gottloser! Du riskierst dein Leben,
wenn du sie berührst.

Sie ist heilig. Sie ist nun
auf Gottes Seite. Lasst sie durch.

– Nein. Nein. Nein.
– Lasst sie durch!

Nein. Was will der Mann von ihr?
In die Wüste soll er zurückgehen.

Verschwinde, Hundsköpfiger!

Antworte uns, Thaïs.
Thaïs, geh nicht. Bleib.

Meine Kleider, meine Pferde.
Wer wird uns nun bezahlen?

Was ist mit den Gesetzen?
Er stiehlt uns Thaïs! Sie soll bleiben!

Und ihn richten wir hin.
Mit Kragsteinen. Am Galgen!

Ein Feuer! Flammen!
Der Palast brennt!

Abscheulicher!
Tod! Tod!

Nein. Nein. Nein.

Hört auf. Im Namen der Götter.
Hier, das wird euch beruhigen.

– Gold!
– Geht!

Lebewohl, Thaïs.
Umsonst wirst du mich vergessen.

Die Erinnerung an dich
wird der Duft in meiner Seele sein.

– Ah! Lebewohl für immer.
– Für immer, Lebewohl.

libreto

Oper Thaïs – Erster Teil – deutsch

Musik: Jules Massenet,
Französisches Libretto: Louis Gallety


/–/

(primera parte en alemán/erster Teil auf Deutsch)
(segunda parte en alemán/zweiter Teil auf Deutsch)
(tercera parte en alemán/dritter Teil auf Deutsch)

/–/

(parte primera en español/traducción al español de la primera parte)
(parte segunda en español/traducción al español de la segunda parte)
(parte tercera en español/traducción al español de la tercera parte)

/–/

Hier sind Brot …

– … und Salz …
– … und Ysop, das heilige Kraut.

Honig

und Wasser.

Jeden Morgen
gießt der Himmel Gnade über uns aus,

wie Tau über meinen Garten.

Lasst uns Gott danken für seine Gaben

und um die Wahrung des Friedens bitten.

Dass die schwarzen Dämonen
des Abgrunds weichen.

Herr, halte Deinen starken Arm
über unseren Bruder Athanaël.

Athanaël! Athanaël!
So lange ist er schon fort.

Wann wird er zurückkommen? Wann?

Die Stunde seiner Rückkehr ist nah.

Heute Nacht im Traum konnte ich sehen,

dass er mit eiligem Schritt sich nähert.

Athanaël ist ein Auserwählter Gottes!

Er erscheint im Traume.

Da ist er ja. Da ist er.

Der Friede sei mit euch.

Sei gegrüßt, Bruder.

Müde bist du.
Staub bedeckt deine Stirn.

Nimm deinen alten Platz unter uns ein.
Iss und trink.

Nein. Mein Herz ist voller Bitterkeit.

Erfüllt von Trauer
und tief bekümmert kehre ich zurück.

Die Stadt ist der Sünde verfallen.

Eine Frau, Thaïs,
ist die Ursache aller Schmach und Schande.

Sie verleitet die Menschen
zu Sünde und Laster.

Wer ist diese Thaïs?

Eine schändliche Priesterin der Venus.

Ach!

Aus Kindestagen,
bevor die Gnade Gottes mein Herz durchdrang,

ist sie mir bekannt.

Zu meiner Schande muss ich gestehen,

dass ich einst auf ihrer verfluchten Schwelle stand.

Doch Gott bewahrte mich vor dieser Kurtisane.

Hier in der Wüste fand ich Ruhe.

Verflucht sei die Sünde, die ich begangen hätte!

Unbehagen durchdringt meine Seele.

Ihre Sündhaftigkeit
und ihr schändliches Gebaren

erfüllen mich mit großem Schmerz.

Ich will diese Seele zu Gott führen.

Ja, ich will diese Seele zu Gott führen.
Zu Gott! Zu Gott!

Mein Sohn, wir mischen uns niemals
in weltliche Dinge ein.

Zu groß sind die Gefahren für den Geist.

So gebietet es uns die ewige Weisheit.

Die Nacht bricht herein.
Lasst uns beten und schlafen.

Lasst uns beten.

Dass der Herr die schwarzen Dämonen des Abgrunds
von unseren Wegen fernhält.

Herr, segne das Brot und das Wasser.

Segne die Früchte unseres Gartens.

Beschere uns eine friedliche Nacht

und traumlosen Schlaf.

Oh Herr, ich gebe meine Seele

wieder in Deine Hände.

Schande! Abscheu! Ewige Finsternis!

Herr! Herr! Steh mir bei!

Du, der unsere Seelen mit Gnade erfüllt.

Guter Gott, gepriesen seist Du!

Ich habe die Weisung des Traums verstanden.
Ich mache mich auf den Weg.

Denn ich will diese Frau
von den Fängen des Fleisches befreien.

Tief betrübt blicken die Boten des Himmels
zu ihr hernieder.

Ist das nicht der Hauch Deines Mundes,
Herr, oh Herr!

Je größer ihre Schuld,
umso mehr muss ich sie bedauern.

Aber ich werde sie retten.
Herr, gib sie in meine Hände. Gib sie mir.

Und ich gebe sie Dir zurück,
bereit für das ewige Leben.

Brüder, Brüder. Steht alle auf.
Steht auf und kommt her zu mir.

Der Herr hat mir eine Mission übertragen.

Zur verfluchten Stadt
muss ich zurückkehren.

Gott will nicht, dass Thaïs sich noch
tiefer in den Abgrund des Bösen begibt.

Er hat mich auserwählt,
sie zur Umkehr zu bewegen.

Mein Sohn, wir mischen uns niemals
in weltliche Dinge ein.

So gebietet es uns die ewige Weisheit.

Geist des Lichts und der Gnade,

rüste mein Herz für den Kampf.

Rüste sein Herz für den Kampf.

Gib mir die Kräfte der Erzengel.

Gib ihm die Kräfte der Erzengel.

Gegen die Verführungen des Dämons.

– Rüste sein Herz.
– Rüste mein Herz.

Für den Kampf.

Gegen die Verführungen des Dämons.

Hinfort mit dir, Bettler.

Abschaum wie dich empfängt mein Herr nicht.

Mein Sohn, bitte tue, was ich dir sage.

Ich bin ein Freund deines Herrn
und möchte ihn sprechen.

Fort mit dir, Bettler!

Schlag mich, wenn du willst,
aber gib deinem Herrn Bescheid.

Geh.

Da liegt sie, die verruchte Stadt.

Alexandria, Alexandria.

Wo ich in Sünde geboren wurde.

Die gleißende Stadt, in der ich
den abscheulichen Duft der Sinneslust roch.

Da, das wollüstige Meer,

wo ich die Sirene
mit den goldenen Augen singen hörte.

Ja, Alexandria ist die Wiege meines Körpers.

Mein Geburtsort.
Meine Wiege, meine Vaterstadt.

Von deiner Liebe wendete ich mich ab.

Wegen deiner Reichtümer verachte ich dich.

Ich hasse dich für dein Wissen
und deine Schönheit. Ich hasse dich.

Ich verfluche dich, denn du bist erfüllt
von Abschaum und Unzucht.

Kommt, ihr Boten des Himmels!
Verströmt den Hauch Gottes, kommt!

Boten des Himmels! Hauch Gottes!

Durch das Schlagen eurer Flügel

erfüllt ihr die verdorbene Luft mit Wohlgeruch.

Kommt, ihr Engel.
Verströmt den Hauch Gottes.

Athanaël, du bist es!
Mein Gefährte, mein Freund, mein Bruder.

Oh, ich erkenne dich wieder.

Auch wenn du in Wahrheit eher einem Tier
als einem Menschen gleichst.

Umarme mich und sei herzlich willkommen.

Kehrst du der Wüste den Rücken
und kommst zurück in die Stadt?

Oh Nicias, ich bleibe nur einen Tag,
nur eine Stunde.

Sag mir, was ist dein Begehr?

Nicias, kennst du diese Schauspielerin,
Thaïs, die Kurtisane?

Sicher kenne ich sie. Um genau zu sein
Sie gehört zu mir, noch für einen Tag.

Für ihre Gunst verkaufte ich die Weinberge,
mein letztes Stück Land, meine letzte Mühle.

Ich schrieb ihr zahlreiche Gedichte.

Aber all das zählt nichts.

Ich möchte sie festhalten,
damit mein Kummer weiche.

Ihre Liebe ist leicht
und flüchtig wie ein Traum.

Was willst du von ihr?

Ich will sie zu Gott zurückführen.

Ah, ah! Mein armer Freund.

Du läufst Gefahr, Venus zu beleidigen,
deren Priesterin sie ist.

Ich will sie zu Gott zurückbringen.

Ich werde Thaïs
ihren schändlichen Liebhabern entreißen

und Jesus als Braut übergeben.

Thaïs wird in ein Kloster eintreten

und mir dorthin noch heute folgen.

Gib Acht! Damit beleidigst du Venus,
die mächtige Göttin.

– Sie wird sich rächen.
– Gott wird mich beschützen.

Wo finde ich diese Frau?

Bei mir, sie wird heute Abend

zum letzten Mal
in heiterer Gesellschaft mit mir speisen.

Nach ihrer Vorstellung kommt sie her.

Leih mir also, teurer Freund,
ein angemessenes Gewand,

damit ich die Abendgesellschaft
mit meinem Aufzug nicht verstöre.

Crobyle und Myrtale, meine Lieben,

eilt euch, den guten Athanaël zu schmücken.

So prächtig wie einst wirst du aussehen.

Ja, ich bediene mich der Waffen der Hölle,
um gegen sie anzukommen.

Hochmütiger Philosoph.
Die menschliche Seele ist schwach.

Hochmut fürchte ich nicht,
solange der Himmel mich leitet.

– Er ist jung.
– Er ist schön.

– Sein Bart ist etwas stachlig.
– Seine Augen sind voller Feuer.

– Das Stirnband steht ihm gut.
– Verehrter Satrap, nimm deine Armreife.

– Deine Ringe.
– Reich uns deine Arme.

Deine Finger.

Er ist jung, er ist schön. Seine Auge
sind voll Feuer. Er ist jung, er ist schön.

– Nun das Gewand.
– Zieh das schwarze Büßerhemd aus.

Ah, ihr Frauen, das niemals!

– Wie du willst.
– Wie du willst.

Versteck ruhig deine Strenge und Rauheit
unter diesem geschmeidigen Gewande.

Beachte ihren Spott nicht.

Senk deine Augen nicht vor ihnen.
Vielmehr verdienen sie deine Bewunderung.

Er ist schön wie ein junger Gott.
Bei seinem Anblick nähme selbst Daphne,

die scheue Göttin, menschliche Züge an.
Das glaube ich.

Wir ziehen dir goldene Sandalen an

und reiben diesen Duft auf deine Wangen.

Beachte ihren Spott nicht.

Senk deine Augen nicht vor ihnen.
Vielmehr verdienen sie deine Bewunderung.

Bewundere sie, bewundere sie.

Sei nicht beleidigt.

Sei glücklich.

Sei auf der Hut. Die Feindin naht.

Thaïs, Inbegriff ewiger Jugend.

Rose von Alexandria.

Schweigsame Schöne.

Thaïs! Über alle Maßen Begehrte.
Thaïs! Thaïs! Thaïs!

Verehrte Thaïs!

Hermodoros, Aristobulos,
Callicrate, Dorion.

Meine Gäste. Meine Freunde.

Die Götter seien mit euch.

Die abgöttisch verehrte, zarte Thaïs
kommt zum letzten Mal

und nimmt am blumig duftenden Tisch Platz.

Morgen werde ich
nur noch ein Name für dich sein.

Eine lange Woche haben wir uns geliebt.

Eine lange Woche haben wir uns geliebt.

Das ist ein hohes Maß an Beständigkeit
und ich beklage mich nicht.

Du wirst fortgehen und frei sein,
weit weg von mir.

Frei und weit weg von dir.

Heute Abend sei heiter und fröhlich.

