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Richard Wagner – La valquiria – Acto II, traducción al español

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(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

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(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

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ACTO II

¡Embrida tu corcel, virgen guerrera!
¡Pronto comenzará un ardido combate!

¡Acuda Brunilda a la lucha
y otorgue la victoria al welsungo!

Que Hunding decida a quién pertenece.

Para Valhalla no me sirve.

¡Cabalga, pues, recia y veloz al combate!

Hojotoho! Hojotoho! Heiaha!

Te aconsejo, padre, prepárate también,
una duro ataque deberás resistir.

Fricka, tu mujer,
se acerca en el carruaje de carneros.

¡Cómo sacude el látigo dorado!

Los pobres animales gimen de miedo,
salvajemente rechinan las ruedas.

Iracunda acude a la disputa.

No me gustan estas peleas,
prefiero el combate de hombres valientes.

Tú verás cómo resistes el ataque.
¡Esta alegre te deja solo!

Hojotoho! Hojotoho!
Heiaha! Heiaha!

¡La disputa y el agobio de siempre!

¡Pero en esta debo mantenerme firme!

A las montañas donde te ocultas

para escapar a la mirada de tu esposa

vengo a verte sola

para que me prometas ayuda.

Que Fricka diga lo que la aflige.

Supe de la desgracia de Hunding,

me invocó clamando venganza.

La guardiana del matrimonio lo oyó,

prometió castigar con dureza los actos

de la insolente y transgresora pareja,

que osó agraviar al esposo.

¿Qué mal ha hecho la pareja

que con amor ha unido la primavera?

El hechizo del amor los cautivó.

¿Quién ha de pagar por el poder del amor?

¡Te haces el tonto y el sordo!

Como si no supieras que intercedo

por el sacro juramento del matrimonio,

¡duramente agraviado!

Sacrílego considero el juramento

que une a los que no se aman.

No me exijas

que mantenga por la fuerza
lo que a tu poder escapa,

pues donde se alzan ardidas fuerzas

aconsejo abiertamente la guerra.

Si el adulterio te parece laudable,

¡sigue jactándote y glorifica

el incesto surgido

de la unión de los dos mellizos!

Mi corazón se estremece, desfallezco,

¡nupcialmente abrazó
el hermano a la hermana!

¿Cuándo se ha visto

el amor carnal entre hermanos?

¡Hoy lo has visto!

Aprende que puede surgir,
aunque nunca antes sucediera.

Que se aman está claro para ti,

por eso, escucha mi consejo sincero.

Si dulce goce ha de premiar tu bendición,

bendice pues, sonriendo al amor,

la alianza entre Sigmund y Siglinda.

¿Así que se acabó
la estirpe de los inmortales

desde que engendraste
a los fieros welsungos?

Lo he dicho claro. ¿No es eso acaso?

¡Nada te importa
tu noble parentela divina!

Tiras por la borda cuanto apreciabas,

rompes los lazos que tú mismo uniste,

deshaces riendo el yugo celestial,

para que viva a su antojo

esa transgresora pareja melliza,

fruto lascivo de tu adulterio.

¡Ay, para qué voy a clamar
por el matrimonio y su juramento,

si fuiste el primero en romperlos!

Siempre has engañado a tu fiel esposa.

Tu lujuriosa mirada
escudriñaba valles y montañas

buscando el placer del cambio,

con desdén heriste mi corazón.

Con tristeza tuve que soportar

que acudieras al combate
con las insolentes vírgenes

fruto de tu salvaje adulterio.

Pues tanto temías a tu mujer

que sometiste a las valkirias

y a la misma Brunilda,
la novia de tu deseo,

a mi obediencia.

Pero cuando te apeteció cambiar de nombre

vagaste lupino
como «Welsa» por el bosque.

Ahora, que caíste tan bajo

y engendraste
una pareja de vulgares mortales,

¡arrojas a a tu mujer

a los pies de tu camada de lobos!

¡Pues prosigue con ello!
¡Culmínalo!

¡Pisotea a la esposa engañada!

Nunca aprendiste lo que quise enseñarte,

no sabes reconocer el porvenir.

Sólo comprendes lo conocido,

mientras que lo nunca antes acaecido

es a lo que yo aspiro.

¡Escucha!

Hace falta un héroe

que, ajeno a la protección divina,

se libre de la ley de los dioses.

Sólo así servirá para realizar la azaña

que, tan necesaria para los dioses,

a la deidad le está vedada.

Quieres confundirme
con argumentos rebuscados.