Lass uns glückliche Stunden
miteinander verbringen.

Verlangen wir nicht mehr von dieser Nacht

als ein wenig Trunkenheit
und göttliches Vergessen.

Morgen. Morgen.

Morgen werde ich
nur noch ein Name für dich sein.

Ah! Morgen

werde ich nur noch ein Name für dich sein.

Wer ist dieser Fremde,

der seinen wilden Blick so auf mich heftet?

Ich sah ihn noch nie auf unseren Festen.

Woher kommt er? Wer ist er?

Ein Philosoph mit rauem Gemüt.

Ein Einsiedler aus der Wüste.

Gib Acht! Er hat es auf dich abgesehen.

Ist er für die Liebe geeignet?

Menschliche Schwäche
kann sein Herz nicht erweichen.

Er will dich
zu seiner heiligen Lehre bekehren.

Welche Lehre vertritt er?

Die Verachtung des Fleisches,
die Liebe zum Schmerz,

strenge Buße.

Geh, zieh weiter.
Ich glaube an nichts als die Liebe.

Keine andere Macht kann mich beeinflussen.

Hör auf, Gott zu lästern.
Nein, hör auf, Gott zu lästern.

Wer hat dich so hart werden lassen?

Und warum
verleugnest du die Glut in deinen Augen?

Welcher traurige Wahn
bringt dich um dein Schicksal?

Der Mensch ist für die Liebe gemacht.
Du unterliegst einem gewaltigen Irrtum.

Der Mensch ist bestimmt, sie zu erfahren.
Wer hat dich nur so verblendet?

Du hast den Kelch des Lebens nicht berührt.

Die Weisheit der Liebe
hast du nicht erkannt.

Setz dich zu uns
und bekränz’ dich mit Rosen.

Wahrheit findest du nur in der Liebe,
empfange sie mit offenen Armen!

Setz dich zu uns
und bekränz’ dich mit Rosen.

Wahrheit findest du nur in der Liebe,
empfange sie mit offenen Armen!

Nein, nein!
Ich verachte euren falschen Rausch.

Nein. Hier sage ich kein Wort mehr.

Sünderin, ich werde in deinen Palast kommen,
um dir das Heil zu bringen.

Ich werde dich bezwingen
und das Böse besiegen.

Setz dich zu uns
und bekränz’ dich mit Rosen.

Wahrheit findest du nur in der Liebe,
empfange sie mit offenen Armen!

Ich werde in deinen Palast kommen.

Bekränz’ dich mit Rosen.
Wahrheit findest du nur in der Liebe.

Empfange die Liebe mit offenen Armen.

Ich werde in deinen Palast kommen,
um dir das Heil zu bringen.

Wage es zu kommen, du, der Venus trotzt.

Wage es zu kommen, du, der Venus trotzt.

libreto

Libreto de la ópera Thais en español – Primera parte

Compuesta por Jules Massenet, sobre un libreto del francés Louis Gallet

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(primera parte en alemán/erster Teil auf Deutsch)
(segunda parte en alemán/zweiter Teil auf Deutsch)
(tercera parte en alemán/dritter Teil auf Deutsch)

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(parte primera en español/traducción al español de la primera parte)
(parte segunda en español/traducción al español de la segunda parte)
(parte tercera en español/traducción al español de la tercera parte)

/–/

He aquí el pan …

– … y la sal …
– … y el hisopo.

La miel

y el agua.

Cada mañana
el cielo esparce su gracia

sobre mi jardín como rocío.

Alabemos a Dios por sus ofrendas

y pidámosle que nos dé su paz.

Que los negros demonios del infierno
se aparten de nuestro camino.

Señor, sostén tu fuerte brazo
sobre nuestro hermano Atanael.

¡Atanael! ¡Atanael!
¡Qué larga su ausencia!

¿Cuándo volverá? ¿Cuándo?

La hora de su retorno está cerca.

Esta noche lo vi en sueños

apresurándose hacia nosotros.

¡Atanael es un elegido de Dios!

Se revela en los sueños.

Aquí está. Aquí está.

¡La paz esté con vosotros!

Salve hermano.

Estás cansado.
Polvo cubre tu frente.

Vuelve a ocupar tu sitio
entre nosotros. Come y bebe.

No. Mi corazón está lleno de amargura.

Regreso lleno de pena y aflicción.

La ciudad ha sucumbido al pecado.

Una mujer, Tais,
es la causa del escándalo.

Por ella el infierno
gobierna a los hombres.

¿Quién es esa Tais?

Una infame sacerdotisa de Venus.

¡Ay!

Siendo niño, antes de que
la gracia me hablara al corazón,

la conocí.

Un día, lo confieso con vergüenza,

me detuve ante su maldito umbral.

Pero Dios me salvó de esa cortesana.

Y encontré la paz en este desierto.

¡Maldiciendo el pecado
que habría cometido!

Mi alma está turbada.

La vergüenza de Tais
y el mal que hace

me causan una amarga pena.

Quisiera entregar esa alma a Dios.

Sí, quisiera entregar esa alma a Dios.
¡A Dios! ¡A Dios!

Hijo mío, nunca nos inmiscuyamos
en los asuntos mundanos.

Guardémonos de los engaños del espíritu.

Eso nos dice la sabiduría eterna.

Cae la noche.
Oremos y durmamos.

Oremos.

Que los negros demonios del infierno
se aparten de nuestro camino.

Señor, bendice el pan y el agua.

Señor,
bendice los frutos de nuestro jardín.

¡Danos una noche sin sueños

y un reposo inalterable!

Señor, dejo mi alma

en tus manos.

¡Vergüenza! ¡Horror!
¡Tinieblas eternas!

¡Señor! ¡Señor! ¡Ayúdame!

Tú que nos enseñaste la piedad.

¡Buen Dios, alabado seas!

He comprendido el mensaje del sueño.
Emprenderé el camino.

Quiero liberar a esta mujer
de las ataduras de la carne.

Los ángeles la contemplan desolados.

¿Acaso no es ella el soplo de tu aliento?
¡Señor, oh Señor!

Cuanto mayor es su culpa,
más la compadezco.

Pero yo la salvaré.
Señor, dámela a mí.

Y te la devolveré para la vida eterna.

Hermanos, hermanos.
Levantaos todos. Venid.

El Señor me ha revelado mi misión.

Tengo que volver a la ciudad maldita.

Dios no quiere que Tais
siga adentrándose en el mal.

Y me ha elegido a mí
para reconducirla a él.

Hijo mío, nunca nos inmiscuyamos
en los asuntos mundanos.

Eso nos dice la sabiduría eterna.

Espíritu de la luz y de la gracia,

arma mi corazón para el combate.

Arma mi corazón para el combate.

Dame la fuerza de los arcángeles.

Dale la fuerza de los arcángeles

contra las tentaciones del demonio.

– Arma su corazón.
– Arma mi corazón.

Para el combate.

Contra las tentaciones del demonio.

Fuera de aquí, mendigo.

Mi amo no recibe a perros como tú.

Hijo mío, por favor haz lo que te digo.

Soy amigo de tu señor
y quiero hablar con él.

¡Fuera de aquí, mendigo!

Golpéame si quieres,
pero avisa a tu señor.

Ve.

He aquí la terrible ciudad.

Alejandría, Alejandría.

Donde nací en el pecado.

Ambiente brillante donde respiré
el horrible perfume de la lujuria.

He aquí el mar voluptuoso

donde escuchaba cantar
a la sirena de ojos dorados.

Sí, Alejandría es la cuna de mi cuerpo.

Mi cuna, mi patria.

De tu amor me he apartado.

Por tu opulencia te odio,

por tu ciencia y tu belleza, te odio.

Y ahora te maldigo
como templo de la impudicia.

¡Venid, ángeles del cielo!
¡Soplos de Dios, venid!

¡Ángeles del cielo!
¡Soplos de Dios!

Perfumad con vuestro aleteo

el aire corrompido que me rodeará.

¡Venid, ángeles del cielo!
¡Soplos de Dios, venid!

¡Atanael, eres tú!
Compañero, amigo, hermano.

Te reconozco.

Aunque – en verdad – te pareces
más a una bestia que a un hombre.

Abrázame y sé bienvenido.

¿Dejas el desierto?
¿Regresas con nosotros?

Nicias, sólo vengo
por un día, por una hora.

Dime qué deseas.

Nicias, ¿conoces a esa actriz,
Tais, la cortesana?

Claro que la conozco.
Mejor dicho, aún es mía por un día.

Por ella he vendido mis viñas,
mi última tierra y mi último molino.

Le compuse numerosas elegías.

Pero nada de eso cuenta.

Encadenarla
tampoco serviría de nada.

Su amor es ligero
y fugaz como un sueño.

¿Qué esperas de ella?

Quiero reconducirla a Dios.

¡Ay, mi pobre amigo!

Ofenderías a Venus,
de quien es sacerdotisa.

Quiero reconducirla a Dios.

Arrebataré a Tais
a sus inmundos amantes

y se la entregaré por esposa a Jesús.

Tais entrará en un monasterio.

Hoy mismo me acompañará allí.

¡Ten cuidado!
Ofenderás a Venus, la poderosa diosa.

– Ella se vengará.
– Dios me protegerá.

¿Dónde encontraré a esta mujer?

Aquí mismo, por última vez

cenará conmigo en alegre compañía.

Después de su representación
en el teatro vendrá.

Amigo, préstame ropas

para asistir dignamente
al festín que le das.

Crobila y Mirtala, queridas,

apresuraos a engalanar
a mi buen Atanael.

Te veré tan esplendoroso como antes.

Sí, empuñaré las armas
del infierno para luchar contra él.

Filósofo orgulloso.
El alma humana es frágil.

No temo al orgullo
cuando el cielo me dirige.

– Es joven.
– Es hermoso.

– Su barba es un poco rasposa.
– Sus ojos están llenos de fuego.

– Esta diadema le sienta bien.
– Querido sátrapa, toma tus brazaletes.

– Tus anillos.
– Danos tus brazos.

Tus dedos.

Es joven, es hermoso. Sus ojos están
llenos de fuego. Es joven, es hermoso.

– Ahora la túnica.
– Quítale ese cilicio negro.

¡Mujeres, eso nunca!

– Como quieras.
– Como quieras.

Esconde pues tus rudezas
bajo esta suave túnica.

No te ofendas por su burla.

No bajes tu mirada ante ellas.
Admíralas más bien.

Es hermoso como un joven Dios.
Si Dafne lo viera,

la esquiva diosa se haría humana.

Deja que te calcemos
estas sandalias doradas,

deja que rociemos
con este perfume tus mejillas.

No te ofendas por su burla.

No bajes tu mirada ante ellas.
Admíralas más bien.

Admíralas. Admíralas.

No te ofendas.

Sé feliz.

Cuidado.
Aquí viene tu terrible enemiga.

Tais, hermana de las Gracias.

Rosa de Alejandría.

Bella silenciosa.

¡Tais! La más deseada.
¡Tais! ¡Tais! ¡Tais!

¡Adorada Tais!

Hermodoro, Aristóbulo,
Calícrates, Dorión.

Mis invitados. Mis amigos.

Los dioses están con vosotros.

Tais, el frágil ídolo
viene por última vez

a sentarse a la florida mesa.

Mañana ya sólo seré
un nombre para ti.

Nos hemos amado una larga semana.

Nos hemos amado una larga semana.

Es mucha constancia y no me quejo.

Partirás y serás libre lejos de mí.

Libre, lejos de ti.

Esta noche sé alegre.

Pasemos horas felices.

Y no le pidamos a esta noche

más que un poco de embriaguez
y de divino olvido.

Mañana. Mañana.

Mañana ya sólo seré
un nombre para ti.

¡Ah! ¡Mañana!

Ya sólo seré un nombre para ti.

¿Quién es ese forastero

que fija su hosca mirada en mí?

Nunca lo he visto en nuestras fiestas.

¿De dónde viene? ¿Quién es?

Es un filósofo de alma ruda.

Un anacoreta del desierto.

¡Ten cuidado! Ha venido por ti.

¿Qué nos trae? ¿El amor?

Ninguna debilidad humana
ablandará su corazón.

Quiere convertirte a su santa doctrina.

¿Qué enseña?

El desprecio de la carne,
el amor al dolor,

la austera penitencia.

Vete, sigue tu camino.
Yo sólo creo en el amor.

Ningún otro poder puede influirme.

No blasfemes.

¿Quién te ha hecho tan severo?

¿Y por qué niegas
la llama de tus ojos?

¿Qué triste locura
te aparta de tu destino?

El hombre está hecho para amar.
Qué tremendo error el tuyo.

El hombre está hecho para conocer.
¿Quién te ha cegado de esa manera?

No has rozado el cáliz de la vida.

No conoces la sabiduría del amor.

Siéntate con nosotros
y corónate de rosas.

No hay más verdad que el amor,
¡tiéndele tus brazos al amor!

Siéntate con nosotros
y corónate de rosas.

No hay más verdad que el amor,
¡tiéndele tus brazos al amor!

¡No, no!
Desprecio vuestra falsa embriaguez.

No. Aquí me callaré.

Pero iré a tu palacio, pecadora,
a llevarte la salvación.

Y venceré al mal triunfando sobre ti.

Siéntate con nosotros
y corónate de rosas.

No hay más verdad que el amor,
¡tiéndele tus brazos al amor!

Iré a tu palacio.

Corónate de rosas.
No hay más verdad que el amor,

¡tiéndele tus brazos al amor!

Iré a tu palacio,
a llevarte la salvación.

Atrévete a venir,
tú que desafías a Venus.

Atrévete a venir,
tú que desafías a Venus.

P

libreto

Richard Wagner – Die Walküre – Dritter Akt deutsch

/–/

(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

/–/

(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

/–/

3. AKT

Hojotoho! Hojotoho!
Heiaha! Heiaha!

Helmwige! Hier! Hieher mit dem Ross!

Hojotoho! Hojotoho!

Heiaha!

Heiaha! Heiaha!

Zu Ortlindes Stute stell deinen Hengst
mit meiner Grauen grast gern dein Brauner!

– Wer hängt dir im Sattel?
– Sintolt, der Hegeling!

Führ’ deinen Brauen fort von der Grauen

Ortlindes Mähre trägt Wittig, den Irming!

Als Feinde nur sah ich Sintolt und Wittig!

Heiaha! Die Stute stößt mir der Hengst!

Der Recken Zwist entzweit noch die Rosse!

Ruhig, Brauner!
Brich nicht den Frieden!

Hoioho! Siegrune, hier!
Wo säumst du so lang?

Arbeit gab’s!

Sind die andren schon da?

Heiaha! Heiaha!

Grimgerd’ und Rossweiße!

Sie reiten zu zwei.

Gegrüßt, ihr Reisige!
Rossweiß’ und Grimgerde!

Hojotoho! Hojotoho!

Heiaha!

In Wald mit den Rossen zu Rast und Weid’!

Führet die Mähren fern von einander,

bis unsrer Helden Hass sich gelegt!

Der Helden Grimm büßte schon die Graue!

Hojotoho! Hojotoho!

Willkommen! Willkommen!

– Wart ihr Kühnen zu zwei?
– Getrennt ritten wir und trafen uns heut’.

Sind wir alle versammelt,
so säumt nicht lange

nach Walhall brechen wir auf,
Wotan zu bringen die Wal.

Acht sind wir erst eine noch fehlt.

Bei dem braunen Wälsung
weilt wohl noch Brünnhilde.

Auf sie noch harren müssen wir hier

Walvater gäb’ uns grimmigen Gruß,
säh’ ohne sie er uns nahn!

Hojotoho! Hojotoho!
Hieher! Hieher!

In brünstigem Ritt
jagt Brünnhilde her.

Hojotoho! Hojotoho!
Brünnhilde! Hei!

Nach dem Tann
lenkt sie das taumelnde Ross.

Wie schnaubt Grane vom schnellen Ritt!

So jach sah ich nie Walküren jagen!

– Was hält sie im Sattel?
– Das ist kein Held!

Eine Frau führt sie!

– Wie fand sie die Frau?
– Mit keinem Gruß grüßt sie die Schwestern!

Heiaha! Brünnhilde! Hörst du uns nicht?

Helft der Schwester
vom Ross sich schwingen!

Hojotoho! Hojotoho!
Heiaha!

Zu Grunde stürzt Grane, der Starke!

Aus dem Sattel hebt sie hastig das Weib!

Schwester! Schwester! Was ist geschehn?

Schützt mich und helft in höchster Not!

Wo rittest du her in rasender Hast?
So fliegt nur, wer auf der Flucht!

Zum erstenmal flieh’ ich und bin
verfolgt Heervater hetzt mir nach!

Bist du von Sinnen? Sprich!
Sage uns! Wie? Verfolgt dich Heervater?

Fliehst du vor ihm?

O Schwestern, späht von des Felsens Spitze!

Schaut nach Norden, ob Walvater naht!

Schnell! Seht ihr ihn schon?

– Gewittersturm naht von Norden.
– Starkes Gewölk staut sich dort auf!

Heervater reitet sein heiliges Ross!

Der wilde Jäger, der wütend mich jagt,
er naht, er naht von Norden!

Schützt mich, Schwestern!
Wahret dies Weib!

– Was ist mit dem Weibe?
– Hört mich in Eile

Sieglinde ist es,
Siegmunds Schwester und Braut.

Gegen die Wälsungen
wütet Wotan in Grimm.

Dem Bruder sollte Brünnhilde heut’
entziehen den Sieg,

doch Siegmund schützt’ ich
mit meinem Schild, trotzend dem Gott!

Der traf ihn da selbst mit dem Speer,
Siegmund fiel.

Doch ich floh fern mit der Frau,
sie zu retten, eilt’ ich zu euch –

ob mich Bange auch ihr berget
vor dem strafenden Streich!

Betörte Schwester, was tatest du?

Wehe! Brünnhilde, wehe!

Brach ungehorsam
Brünnhilde Heervaters heilig Gebot?

– Nächtig zieht es von Norden heran.
– Wütend steuert hieher der Sturm.

– Wild wiehert Walvaters Ross.
– Schrecklich schnaubt es daher!

Wehe der Armen, wenn Wotan sie trifft

den Wälsungen allen droht er Verderben!

Wer leiht mir von euch das leichteste Ross,
das flink die Frau ihm entführ’?

Auch uns rätst du rasenden Trotz?

Rossweiße, Schwester,
leih’ mir deinen Renner!

Vor Walvater floh der fliegende nie.

– Helmwige, höre!
– Dem Vater gehorch’ ich.

Grimgerde! Gerhilde! Gönnt mir eu’r Ross!

Schwertleite! Siegrune! Seht meine Angst!

Seid mir treu, wie traut ich euch war

rettet dies traurige Weib!

Nicht sehre dich Sorge um mich.

einzig taugt mir der Tod!

Wer hieß dich Maid,
dem Harst mich entführen?

Im Sturm dort hätt’ ich
den Streich empfah’n

von derselben Waffe, der Siegmund fiel

das Ende fand ich
vereint mit ihm!

Fern von Siegmund –

Siegmund, von dir! –

O deckte mich Tod, dass ich’s denke!

Soll um die Flucht dir,
Maid, ich nicht fluchen,

so erhöre heilig mein Flehen

stoße dein Schwert mir ins Herz!

Lebe, o Weib, um der Liebe willen!

Rette das Pfand, das von ihm du empfingst

ein Wälsung wächst dir im Schoß!

Rette mich, Kühne!

Rette mein Kind!

Schirmt mich, ihr Mädchen,
mit mächtigstem Schutz!

Der Sturm kommt heran.

Flieh’, wer ihn fürchtet!

Fort mit dem Weibe, droht ihm Gefahr,

der Walküren keine wag’ ihren Schutz!

Rette mich, Maid! Rette die Mutter!

So fliehe denn eilig – und fliehe allein!

Ich bleibe zurück, biete mich Wotans Rache,

an mir zögr’ ich den Zürnenden hier,

während du seinem Rasen entrinnst.

Wohin soll ich mich wenden?

Wer von euch Schwestern
schweifte nach Osten?

Nach Osten weithin dehnt sich ein Wald,

der Niblungen Hort
entführte Fafner dorthin.

Wurmesgestalt schuf sich der Wilde,

in einer Höhle hütet er Alberichs Reif!

Nicht geheu’r ist’s dort
für ein hilflos’ Weib.

Und doch vor Wotans Wut
schützt sie sicher der Wald,

ihn scheut der Mächt’ge und meidet den Ort.

Furchtbar fährt
dort Wotan zum Fels.

Brünnhilde, hör’ seines Nahens Gebraus’!

Fort denn eile, nach Osten gewandt!

Mutigen Trotzes ertrag’ alle Müh’n, –

Hunger und Durst, Dorn und Gestein,

lache, ob Not, ob Leiden dich nagt!

Denn eines wiss’ und wahr’ es immer

den hehrsten Helden der Welt

hegst du, o Weib, im schirmenden Schoß!

Verwahr’ ihm die starken Schwertesstücken.

seines Vaters Walstatt
entführt’ ich sie glücklich.

Der neugefügt das Schwert einst schwingt,

den Namen nehm’ er von mir –

“Siegfried” erfreu’ sich des Siegs!

O hehrstes Wunder!

Herrlichste Maid!

Dir Treuen dank’ ich heiligen Trost!

Für ihn, den wir liebten,
rett’ ich das Liebste.

Meines Dankes Lohn lache dir einst!

Lebe wohl! Dich segnet Sieglindes Weh’!

Steh’! Brünnhild’!

Den Fels erreichten Ross und Reiter!

Weh’, Brünnhild’! Rache entbrennt!

Ach, Schwestern, helft!
Mir schwankt das Herz!

Sein Zorn zerschellt mich,
wenn euer Schutz ihn nicht zähmt.

Hieher, Verlor’ne! Lass dich nicht sehn!

Schmiege dich an uns und schweige dem Ruf!

Weh’! Wütend schwingt sich Wotan vom Ross!

Hieher rast sein rächender Schritt!

Wo ist Brünnhild’, wo die Verbrecherin?

Wagt ihr, die Böse vor mir zu bergen?

Schrecklich ertost dein Toben!

Was taten, Vater, die Töchter,
dass sie dich reizten zu rasender Wut?

Wollt ihr mich höhnen? Hütet euch, Freche!

Ich weiß Brünnhilde bergt ihr vor mir.

Weichet von ihr, der ewig Verworfnen,

wie ihren Wert von sich sie warf!

– Zu uns floh die Verfolgte.
– Unsern Schutz flehte sie an!

Mit Furcht und Zagen fasst sie dein Zorn.

Für die bange Schwester bitten wir nun,

dass den ersten Zorn du bezähmst. Lass
dich erweichen für sie, zähm deinen Zorn!

Weichherziges Weibergezücht!

So matten Mut gewannt ihr von mir?

Erzog ich euch, kühn zum Kampfe zu zieh’n,

schuf ich die Herzen
euch hart und scharf,

dass ihr Wilden nun weint und greint,

wenn mein Grimm eine Treulose straft?

So wisst denn, Winselnde, was sie verbrach,

um die euch Zagen die Zähre entbrennt

Keine wie sie
kannte mein innerstes Sinnen.

Keine wie sie
wusste den Quell meines Willens!

Sie selbst war
meines Wunsches schaffender Schoß

und so nun brach sie den seligen Bund,

dass treulos sie meinem Willen getrotzt,

mein herrschend Gebot offen verhöhnt,

gegen mich die Waffe gewandt,

die mein Wunsch allein ihr schuf!

Hörst du’s, Brünnhilde?

Du, der ich Brünne,
Helm und Wehr, Wonne und Huld,

Namen und Leben verlieh?

Hörst du mich Klage erheben,

und birgst dich bang dem Kläger,

dass feig du der Straf’ entflöhst?

Hier bin ich, Vater.