¿Qué hazañas podrá realizar el héroe

que no puedan acometer los dioses

que lo protejen?

¿No valoras su coraje?

¿Quién abre los ojos a los necios?
¿Quién abre los ojos a los necios?

Bajo tu protección parecen fuertes,

luchan gracias a tu espuela.

Sólo tú atizaste a aquellos
que alabas ante esta inmortal.

Con nuevas artimañas quieres engañarme,

escabullirte ahora con nuevos trucos,

pero no conseguirás a ese welsungo.

En él sólo te veo a ti,

pues sólo gracias a ti resiste.

Él mismo se ha forjado en su sufrimiento,

mi escudo nunca lo protegió.

¡Pues hoy tampoco lo protejas!

¡Quítale la espada que le regalaste!

– ¿La espada?
– ¡Sí, la espada!

La espada de poderes mágicos

que tú, dios, diste a tu hijo.

Sigmundo se la ha ganado ante el peligro.

Tú creaste su miseria
al igual que su espada.

¿Quieres engañar
a la que día y noche te sigue?

Para él clavaste
la espada en el tronco,

le prometiste la noble arma.

¿Negarás que sólo tu astucia
lo condujo hasta ella?

Ningún noble pelea con el siervo,

se limita a castigar al transgresor.

Contra ti yo lucharía

pero, ¡Sigmundo es mi esclavo!

¿Al siervo del que eres señor

ha de obedecer tu inmortal esposa?

¿Acaso ha de ultrajarme el más mísero

y animarse al descarado
a burlarse del libre?

No puede querer eso mi esposo,

¡no profanará así a la diosa!

¿Qué pides?

¡Apártate del welsungo!

Que siga su camino.

¡Pero no le protejas
cuando combata con el vengador!

No lo protegeré.

Mírame a los ojos,
no intentes engañarme.

¡Aparta de él también a la valquiria!

La valquiria obra libremente.

¡No! Ella sólo cumple tu voluntad.

¡Prohíbele la victoria de Sigmundo!

No puedo matarlo, encontró mi espada.

¡Rómpele la espada y prívala de magia!

¡Déjalo indefenso ante el enemigo!

Ahí llega, jubilosa y veloz,
tu animosa virgen.

Le he pedido que acuda por Sigmundo.

¡Que escude el honor sagrado

de tu esposa inmortal!

Burlados por los mortales
y privados de poder

los dioses pereceríamos,

si hoy mi derecho
no fuera noblemente vengado

por la valiente virgen.

Que muera el welsungo por mi honor.

¿Me lo jurarás, Wotan?

¡Lo juro!

Te espera el Padre de los ejércitos.

¡Escucha

el sino que ha decidido!

Mal, me temo, acabó la disputa,
si la suerte ha sonreído a Fricka.

Padre, ¿qué ha de saber tu hija?

¡Pareces abrumado y triste!

¡He caído en mi propia trampa,

yo, el más esclavo de todos!

Nunca te he visto así
¿qué corroe tu corazón?

¡Ay, deshonra divina!

¡Ay, congoja deshonrosa!

¡Miseria divina! ¡Miseria divina!

¡Furia infinita! ¡Eterno pesar!

¡Nadie es más desgraciado!

¡Padre! ¡Padre! ¿Qué te ocurre?

¿Por qué asustas con cuita a tu hija?

¡Confía en mí! Te soy fiel.

¡Míra, Brunilda te implora!

Si te lo dijera,

¿no contravendría mi propia voluntad?

Hablas a la voluntad de Wotan

si me dices lo que quieres.

¿Quién soy, si no tu propia voluntad?

Lo que a nadie anuncio,

permanezca por siempre callado

Conmigo solo delibero

cuando te hablo.

Cuando murió en mí
el goce del amor joven,

impulsado por la ambición
conquisté el mundo entero.

Sin pretenderlo tramé engaño y traición,

con pactos atraje el infortunio.

Astuto me sedujo Loge
para luego esfumarse.

Pero no quise renunciar al amor,

en el poder anhelaba ternura.

Alberico, el miedoso nibelungo
hijo de la noche, rompió su pacto.

Maldijo el amor y ganó con la maldición

el reluciente oro del Rhin

y con él poder inmensurable.

Con astucia le arrebaté
el anillo que forjó.

Pero no lo devolví al Rhin,

pagué con él los muros de Valhalla,

el castillo construido por gigantes,

desde donde domino el mundo.

La que todo lo sabe

Erda, la sagrada y omnisciente wala,

me aconsejó deshacerme del anillo,

previniéndome de la perdición eterna.