Gebiete die Strafe!

Nicht straf’ ich dich erst.

Deine Strafe schufst du dir selbst.

Durch meinen Willen warst du allein,

gegen mich doch hast du gewollt.

Meinen Befehl nur führtest du aus,

gegen mich doch hast du befohlen.

Wunschmaid warst du mir,
gegen mich doch hast du gewünscht.

Schildmaid warst du mir
gegen mich doch hobst du den Schild.

Loskieserin warst du mir,
gegen mich doch kiestest du Lose.

Heldenreizerin warst du mir,
gegen mich doch reiztest du Helden.

Was sonst du warst, sagte dir Wotan.

Was jetzt du bist, das sage dir selbst!

Wunschmaid bist du nicht mehr,

Walküre bist du gewesen.

Nun sei fortan, was so du noch bist!

Du verstößest mich? Versteh’ ich den Sinn?

Nicht send’ ich dich mehr aus Walhall,

nicht weis’ ich dir mehr Helden zur Wal,

nicht führst du mehr Sieger
in meinen Saal.

Bei der Götter trautem Mahle

das Trinkhorn
nicht reichst du traulich mir mehr,

nicht kos’ ich dir mehr
den kindischen Mund.

Von göttlicher Schar bist du geschieden,

ausgestoßen aus der Ewigen Stamm.

Gebrochen ist unser Bund,

aus meinem Angesicht bist du verbannt.

Wehe! Weh’!
Schwester, ach Schwester!

Nimmst du mir alles, was einst du gabst?

Der dich zwingt, wird dir’s entziehn!

Hieher auf den Berg banne ich dich,

in wehrlosen Schlaf schließ’ ich dich fest.

Der Mann dann fange die Maid,

der am Wege sie findet und weckt.

Halt’ ein, o Vater! Halt’ ein den Fluch!

Soll die Maid verblühn
und verbleichen dem Mann?

Hör unser Fleh’n! Schrecklicher Gott,

wende von ihr die schreiende Schmach!

Wie die Schwester träfe
uns selber der Schimpf!

Hörtet ihr nicht, was ich verhängt?

Aus eurer Schar
ist die treulose Schwester geschieden.

Mit euch zu Ross
durch die Lüfte nicht reitet sie länger.

Die magdliche Blume verblüht der Maid.

Ein Gatte gewinnt ihre weibliche Gunst,

dem herrischen Manne gehorcht sie fortan.

Am Herde sitzt sie und spinnt,

aller Spottenden Ziel und Spiel.

Schreckt euch ihr Los?

So flieht die Verlorne!

Weichet von ihr und haltet euch fern!

Wer von euch wagte bei ihr zu weilen,

wer mir zum Trotz
zu der Traurigen hielt’ –

die Törin teilte ihr Los,

das künd’ ich der Kühnen an!

Fort jetzt von hier, meidet den Felsen!

Hurtig jagt mir von hinnen,

sonst erharrt Jammer euch hier!

Weh! Weh!

War es so schmählich, was ich verbrach,

dass mein Verbrechen
so schmählich du bestrafst?

War es so niedrig, was ich dir tat,

dass du so tief mir Erniedrigung schaffst?

War es so ehrlos, was ich beging,

dass mein Vergehn nun die Ehre mir raubt?

O sag’, Vater!

Sieh mir ins Auge.

schweige den Zorn,

zähme die Wut,

und deute mir hell die dunkle Schuld,

die mit starrem Trotze dich zwingt,

zu verstoßen dein trautestes Kind!

Frag’ deine Tat,

sie deutet dir deine Schuld!

Deinen Befehl führte ich aus.

Befahl ich dir, für den Wälsung zu fechten?

So hießest du mich als Herrscher der Wal!

Doch meine Weisung nahm ich wieder zurück!

Als Fricka den eignen Sinn dir entfremdet,

da ihrem Sinn du dich fügtest,

warst du selber dir Feind.

Dass du mich verstanden, wähnt’ ich,

und strafte den wissenden Trotz.

doch feig und dumm dachtest du mich!

So hätt’ ich Verrat nicht zu rächen,

zu gering wärst du meinem Grimm?

Nicht weise bin ich,

doch wusst’ ich das eine,

dass den Wälsung du liebtest.

Ich wusste den Zwiespalt, der dich zwang,

dies eine ganz zu vergessen.

Das andre musstest einzig du sehn,

was zu schaun so herb schmerzte dein Herz

dass Siegmund Schutz du versagtest.

Du wusstest es so,
und wagtest dennoch den Schutz?

Weil für dich im Auge das eine ich hielt,

dem, im Zwange des andren
schmerzlich entzweit,

ratlos den Rücken du wandtest!

Die im Kampfe Wotan den Rücken bewacht,

die sah nun das nur, was du nicht sahst

Siegmund musst’ ich sehn.

Tod kündend trat ich vor ihn,

gewahrte sein Auge, hörte sein Wort.

Ich vernahm des Helden heilige Not,

tönend erklang mir des Tapfersten Klage

freiester Liebe furchtbares Leid,

traurigsten Mutes mächtigster Trotz!

Meinem Ohr erscholl,

mein Aug’ erschaute,
was tief im Busen

das Herz
zu heilgem Beben mir traf.

Scheu und staunend stand ich in Scham.

Ihm nur zu dienen konnt’ ich noch denken

Sieg oder Tod mit Siegmund zu teilen,

dies nur erkannt’ ich zu kiesen als Los!

Der diese Liebe

mir ins Herz gehaucht,

dem Willen, der dem Wälsung mich gesellt,

ihm innig vertraut,

trotzt’ ich deinem Gebot.

So tatest du,
was so gern zu tun ich begehrt,

doch was nicht zu tun
die Not zwiefach mich zwang?

So leicht wähntest du
Wonne der Liebe erworben,

wo brennend Weh’ in das Herz mir brach,

wo grässliche Not
den Grimm mir schuf,

einer Welt zuliebe der Liebe Quell

im gequälten Herzen zu hemmen?

Wo gegen mich selber
ich sehrend mich wandte,

aus Ohnmachtschmerzen
schäumend ich aufschoss,

wütender Sehnsucht sengender Wunsch

den schrecklichen Willen mir schuf,

in den Trümmern der eignen Welt

meine ew’ge Trauer zu enden.

da labte süß dich selige Lust

wonniger Rührung üppigen Rausch

enttrankst du lachend der Liebe Trank,

als mir göttlicher Not

nagende Galle gemischt?

Deinen leichten Sinn lass dich denn leiten,

von mir sagtest du dich los.

Dich muss ich meiden,

gemeinsam mit dir
nicht darf ich Rat mehr raunen.

Getrennt, nicht dürfen
traut wir mehr schaffen.

so weit Leben und Luft
darf der Gott dir nicht mehr begegnen!

Wohl taugte dir nicht die tör’ge Maid,

die staunend im Rate
nicht dich verstand,

wie mein eigner Rat
nur das eine mir riet

zu lieben, was du geliebt.

Muss ich denn scheiden
und scheu dich meiden,

musst du spalten, was einst sich umspannt,

die eigne Hälfte fern von dir halten,

dass sonst sie ganz dir gehörte,

du Gott, vergiss das nicht!

Dein ewig Teil nicht wirst du entehren,

Schande nicht wollen, die dich beschimpft.

Dich selbst ließest du sinken,

sähst du dem Spott mich zum Spiel!

Du folgtest selig

der Liebe Macht.

Folge nun dem,

den du lieben musst!

Soll ich aus Walhall scheiden,

nicht mehr mit dir schaffen und walten,

dem herrischen Manne

gehorchen fortan,

dem feigen Prahler gib mich nicht preis!

Nicht wertlos sei er, der mich gewinnt.

Von Walvater schiedest du –

nicht wählen darf er für dich.

Du zeugtest ein edles Geschlecht.

Kein Zager kann je ihm entschlagen.

der weihlichste Held – ich weiß es –
entblüht dem Wälsungenstamm.

Schweig’ von dem Wälsungenstamm!

Von dir geschieden, schied ich von ihm.

vernichten musst’ ihn der Neid!

Die von dir sich riss, rettete ihn.

Sieglinde hegt die heiligste Frucht.

In Schmerz und Leid,
wie kein Weib sie gelitten,

wird sie gebären,
was bang sie birgt.

Nie suche bei mir Schutz für die Frau,

noch für ihres Schoßes Frucht!

Sie wahret das Schwert,
das du Siegmund schufest.

Und das ich ihm in Stücken schlug!

Nicht streb’, o Maid,

den Mut mir zu stören.

erwarte dein Los,

wie sich’s dir wirft.

Nicht kiesen kann ich es dir!

Doch fort muss ich jetzt,
fern mich verziehn.

Zuviel schon zögert’ ich hier.

Von der Abwendigen wend’ ich mich ab.

Nicht wissen darf ich,
was sie sich wünscht,

die Strafe nur
muss vollstreckt ich sehn!

Was hast du erdacht, dass ich erdulde?

In festen Schlaf verschließ’ ich dich.

Wer so die Wehrlose weckt,

dem ward, erwacht, sie zum Weib!

Soll fesselnder Schlaf fest mich binden,

dem feigsten Manne zur leichten Beute,

dies eine musst du erhören,

was heil’ge Angst zu dir fleht!

Die Schlafende schütze
mit scheuchenden Schrecken,

dass nur ein furchtlos freiester Held

hier auf dem Felsen einst mich fänd’!

Zu viel begehrst du, zu viel der Gunst!

Dies eine musst du erhören!

Zerknicke dein Kind, das dein Knie umfasst,

zertritt die Traute, zertrümmre die Maid,

ihres Leibes Spur zerstöre dein Speer!

Doch gib, Grausamer,

nicht der grässlichsten Schmach sie preis!

Auf dein Gebot

entbrenne ein Feuer!

den Felsen umglühe lodernde Glut.

es leck’ ihre Zung’, es fresse ihr Zahn

den Zagen, der frech sich wagte,

dem freislichen Felsen zu nahn!

Leb’ wohl, du kühnes, herrliches Kind!

Du meines Herzens heiligster Stolz!

Leb’ wohl! Leb’ wohl!

Muss ich dich meiden,

und darf nicht minnig
mein Gruß dich mehr grüßen,

sollst du nun nicht mehr neben mir reiten,

noch Met beim Mahl mir reichen.

Muss ich verlieren dich, die ich liebe,

du lachende Lust meines Auges.

Ein bräutliches Feuer soll dir nun brennen,

wie nie einer Braut es gebrannt!

Flammende Glut umglühe den Fels.

Mit zehrenden Schrecken
scheuch’ es den Zagen,

der Feige fliehe Brünnhildes Fels!

Denn einer nur freie die Braut,

der freier als ich,

der Gott!

Der Augen leuchtendes Paar,

das oft ich lächelnd gekost,

wenn Kampfeslust ein Kuss dir lohnte,

wenn kindisch lallend der Helden Lob

von holden Lippen dir floss.

Dieser Augen strahlendes Paar,

das oft im Sturm mir geglänzt,

wenn Hoffnungssehnen das H

nach Weltenwonne mein Wunsch verlangte

aus wild webendem Bangen

zum letztenmal

letz’ es mich heut’

mit des Lebewohles letztem Kuss!

Dem glücklichen Manne

glänze sein Stern.

Dem unseligen Ew’gen

muss es scheidend sich schließen.

Denn so kehrt der Gott sich dir ab,

so küsst er

die Gottheit von dir!

Loge, hör’!

Lausche hieher!

Wie zuerst ich dich fand, als feurige Glut,

wie dann einst du mir schwandest,
als schweifende Lohe,

wie ich dich band,
bann ich dich heut’!

Herauf, wabernde Lohe,

umlodre mir feurig den Fels!

Loge! Loge! Hieher!

Wer meines Speeres Spitze fürchtet,

durchschreite das Feuer nie!

libreto

Richard Wagner – Die Walküre – Zweiter Akt deutsch

/–/

(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

/–/

(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

/–/

2. AKT

Nun zäume dein Ross, reisige Maid!
Bald entbrennt brünstiger Streit.

Brünnhilde stürme zum Kampf,
dem Wälsung kiese sie Sieg!

Hunding wähle sich, wem er gehört.

Nach Walhall taugt er mir nicht.

Drum rüstig und rasch, reite zur Wal!

Hojotoho! Hojotoho! Heiaha!

Dir rat’ ich, Vater, rüste dich selbst,
harten Sturm sollst du bestehn.

Fricka naht, deine Frau,
im Wagen mit dem Widdergespann.

Hei! Wie die goldne Geißel sie schwingt!

Die armen Tiere ächzen vor Angst,
wild rasseln die Räder.

Zornig fährt sie zum Zank!

In solchem Strauße streit’ ich nicht gern,
lieb’ ich auch mutiger Männer Schlacht!

Drum sieh, wie den Sturm du bestehst.
Ich Lustige lass dich im Stich!

Hojotoho! Hojotoho!
Heiaha! Heiaha!

Der alte Sturm, die alte Müh’!

Doch stand muß ich hier halten!

Wo in den Bergen du dich birgst,

der Gattin Blick zu entgehn,

einsam hier such ich dich auf,

dass Hilfe du mir verhießest.

Was Fricka kümmert, künde sie frei.

Ich vernahm Hundings Not,

um Rache rief er mich an.

Der Ehe Hüterin hörte ihn,

verhieß streng zu strafen die Tat

des frech frevelnden Paars,

das kühn den Gatten gekränkt.

Was so Schlimmes schuf das Paar,

das liebend einte der Lenz?

Der Minne Zauber entzückte sie.

Wer büßt mir der Minne Macht?

Wie töricht und taub du dich stellst,

als wüsstest fürwahr du nicht,

dass um der Ehe heiligen Eid,

den hart gekränkten, ich klage!

Unheilig acht’ ich den Eid,

der Unliebende eint.

Und mir wahrlich mute nicht zu,

dass mit Zwang ich halte,
was dir nicht haftet.

Denn wo kühn Kräfte sich regen,

da rat’ ich offen zum Krieg.

Achtest du rühmlich der Ehe Bruch,

so prahle nun weiter und preis’ es heilig,

dass Blutschande entblüht

dem Bund eines Zwillingspaars!

Mir schaudert das Herz,
es schwindelt mein Hirn,

bräutlich umfing die Schwester
der Bruder!

Wann ward es erlebt,

dass leiblich Geschwister sich liebten?

Heut’ hast du’s erlebt!

Erfahre so, was von selbst sich fügt,
sei zuvor auch noch nie es geschehn.

Dass jene sich lieben,
leuchtet dir hell,

drum höre redlichen Rat.

Soll süße Lust deinen Segen dir lohnen,

so segne, lachend der Liebe,

Siegmunds und Sieglindes Bund!

So ist es denn aus
mit den ewigen Göttern,

seit du die wilden Wälsungen zeugtest?

Heraus sagt’ ich’s, traf ich den Sinn?

Nichts gilt dir der Hehren heilige Sippe,

hin wirfst du alles, was einst du geachtet,

zerreißest die Bande,
die selbst du gebunden,

lösest lachend des Himmels Haft.

Dass nach Lust und Laune nur walte,

dies frevelnde Zwillingspaar

deiner Untreue zuchtlose Frucht!

O, was klag ich um Ehe und Eid,

da zuerst du selbst sie versehrt!

Die treue Gattin trogest du stets.

Wo eine Tiefe, wo eine Höhe,
dahin lugte lüstern dein Blick,

wie des Wechsels Lust du gewännest,

und höhnend kränktest mein Herz.

Trauernden Sinnes musst’ ich’s ertragen,

zogst du zur Schlacht
mit den schlimmen Mädchen,

die wilder Minne Bund dir gebar.

Denn dein Weib scheutest du so,

dass der Walküren Schar

und Brünnhilde selbst,
deines Wunsches Braut,

in Gehorsam der Herrin du gabst.

Doch jetzt, da dir neue Namen gefielen,

als “Wälse” wölfisch im Walde
du schweiftest.

Jetzt, da zu niedrigster
Schmach du dich neigtest,

gemeiner Menschen ein Paar zu erzeugen,

jetzt dem Wurfe der Wölfin

wirfst du zu Füßen dein Weib!

So führ’ es denn aus!
Fülle das Maß!

Die Betrogne lass auch zertreten!

Nichts lerntest du, wollt’ ich dich lehren,

was nie du erkennen kannst,
eh’ nicht ertagte die Tat.

Stets Gewohntes nur magst du verstehn,

doch was noch nie sich traf,

danach trachtet mein Sinn.

Eines höre!

Not tut ein Held,

der, ledig göttlichen Schutzes

sich löse vom Göttergesetz.

So nur taugt er zu wirken die Tat,

die, wie not sie den Göttern,

dem Gott doch zu wirken verwehrt.

Mit tiefem Sinne willst du mich täuschen.

Was Hehres sollten Helden je wirken,

was ihren Göttern wäre verwehrt,

deren Gunst in ihnen nur wirkt?

Ihres eignen Mutes achtest du nicht?

Wer hellte den Blöden den Blick?
Wer hellte den Blöden den Blick?

In deinem Schutz scheinen sie stark,

durch deinen Stachel streben sie auf.

Du reizest sie einzig,
die so mir Ew’gen du rühmst.

Mit neuer List willst du mich belügen,

durch neue Ränke mir jetzt entrinnen,

doch diesen Wälsung
gewinnst du dir nicht.

In ihm treff ich nur dich,

denn durch dich trotzt er allein.

In wildem Leiden erwuchs er sich selbst,

mein Schutz schirmte ihn nie.

So schütz auch heut ihn nicht!

Nimm ihm das Schwert,
das du ihm geschenkt!

– Das Schwert?
– Ja, das Schwert,

das zauberstark zuckende Schwert,

das du Gott dem Sohne gabst.

Siegmund gewann es sich selbst
in der Not.

Du schufst ihm die Not,
wie das leidliche Schwert.

Willst du mich täuschen, die Tag
und Nacht auf den Fersen dir folgt?

Für ihn stießest du
das Schwert in den Stamm,

du verhießest ihm die hehre Wehr.

Willst du es leugnen, dass nur deine List
ihn lockte, wo er es fänd’?

Mit Unfreien streitet kein Edler,

den Frevler straft nur der Freie.

Wider deine Kraft führt’ ich wohl Krieg,

doch Siegmund verfiel mir als Knecht!

Der dir als Herren hörig und eigen,

gehorchen soll ihm dein ewig Gemahl?

Soll mich in Schmach
der Niedrigste schmähen,

dem Frechen zum Sporn,
dem Freien zum Spott?

Das kann mein Gatte nicht wollen,

die Göttin entweiht er nicht so!

Was verlangst du?

Lass von dem Wälsung!

Er geh’ seines Wegs.

Doch du schütze ihn nicht,
wenn zur Schlacht ihn der Rächer ruft!

Ich schütze ihn nicht.

Sieh mir ins Auge,
sinne nicht Trug.

Die Walküre wend’ auch von ihm!

Die Walküre walte frei.

Nicht doch,
deinen Willen vollbringt sie allein.

Verbiete ihr Siegmunds Sieg!

Ich kann ihn nicht fällen,
er fand mein Schwert!

Entzieh’ dem den Zauber,
zerknick’ es dem Knecht!

Schutzlos schau’ ihn der Feind!

Dort kommt deine kühne Maid,
jauchzend jagt sie daher.

Ich rief sie für Siegmund zu Ross!

Deiner ew’gen Gattin heilige Ehre

beschirme heut’ ihr Schild!

Von Menschen verlacht,
verlustig der Macht,

gingen wir Götter zugrund’,

würde heut’ nicht hehr und herrlich

mein Recht
gerächt von der mutigen Maid.

Der Wälsung fällt meiner Ehre.

Empfah’ ich von Wotan den Eid?

Nimm den Eid!

Heervater harret dein.

Lass ihn dir künden,

wie das Los er gekiest!

Schlimm, fürcht’ ich, schloss der Streit,
lachte Fricka dem Lose.

Vater, was soll dein Kind erfahren?

Trübe scheinst du und traurig!

In eigner Fessel fing ich mich,

ich Unfreiester aller!

So sah ich dich nie!
Was nagt dir das Herz?

O heilige Schmach!

O schmählicher Harm!

Götternot! Götternot!

Endloser Grimm!
Ewiger Gram!

Der Traurigste bin ich von allen!

Vater! Vater! Sage, was ist dir?

Was erschreckst du mit Sorge dein Kind?

Vertraue mir! Ich bin dir treu.

Sieh, Brünnhilde bittet!

Lass’ ich’s verlauten,

lös’ ich dann nicht
meines Willens haltenden Haft?

Zu Wotans Willen sprichst du,

sagst du mir, was du willst.

Wer bin ich,
wär ich dein Wille nicht?

Was keinem in Worten ich künde,

unausgesprochen bleib’ es denn ewig.

Mit mir nur rat’ ich,

red’ ich zu dir.

Als junger Liebe Lust mir verblich,
verlangte nach Macht mein Mut.

Von jäher Wünsche Wüten gejagt,
gewann ich mir die Welt.

Unwissend trugvoll, Untreue übt’ ich,

band durch Verträge, was Unheil barg.

Listig verlockte mich Loge,
der schweifend nun verschwand.

Von der Liebe doch
mocht’ ich nicht lassen,

in der Macht verlangt’ ich nach Minne.

Den Nacht gebar, der bange Nibelung,
Alberich brach ihren Bund.

Er fluchte der Lieb’
und gewann durch den Fluch

des Rheines glänzendes Gold

und mit ihm maßlose Macht.

Den Ring, den er schuf,
entriss ich ihm listig.

Doch nicht dem Rhein gab ich ihn zurück,

mit ihm bezahlt’ ich Walhalls Zinnen,

der Burg, die Riesen mir bauten,

aus der ich der Welt nun gebot.

Die alles weiß, was einstens war,

Erda, die weihlich weiseste Wala,

riet mir ab von dem Ring,

warnte vor ewigem Ende.

Von dem Ende
wollt’ ich mehr noch wissen,

doch schweigend
entschwand mir das Weib.

Da verlor ich den leichten Mut,
zu wissen begehrt’ es den Gott.

In den Schoß der Welt
schwang ich mich hinab,

mit Liebeszauber zwang ich die Wala,
stört’ ihres Wissens Stolz,

dass sie Rede mir nun stand.

Kunde empfing ich von ihr,

von mir doch barg sie ein Pfand.

Der Welt weisestes Weib

gebar mir, Brünnhilde, dich.

Mit acht Schwestern zog ich dich auf.

Durch euch Walküren wollt’ ich wenden,

was mir die Wala zu fürchten schuf,

ein schmähliches Ende der Ew’gen.

Dass stark zum Streit uns fände der Feind,

ließ ich euch Helden mir schaffen.

Die herrisch wir sonst
in Gesetzen hielten,

die Männer, denen den Mut wir gewehrt,

die durch trüber Verträge trügende Bande

zu blindem Gehorsam wir uns gebunden,

die solltet zu Sturm und Streit
ihr nun stacheln,

ihre Kraft reizen zu rauhem Krieg,

dass kühner Kämpfer Scharen

ich sammle in Walhalls Saal!

Deinen Saal füllten wir weidlich,

viele schon führt’ ich dir zu.

Was macht dir nun Sorge,
da nie wir gesäumt?

Ein andres ist’s.

Achte es wohl,
wes mich die Wala gewarnt!

Durchs Alberichs Heer
droht uns das Ende.

Mit neidischem Grimm
grollt mir der Niblung,

doch scheu ‘ ich nun nicht
seine nächtigen Scharen,

meine Helden schufen mir Sieg.

Nur wenn je den Ring zurück er gewänne,

dann wäre Walhall verloren.

Der der Liebe fluchte, er allein

nützte neidisch des Ringes Runen
zu aller Edlen endloser Schmach.

Der Helden Ruhm entwendet er mir,

die Kühnen selber zwäng’ er zum Kampf,

durch ihre Kraft bekriegte er mich.

Sorgend sann ich nun selbst,
den Ring dem Feind zu entreißen.

Der Riesen einer, denen ich einst
mit verfluchtem Gold den Fleiß vergalt,

Fafner hütet den Hort,
mit dem er den Bruder gefällt.

Ihm müsst’ ich den Reif entringen,
den selbst als Zoll ich ihm zahlte.

Doch mit dem ich vertrug,
ihn darf ich nicht treffen,

machtlos vor ihm erläge mein Mut.

Das sind die Bande, die mich binden,

der durch Verträge ich Herr,

den Verträgen bin ich nun Knecht.

Nur einer könnte, was ich nicht darf,

ein Held, dem helfend nie ich mich neigte,

der fremd dem Gotte, frei seiner Gunst,

unbewusst, ohne Geheiß, aus eigner Not,

mit der eignen Wehr schüfe die Tat,

die ich scheuen muss,
die nie mein Rat ihm riet,

wünscht sie auch einzig mein Wunsch!

Der, entgegen dem Gott,
für mich föchte,

der freundliche Feind,
wie fände ich ihn?

Wie schüf’ ich den Freien,
den ich nie schirmte,

der im eignen Trotze der Trauteste mir?

Wie macht’ ich den andren,
der nicht mehr ich,

und aus sich wirkte, was ich nur will?

O göttliche Not, grässliche Schmach!

Zum Ekel find’ ich ewig nur mich
in allem, was ich erwirke!

Das andre, das ich ersehne,
das andre erseh’ ich nie.

Denn selbst muss der Freie sich schaffen,

Knechte erknet’ ich mir nur!

Doch der Wälsung,
Siegmund, wirkt er nicht selbst?

Wild durchschweift’ ich
mit ihm die Wälder,

gegen der Götter Rat
reizte kühn ich ihn auf.

Gegen der Götter Rache
schützt ihn nun einzig das Schwert,

das eines Gottes Gunst ihm beschied.

Wie wollt’ ich listig selbst mich belügen?

So leicht ja entfrug mir Fricka den Trug,

zu tiefster Schande
durchschaute sie mich!

Ihrem Willen muss ich gewähren.

So nimmst du von Siegmund den Sieg?

Ich berührte Alberichs Ring,
gierig hielt ich das Gold!

Der Fluch, den ich floh,
nicht flieht er nun mich.

Was ich liebe, muss ich verlassen,

morden, wen je ich minne,

trügend verraten, wer mir traut!

Fahre denn hin, herrische Pracht,

göttlichen Prunkes prahlende Schmach!

Zusammenbreche, was ich gebaut!

Auf geb’ ich mein Werk,

nur eines will ich noch,

das Ende!

Das Ende!

Und für das Ende sorgt Alberich!

Jetzt versteh’ ich den stummen Sinn
des wilden Wortes der Wala.

“Wenn der Liebe finstrer Feind

zürnend zeugt einen Sohn,

der Sel’gen Ende säumt dann nicht!”

Vom Niblung jüngst vernahm ich die Mär’,

dass ein Weib der Zwerg bewältigt,

des’ Gunst Gold ihm erzwang.

Des Hasses Frucht hegt eine Frau,

des Neides Kraft kreißt ihr im Schoß.

Das Wunder gelang dem Liebelosen,

doch der in Lieb’ ich freite,

den Freien erlang’ ich mir nicht.

So nimm meinen Segen,

Niblungen-Sohn!

Was tief mich ekelt,
dir geb ich’s zum Erbe,

der Gottheit nichtigen Glanz,

zernage ihn gierig dein Neid!

O sag’, künde, was soll nun dein Kind?

Fromm streite für Fricka,

hüte ihr Eh’ und Eid!

Was sie erkor, das kiese auch ich.

Was frommte mir eigner Wille?

Einen Freien kann ich nicht wollen.

Für Frickas Knechte kämpfe nun du!

Weh’! Nimm reuig zurück das Wort!

Du liebst Siegmund.

Dir zulieb’, ich weiß es,
schütz’ ich den Wälsung.

Fällen sollst du Siegmund,
für Hunding erfechten den Sieg!

Hüte dich wohl und halte dich stark,

all deiner Kühnheit entbiete im Kampf.

Ein Siegschwert schwingt Siegmund.

Schwerlich fällt er dir feig!

Den du zu lieben stets mich gelehrt,

der in hehrer Tugend
dem Herzen dir teuer,

gegen ihn zwingt mich nimmer
dein zwiespältig Wort!

Ha, Freche du! Frevelst du mir?

Wer bist du,
als meines Willens blind wählende Kür?

Da mit dir ich tagte, sank ich so tief,

dass zum Schimpf
der eignen Geschöpfe ich ward?

Kennst du, Kind, meinen Zorn?

Verzage dein Mut, wenn je
zermalmend auf dich stürzte sein Strahl!

In meinem Busen berg’ ich den Grimm,

der in Grau’n und Wust wirft eine Welt,

die einst zur Lust mir gelacht.

Wehe dem, den er trifft!

Trauer schüf’ ihm sein Trotz!

Drum rat’ ich dir, reize mich nicht!

Besorge, was ich befahl.

Siegmund falle.

Dies sei der Walküre Werk!

So sah ich Siegvater nie,

erzürnt’ ihn sonst wohl auch ein Zank!

Schwer wiegt mir der Waffen Wucht.

Wenn nach Lust ich focht,
wie waren sie leicht!

Zu böser Schlacht
schleich’ ich heut’ so bang.

Weh’, mein Wälsung!

Im höchsten Leid

muss dich treulos die Treue verlassen!

Raste nun hier, gönne dir Ruh’!

Weiter! Weiter!

Nicht weiter nun!

Verweile, süßestes Weib!

Aus Wonne-Entzücken zucktest du auf,

mit jäher Hast jagtest du fort.

Kaum folgt’ ich der wilden Flucht,
durch Wald und Flur, über Fels und Stein,

sprachlos, schweigend sprangst du dahin,
kein Ruf hielt dich zur Rast!

Ruhe nun aus,

rede zu mir!

Ende des Schweigens Angst!

Sieh, dein Bruder hält seine Braut.

Siegmund ist dir Gesell’!

Hinweg! Hinweg!
Flieh’ die Entweihte!

Unheilig umfängt dich ihr Arm,
entehrt, geschändet schwand dieser Leib.

Flieh’ die Leiche, lasse sie los!

Der Wind mag sie verwehn,

die ehrlos dem Edlen sich gab!

Da er sie liebend umfing,

da seligste Lust sie fand,

da ganz sie minnte der Mann,

der ganz ihre Minne geweckt.

Vor der süßesten Wonne heiligster Weihe,

die ganz ihr Sinn und Seele durchdrang,

Grauen und Schauder
ob grässlichster Schande

musste mit Schreck die Schmähliche
fassen, die je dem Manne gehorcht,

der ohne Minne sie hielt!

Lass die Verfluchte, lass sie dich fliehn!

Verworfen bin ich, der Würde bar!

Dir reinstem Manne muss ich entrinnen,

dir Herrlichem darf ich nimmer gehören.

Schande bring’ ich dem Bruder,

Schmach dem freienden Freund!

Was je Schande dir schuf,

das büßt nun des Frevlers Blut!

Drum fliehe nicht weiter,

harre des Feindes.

Hier soll er mir fallen.

Wenn Notung ihm das Herz zernagt,

Rache dann hast du erreicht!

Horch! Die Hörner, hörst du den Ruf?

Ringsher tönt wütend Getös’,
aus Wald und Gau gellt es herauf.

Hunding erwachte aus hartem Schlaf!

Sippen und Hunde ruft er zusammen,

mutig gehetzt heult die Meute,
wild bellt sie zum Himmel

um der Ehe gebrochenen Eid!

Wo bist du, Siegmund?

Seh ich dich noch,

brünstig geliebter, leuchtender Bruder?

Deines Auges Stern
lass noch einmal mir strahlen.

Wehre dem Kuss
des verworfnen Weibes nicht!

Horch! O Horch!
Das ist Hundings Horn!

Seine Meute naht mit mächt’ger Wehr.

Kein Schwert
frommt vor der Hunde Schwall.

Wirf es fort, Siegmund!
Siegmund, wo bist du?

Ha dort! Ich seh dich!
Schrecklich Gesicht!

Rüden fletschen die Zähne nach Fleisch!

Sie achten nicht deines edlen Blicks!

Bei den Füßen
packt dich das feste Gebiss!

Du fällst!
In Stücken zerstaucht das Schwert!

Die Esche stürzt, es bricht der Stamm!

Bruder! Mein Bruder! Siegmund! Ha!

Schwester! Geliebte!

Siegmund! Sieh auf mich!

Ich bin’s, der bald du folgst.

Wer bist du, sag,

die so schön und ernst mir erscheint?

Nur Todgeweihten taugt mein Anblick.

Wer mich erschaut,

der scheidet vom Lebenslicht.

Auf der Walstatt allein
erschein ich Edlen.

Wer mich gewahrt,

zur Wal kor ich ihn mir.

Der dir nun folgt,

wohin führst du den Helden?

Zu Walvater, der dich gewählt,
führ’ ich dich.

Nach Walhall folgst du mir.

In Walhalls Saal

Walvater find’ ich allein?

Gefallener Helden hehre Schar

umfängt dich hold
mit hoch-heiligem Gruß.

Fänd’ ich in Walhall Wälse,
den eignen Vater?

Den Vater findet der Wälsung dort.

Grüßt mich in Walhall froh eine Frau?

Wunschmädchen walten dort hehr.

Wotans Tochter
reicht dir traulich den Trank.

Hehr bist du,

und heilig gewahr ich das Wotanskind.

Doch eines sag mir, du Ew’ge

Begleitet den Bruder
die bräutliche Schwester?

Umfängt Siegmund Sieglinde dort?

Erdenluft muss sie noch atmen.

Sieglinde sieht Siegmund dort nicht.

So grüße mir Walhall,

grüße mir Wotan,

grüße mir Wälse und alle Helden,

grüß auch die holden Wunschesmädchen.

Zu ihnen folg ich dir nicht.

Du sahest der Walküre sehrenden Blick.

Mit ihr musst du nun ziehen!

Wo Sieglinde lebt in Lust und Leid,

da will Siegmund auch säumen.

Noch machte dein Blick
nicht mich erweichen.

Vom Bleiben zwingt er mich nie.

Solang du lebst,

zwäng’ dich wohl nichts.

Doch zwingt dich Toren der Tod.

Ihn dir zu künden kam ich her.

Wo wäre der Held, dem heut’ ich fiel?

Hunding fällt dich im Streit.

Mit Stärkrem drohe,
als Hundings Streichen.

Lauerst du hier lüstern auf Wal,

jenen kiese zum Fang
Ich denk ihn zu fällen im Kampf.

Dir, Wälsung – höre mich wohl!

Dir ward das Los gekiest.

Kennst du dies Schwert?
Der mir es schuf, beschied mir Sieg.

Deinem Drohen trotz’ ich mit ihm!

Der dir es schuf, beschied dir jetzt Tod!

Seine Tugend nimmt er dem Schwert.

Schweig,
und schrecke die Schlummernde nicht.

Weh! Weh! Süßestes Weib!

Du traurigste aller Getreuen.

Gegen dich wütet in Waffen die Welt.

Und ich, dem du einzig vertraut,
für den du ihr einzig getrotzt,

mit meinem Schutz
nicht soll ich dich schirmen,

die Kühne verraten im Kampf?

Ha, Schande ihm,
der das Schwert mir schuf,

beschied er mir Schimpf für Sieg!

Muss ich denn fallen?
Nicht fahr ich nach Walhall!

Hella halte mich fest!

So wenig achtest du ewige Wonne?

Alles wär’ dir das arme Weib,

das müd’ und harmvoll matt
von dem Schoße dir hängt?

Nichts sonst hieltest du hehr?

So jung und schön erschimmerst du mir.

Doch wie kalt und hart
erkennt dich mein Herz!

Kannst du nur höhnen, so hebe dich fort,
du arge, fühllose Maid!

Doch musst du dich weiden
an meinem Weh,

mein Leiden letze dich denn.
Meine Not labe dein neidvolles Herz.

Nur von Walhalls spröden Wonnen
sprich du wahrlich mir nicht.

Ich sehe die Not, die das Herz dir zernagt,

ich fühle des Helden heiligen Harm.

Siegmund, befiehl mir dein Weib,
mein Schutz umfange sie fest!

Kein andrer als ich
soll die Reine lebend berühren.

Verfiel ich dem Tod,
die Betäubte töt’ ich zuvor!

Wälsung! Rasender! Hör meinen Rat!

Befiehl mir dein Weib
um des Pfandes willen,

das wonnig von dir es empfing!

Dies Schwert,
das dem Treuen ein Trugvoller schuf,

Dies Schwert, das feig’
vor dem Feind mich verrät.

Frommt es nicht gegen dein Feind,
so fromm’ es denn wider den Freund!

Zwei Leben lachen dir hier

Nimm sie, Notung, neidischer Stahl!
Nimm sie mit einem Streich!

Halt ein, Wälsung!

Höre mein Wort!

Sieglinde lebe,

und Siegmund lebe mit ihr!

Beschlossen ist’s.

Das Schlachtlos wend’ ich.
Dir, Siegmund, schaff ich Segen und Sieg.

Hörst du den Ruf?
Nun rüste dich, Held!

Traue dem Schwert
und schwing’ es getrost.

Treu hält dir die Wehr,
wie die Walküre treu dich schützt.

Leb wohl, Siegmund, seligster Held!

Auf der Walstatt seh ich dich wieder.

Zauberfest bezähmt ein Schlaf

der Holden Schmerz und Harm.

Da die Walküre zu mir trat,

schuf sie ihr den wonnigen Trost?

Sollte die grimmige Wal

nicht schrecken ein gramvolles Weib?

Leblos scheint sie, die dennoch lebt.

Der Traurigen kost ein lächelnder Traum.

So schlummre nun fort,
bis die Schlacht gekämpft,

und Friede dich erfreu’.

Der dort mich ruft, rüste sich nun!

Was ihm gebührt, biet’ ich ihm!

Notung zahl’ ihm den Zoll!

Kehrte der Vater nur heim!

Mit dem Knaben noch weilt er im Forst.

Mutter! Mutter! Mir bangt der Mut!

Nicht freund und friedlich
scheinen die Fremden.

Schwarze Dämpfe, schwüles Gedünst,

feurige Lohe leckt schon nach uns.

Es brennt das Haus! Zu Hilfe, Bruder!
Siegmund! Siegmund!

Siegmund! Ha!

Wehwalt! Wehwalt! Steh mir zum Streit,
sollen dich Hunde nicht halten!

Wo birgst du dich, dass ich vorbei
dir schoss? Steh’, dass ich dich stelle!

Hunding! Siegmund!
Könnt’ ich sie sehen!

Hieher, du frevelnder Freier!
Fricka, fälle dich hier!

Noch wähnst du mich waffenlos,
feiger Wicht?

Drohst du mit Frauen, so ficht nun selber,
sonst lässt dich Fricka im Stich!

Denn sieh
Deines Hauses heimischem Stamm

entzog ich zaglos das Schwert.

Seine Schneide schmecke jetzt du!

Haltet ein, ihr Männer!
Mordet erst mich!

Triff ihn, Siegmund,
traue dem Schwert!

Zurück vor dem Speer!
In Stücken das Schwert!

Zu Ross, dass ich dich rette!

Geh hin, Knecht!
Kniee vor Fricka!

Melde, dass Wotans Speer gerächt,
was Spott ihr schuf.

Geh! Geh!

Doch Brünnhilde! Weh der Verbrecherin!

Furchtbar sei die Freche gestraft,
erreicht mein Ross ihre Flucht!

libreto

Richard Wagner – La valquiria – Acto III, traducción al español

/–/

(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

/–/

(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

/–/

ACTO III

¡Hojotoho! ¡Hojotoho!
¡Heiaha! ¡Heiaha!

¡Helmwiga! ¡Ven!
¡Trae el corcel!

¡Hojotoho! ¡Hojotoho!

¡Heiaha!

¡Heiaha! ¡Heiaha!

Pon a tu garañón junto a mi yegua
A tu bayo le gusta pacer con mi ruana.

– ¿Qué cuelga de tu silla?
– ¡Sintolt, el heguelingo!

Aleja a tu bayo de la ruana

La yegua de Ortlinda
lleva a Wittig, el irmingo.

¡A Sintolt y Wittig
siempre los vi enemistados!

¡Heiaha! ¡El garañón ataca a mi yegua!

¡La enemistad de los héroes
acabará por enfrentar a los corceles!

¡Tranquilo, bayo!
¡No quebrantes la paz!

¡Hoioho! ¡Sigruna, ven!
¿Por qué tardas tanto?

¡He tenido trabajo!

¿Han llegado ya las otras?

Heiaha! Heiaha!

¡Grimgerda y Rossweissa!

Cabalgan juntas.

¡Bienvenidas guerreras!
¡Rossweissa y Grimgerda!

Hojotoho! Hojotoho!

Heiaha!

¡Al bosque con los corceles,
para descanso y pasto!

¡Separad a los caballos

hasta que se haya aplacado
el odio entre nuestros héroes!

¡La ruana ya ha pagado
por la inquina de los héroes!

¡Hojotoho! ¡Hojotoho!

¡Bienvenidas! ¡Bienvenidas!

– ¿Habéis ido juntas las dos?
– Cabalgamos por separado y nos topamos.

Si estamos ya todas,
no os entretengáis más

Partamos hacia Valhalla
a llevarle los caídos a Wotan.

Sólo somos ocho, falta una.

Brunilda aún estará
con el castaño welsungo.

Tendremos que esperarla

¡El padre de las batallas
se enfurecerá si llegamos sin ella!

Hojotoho! Hojotoho!
¡Venid! ¡Venid!

Brunilda cabalga
desbocada hacia nosotras.

¡Hojotoho! ¡Hojotoho!
¡Brunilda! ¡Hey!

Hacia el abetal
guía a su exhausto caballo.

¡Cómo resopla Grane tras esa cabalgata!

¡A ninguna valquiria
he visto cabalgar tan veloz!

– ¿Qué lleva en su silla?
– ¡No es un héroe!

¡Lleva a una mujer!

– ¿Cómo encontró a la mujer?
– ¡No saluda a sus hermanas!

¡Heiaha, Brunilda! ¿No nos oyes?

¡Ayudad a la hermana
a saltar del corcel!

Hojotoho! Hojotoho!
Heiaha!

¡El recio Grane se desploma!

Deprisa ayuda a bajar a la mujer.

¡Hermana! ¡Hermana! ¿Qué ha ocurrido?

¡Protegedme y ayudadme
en el mayor peligro!

¿De dónde vienes tan aprisa?
¡Así sólo vuela un fugitivo!

Por primera vez huyo y me persiguen
El Padre de las batallas me hostiga.

¿Has perdido el juicio? ¡Habla! ¡Dinos!
¿El Padre de los ejércitos te persigue?

¿Huyes de él?

¡Ay, hermanas, avizorad desde la roca!

¡Mirad al norte
si viene el Padre de las batallas!

¡Aprisa! ¿Lo veis ya?

– Una tormenta se avecina por el norte.
– ¡Espesos nubarrones se condensan allí!

¡El padre de los ejércitos
monta su sacro corcel!

¡El furioso cazador que me hostiga,
se aproxima por el norte!

¡Protegedme, hermanas!
¡Salvad a esta mujer!

– ¿Qué le pasa a esa mujer?
– Escuchadme rápido

Es Siglinda,
hermana y novia de Sigmundo.

Wotan arde en cólera
contra los welsungos.

Brunilda debía arrebatarle
hoy la victoria al hermano,

¡pero escudé a Sigmundo
contra la voluntad del dios!

Lo atravesó entonces
con su propia lanza, Sigmundo cayó.

Pero yo huí con la mujer,
para salvarla acudí a vosotras

¡y para que me protejáis
también a mí del castigo!

Alocada hermana, ¿qué has hecho?

¡Ay de ti! ¡Brunilda! ¡Ay de ti!

¿Desobedeció Brunilda
el sacro mandato del padre de los ejércitos?

– La oscuridad viene por el norte.
– Furibunda se avecina la tormenta.

– ¡Desbocado relincha el corcel de Wotan!
– ¡Se acerca su espantoso resoplido!

Ay de ella, si Wotan la encuentra

¡Quiere destruir a todos los welsungos!

¿Quién me presta el corcel
más ligero para salvar a la mujer?

¿También a nosotras
nos aconsejas rebeldía vertiginosa?

¡Rossweissa, hermana,
préstame tu caballo!

Nunca huyó del Padre de las batallas.

– ¡Helmwiga, escúchame!
– Obedezco al padre.

¡Grimgerda! ¡Gerhilda! ¡Dadme el vuestro!

¡Schwertleita! ¡Sigruna!
¡Ved mi angustia!

Sedme fieles como yo os fui a vosotras

¡Salvad a esta triste mujer!

No te preocupes por mí.

¡Sólo me conviene la muerte.

¿Quién te ordenó
salvarme del combate?

Allí me habría golpeado

el mismo arma que abatió a Sigmundo

¡Habría hallado la muerte con él!

¡Lejos de Sigmundo!

Sigmundo, ¡lejos de ti!

¡Ay, si me cubriera la muerte!

Si no he de maldecirte
por haberme salvado,

escucha mi súplica

¡Clávame tu espada en el corazón!

¡Mujer, vive por tu amor!

Salva al fruto que recibiste de él

¡Un welsungo crece en tu vientre!

¡Sálvame, animosa!

¡Salva a mi hijo!

¡Escudadme, vírgenes,
con vuestra poderosa protección!

¡La tormenta se avecina!

¡Que huya quien la teme!

Llévate a la mujer si corre peligro,

¡ninguna valquiria osará protegerla!

¡Sálvame, virgen! ¡Salva a la madre!

¡Huye aprisa y sola!

Yo me quedaré y ofreceré
a la venganza de Wotan,

retendré al airado,

mientras tú escapas a su ira.

¿Hacia dónde debo ir?

Hermanas,
¿cuál de vosotras recorrió oriente?

Hacia oriente se extiende un bosque,

allí se llevó Fafner
el tesoro de los nibelungos.

El feroz adoptó figura de dragón,

en una cueva custodia
el anillo de Alberico.

Aquél no es lugar seguro
para una mujer indefensa.

Pero de la ira de Wotan
bien la protegerá el bosque,

el poderoso lo teme y evita el lugar.

¡Furibundo
se dirige Wotan hacia la roca!

¡Brunilda, escucha,
se acerca con estrépito!

¡Corre lejos hacia oriente!

Soporta todas las fatigas
con animosa determinación

Hambre y sed, zarzas y piedras,

¡ríete aunque te aflijan
penuria y sufrimiento!

Recuerda siempre una cosa

¡Al más noble héroe del mundo

llevas en tu seno, mujer!

Guárdale los pedazos de espada.

Del campo de batalla
de su padre los rescaté.

Aquel que algún día
blandirá la espada reforjada,

tomará su nombre de mí

¡Que «Sigfrido» obtenga victoria!

¡Ay, milagro sublime!

¡Virgen majestuosa!

¡A ti, fiel, debo consuelo sagrado!

Por el que amamos
salvaré lo más preciado.

¡Que mi gratitud te recompense!

¡Adiós! ¡Siglinda te bendice con dolor!

¡Detente, Brunilda!

¡Corcel y jinete han alcanzado las rocas!

¡Ay de ti, Brunilda!
¡Se desata la venganza!

¡Ay, hermanas, ayudadme!
¡Se me vuelca el corazón!

Su cólera me hará pedazos
si vuestra protección no lo amansa.

¡Ven aquí, perdida! ¡Escóndete!

¡Arrímate a nosotras y no contestes!

¡Ay! ¡Furioso baja Wotan del caballo!

¡Se acerca deprisa con paso vengador!

¿Dónde está Brunilda?
¿Dónde está la criminal?

¿Osáis ocultarme a la malvada?

¡Que espantosa resuena tu furia!

Padre, ¿qué han hecho
tus hijas para encolerizarte?

¿Queréis burlaros de mí?
¡Guardaos de ello, insolentes!

Sé que me ocultáis a Brunilda.

Desprenderos de la condenada

como ella se desprendió de su valía.

– A nosotras huyó la perseguida.
– ¡Suplicó por nuestra protección!

Tu cólera la llena de terror y miedo.

Por la pavorosa hermana te suplicamos

¡Apacigua tu cólera febril,
sé clemente, aplaca tu ira!

¡Mujeres sensibleras!

¿Tan poco coraje habéis heredado?

¿Os eduqué para el ardido combate,

os forjé corazones duros y decididos,

para que lloréis y gimáis

cuando mi cólera castiga a una traidora?

Pues escuchad, lastimeras,
el crimen que cometió

ésa por la que lloráis con ardor

Nadie conocía mejor mis pensamientos.

¡Nadie conocía mejor que ella
el origen de mi voluntad!

Ella misma tejía
y albergaba mis deseos,

y ahora ha roto la alianza sagrada

oponiéndose con deslealtad a mi voluntad,

ha burlado mi soberano mandato,

¡ha apuntado contra mí el arma

que sólo mi deseo le entregó!

¿Oyes, Brunilda?

¿Tú, a quien di armadura
yelmo y espada, gloria y dignidad,

nombre y vida?

¿Escuchas mi acusación

y te escondes medrosa del acusador

para cobarde escapar al castigo?

¡Aquí estoy, padre!

¡Impón el castigo!

No soy yo quien te castiga.

Tú misma te has castigado.

Sólo existías por mi voluntad,

pero quisiste obrar contra mí.

Sólo ejecutabas mi mandato,

pero diste órdenes contra mí.

Eras mi virgen del deseo,
pero deseaste contra mi voluntad.

Fuiste mi escudera
Pero alzaste tu escudo contra mí.

Fuiste mi tejedora del destino
pero elegiste destino en contra mía.

Fuiste mi atizadora de héroes,
pero los impusiste contra mí.

Wotan te ha dicho lo que fuiste.

Lo que ahora eres dítelo tu misma.

Ya no serás virgen del deseo,

ya no serás valquiria.

¡Sé a partir de ahora
lo que aún te queda!

¿Me repudias? ¿Te he entendido?

Nunca más serás enviada de Valhalla,

nunca más te señalaré
los héroes del combate,

nunca más traerás
vencedores a mi sala.

En el banquete de los dioses,

ya nunca me ofrecerás afable la bebida.

Nunca más besaré tu pueril boca.

Serás excluida del círculo de los dioses,

repudiada de la estirpe inmortal.

¡Se ha roto nuestra alianza,

estás desterrada!

¡Qué desdicha, hermana!

¿Me quitas todo lo que me diste?

¡Tu vencedor te lo arrebatará!

Te destierro a esta montaña,

te sumiré en un sueño indefenso.

¡Que aprese a la virgen el hombre

que la encuentre
en el camino y la despierte!

¡Detente, padre! ¡Retira la maldición!

¿Debe marchitarse y apagarse
la virgen a manos del hombre?

¡Oye nuestra súplica! ¡Dios terrible!

¡Aparta de ella esa deshonra clamorosa!

¡Como la hermana
sufriríamos la ofensa!

¿No habéis oído mi castigo?

He apartado de vosotras
a la hermana desleal.

Ya no cabalgará
con vosotras por los aires.

Se marchitará su flor virginal.

Un esposo ganará su favor femenino,

en adelante obedecerá
al esposo soberbio.

Hilará sentada junto al hogar

y será blanco de todas las burlas.

¿Os aterra su suerte?

¡Entonces, rehuid a la perdida!

¡Apartaos y alejaos de ella!

Quien ose estar con ella,

quien, desafiándome,
sea fiel a la desdichada,

esa necia compartirá su suerte,

¡eso se lo advierto a la osada!

¡Ahora iros de aquí! ¡Evitad la roca!

¡Huid aprisa

o la desgracia os esperará aquí!

¡Qué desgracia!

¿Tan infame fue mi crimen,

que tan vergonzosamente lo castigas?

¿Fue tan vil lo que te hice

como para humillarme tanto?

¿Tan deshonroso fue lo cometido

para que mi falta me despoje de mi honra?

¡Ay, di, padre!

Mírame a los ojos.

Acalla la ira,

amansa tu cólera

y muéstrame la oscura culpa,

que con terquedad te obliga

a repudiar a tu hija más querida.

¡Pregúntale a tu crimen,

él te mostrará tu culpa!

Ejecuté tu orden.

¿Te ordené luchar por el welsungo?

Eso me ordenaste
como señor de las batallas.

¡Pero después retiré mi orden!

Cuando Fricka alienó tu mente

sometiéndote tú a la suya,

te convertiste en tu enemigo.

Creía que me habías comprendido

y he castigado el desafío deliberado.

¡Pero me creíste cobarde y necio!

Si no vengara la traición,

¿creerías que no mereces mi cólera?

No soy sabia,

pero sabía una cosa

Que amabas al welsungo.

Conocía el dilema que te obligaba

a olvidar lo uno por completo.

Sólo debías ver lo otro,

que tan amargamente hería tu corazón

Negarle a Sigmundo tu protección.

¿Lo sabías y aún así osaste protegerle?

Mi mirada vigilaba a aquel al que,

desesperado por la coacción ajena,

le diste la espalda.

La que en combate
le cubre la espalda a Wotan,

sólo veía lo que tú no viste

Tuve que ver a Sigmundo.

Aparecí ante él anunciándole la muerte,

vi su mirada, lo escuché.

Comprendí el sagrado dolor del héroe,

escuché la congoja del más valiente

¡El terrible dolor del amor!

¡El triste desengaño del más audaz!

Resonó en mi oído,

mis ojos reconocieron
lo que profundamente

estremecía mi corazón de sacro temor.

Lo escuché con vergüenza y asombro.

Sólo podía pensar en servirle

Compartir con Sigmundo victoria o muerte,

me parecía el único destino posible.

Aquel que inspiró ese amor

a mi corazón,

la voluntad que me vinculó al welsungo,

cuya alma conocí,

por ese desobedecí tu orden.

Así que hiciste
lo que yo habría deseado hacer

pero que un doble apremio me impedía?

¿Tan fácil creíste merecer
la dicha del amor?

Cuando el dolor abrasaba mi corazón,

cuando me encolerizaba la desesperación

por salvar un mundo
secando la fuente del amor

en mi atormentado corazón.

Mientras afligido
me volvía contra mí mismo,

encolerizado por la impotencia,

el deseo furioso y ardiente

fraguó mi terrible voluntad

de enterrar bajo mi mundo en ruinas

mi eterna tristeza.

Entonces te inspiró el dulce goce,

te embriagaste de emoción

bebiendo dichosa del cáliz del amor,

¿mientras la desesperación divina

a mí me servía hiel?

Te guiaste por tu ligereza de espíritu,

de mí te desvinculaste.

Debo evitarte,

ya no puedo deliberar contigo.

Separados, ya no podremos
crear juntos en confianza.

¡Mientras duren aliento y vida,
el dios ya no podrá encontrarte!

Tal vez no te sirviera la alocada virgen

que, asombrada,
no comprendió tu voluntad,

mi propio juicio
sólo me decía una cosa

Amar lo que amabas.

Si debo apartarme de ti
y evitarte con temor,

si debes escindir lo que estaba unido,

alejar de ti la mitad de tu ser,

esa siempre fue enteramente tuya,

¡dios, no lo olvides!

No deshonrarás a tu esencia eterna,

no querrás que la vergüenza te ofenda.

¡Tú mismo te dejarías caer

si me entregaras al escarnio!

Obedeciste dichosa

al poder del amor.

¡Obedece ahora a aquel

al que tendrás que amar!

Si he de abandonar Valhalla,

nunca más obrar y reinar contigo,

obedecer al esposo soberbio

de ahora en adelante,

¡no me entregues un cobarde!

¡Que no carezca de valor quien me gane!

Te apartaste del Padre de las batallas,

él no puede elegir por ti.

Engendraste una noble estirpe.

Ningún temeroso podrá surgir de ella.

Sé que el héroe más sagrado
nacerá del linaje de los welsungos.

¡No hables del linaje de los welsungos!

Al apartarme de ti, me aparté de él.

La envidia consiguió su destrucción.

Lo salvó la que se desprendió de ti.

Siglinda custodia el sagrado fruto.

Con más dolor y sufrimiento
que ninguna otra mujer

alumbrará el fruto que temerosa alberga.

¡Nunca busques en mí
protección para esa mujer,

ni para el fruto de su regazo!

La protege la espada
que forjaste para Sigmundo.

¡Y que le rompí en pedazos!

Virgen, no pretendas

turbar mi ánimo.

Espera tu destino

como se te depare.

No te lo puedo cambiar.

Ahora debo partir lejos.

Ya he demorado demasiado aquí.

Abandono a la descarriada.

No puedo conocer su deseo,

¡sólo quiero imponerle su castigo!

¿Qué castigo has pensado inflingirme?

Te sumiré en un profundo sueño.

¡Quien despierte a la indefensa,

la tendrá por esposa!

Si va a encadenarme un profundo sueño

para ser la presa fácil del más cobarde,

al menos concédeme un deseo

que te suplico con sacro temor.

¡Protege a la durmiente
con peligros disuasorios,

para que sólo un héroe intrépido

me encuentre en esta roca.

¡Pides demasiado, demasiada merced!

¡Concédeme sólo eso!

Avergüenza a la hija
que abrazó tus rodillas,

pisotea a la fiel, destroza a la virgen,

que tu lanza deshaga su cuerpo,

Pero, ¡ay cruel!

¡No la entregues
a la humillación más atroz!

Por orden tuya,

¡que arda un fuego!

Que rodee la roca
una llamarada incandescente.

Que laman sus lenguas,
que devoren sus dientes

al cobarde que insolente osara

acercarse a la abrasadora roca.

¡Adiós, ardida y preciosa niña!

¡Orgullo sagrado de mi corazón!

¡Adiós! ¡Adiós!

Si debo evitarte,

y no puedo volver
a saludarte amoroso,

si no has de volver a cabalgar conmigo,

ni ofrecerme hidromiel en el banquete.

Si debo perderte, a ti que te amo,

gozosa alegría de mis ojos.

¡Que arda para ti un fuego nupcial,

como nunca lo tuvo una novia!

Que ascuas llameantes rodeen la roca.

Que ahuyente con terror al temeroso,

¡que el cobarde huya
de la roca de Brunilda!

¡Que sólo uno pretenda a la novia,

uno más libre que yo,

el dios!

Estos luminosos ojos

que a menudo he mimado sonriente,

cuando con mi beso
recompensaba tu valentía,

cuando tu pueril alabanza a los héroes

manaba de tus nobles labios.

Estos radiantes ojos

que a menudo me iluminaban en el ataque,

cuando con esperanza en mi corazón

añoraba el mayor goce del mundo

surgiendo del trémulo temor

¡Por última vez

me solazo hoy

con el último beso del adiós!

Que al hombre afortunado

le brille su estrella.

Para este desdichado inmortal

se cerrará para siempre.

¡Pues así se aparta el dios de ti,

¡con un beso

te arrebata la divinidad!

¡Loge, escucha!

¡Escucha con atención!

Como cuando te conocí como fuego ígneo,

como el día que te escapaste
convertido en llamarada,

¡como entonces
te encadeno ahora!

¡Arriba, mar de llamas!

¡Rodea llameante la roca!

¡Loge! ¡Loge! ¡Ven aquí!

¡Quién tema mi lanza,

que jamás traspase el fuego!