Quise saber más sobre esa fatalidad,

pero ella desapareció en silencio.

Perdí el buen humor, quería saber.

Descendí a las entrañas del mundo.

Con hechizos de amor sometí a Wala
turbé el orgullo de su sabiduría

para que me hablara.

Me habló

y albergaba un fruto mío.

La mujer más sabia del mundo

conmigo te engendró, Brunilda.

Con ocho hermanas te crié.

Con vosotras valquirias

quería evitar lo que Wala me hizo temer

El deshonroso fin de los dioses.

Para ser fuertes
ante el enemigo en combate

os ordené traerme héroes.

A los sometidos a nuestras leyes,

a los hombres a quienes negamos el valor,

a los que con engaño y oscuros pactos

impusimos obediencia ciega,

a ellos debes instigarlos a la guerra,

atizar su fuerza para el duro combate,

para reunir yo así
tropas de intrépidos guerreros

en la sala de Valhalla.

Llenaremos tu sala

a muchos ya he te llevado.

¿Qué te perturba,
si nunca fuimos ociosas?

Es otra cosa.

¡Escucha bien lo que Wala me advirtió!

El ejército de Alberico
quiere nuestra derrota.

Lleno de envidia y rencor
me acecha el nibelungo,

pero ya no temo
a sus nocturnas huestes,

mis héroes me aseguran la victoria.

Sólo si consiguiese de nuevo el anillo

Valhalla sucumbiría.

Sólo el que maldijo el amor

podrá utilizar el misterio del anillo
para la eterna deshonra de los dioses.

Me despojará de la gloria de los héroes

obligándolos a luchar con él,

con su fuerza me combatiría.

Cauto pensé en arrebatarle
el anillo al enemigo.

Uno de los gigantes cuyo esfuerzo
recompensé con el oro maldito,

Fafner custodia el oro
por el que mató a su hermano.

A él tendría que arrebatarle
el anillo que yo mismo le di como tributo.

Pero no puedo enfrentarme
a aquel con quien he pactado,

impotente sucumbiría mi valor.

Estas son las cadenas que me atan.

Habiendo sido señor de pactos

de los pactos ahora soy esclavo.

Uno sólo podrá cumplir
lo que me está vedado

Un héroe al que jamás haya ayudado,

ajeno al dios, libre de sus favores,

que, sin saberlo y sin mi mandato,
guiado por su propia necesidad

con sus propias armas
lleve a cabo esa hazaña,

que yo debo evitar y no puedo ordenar,

¡aunque sea mi mayor anhelo!

Al que rebelde contra mí
luche por mi causa,

al amigo enemigo, ¿cómo encontrarlo?

¿Cómo crear al hombre libre
al que nunca protegí,

que en su propia rebeldía
me fuese el más allegado?

¿Cómo crear a ese que sin ser yo,

obrando a su libre albedrío
cumpliese mi voluntad?

¡Ay, miseria divina!
¡Deshonra espantosa!

Me repugna encontrarme
sólo a mí mismo en cuanto emprendo.

Nunca consigo
la alteridad que anhelo.

Pues el libre debe forjarse a sí mismo.

¡Sólo sé modelar siervos!

Pero Sigmundo, el welsungo,
¿no obra acaso por sí mismo?

Con él recorrí los bosques,

azucé su osadía
contra el consejo de los dioses.

Contra la venganza divina
ya sólo le protege la espada

que le forjó el favor de un un dios.

¿Cómo pude pretender
engañarme a mí mismo?

Fricka descubrió hábilmente mi engaño.

¡Para vergüenza mía me descubrió!

¡Y ahora debo obedecer su voluntad!

Entonces, ¿le arrebatarás
a Sigmundo la victoria?

Toqué el anillo de Alberico,
¡ávido sostuve el oro!

La maldición que rehuí, ahora me acecha.

Tengo que abandonar lo que amo,

matar al que siempre amé,

traicionar al que confía en mí!

¡Adiós, pues, soberbia grandiosa!

¡Suntuosa deshonra divina!

¡Que perezca lo que he creado!

¡Renuncio a mi obra!

Ya sólo quiero una cosa

¡El fin!

¡El fin!

¡Y del fin se ocupará Alberico!

Ahora comprendo el sentido
de las siniestras palabras de Wala

«Cuando el tenebroso enemigo del amor

engendre furibundo a un hijo,

se aproximará el fin de los dioses.»

Hace poco tube nuevas del nibelungo

El enano sometió a una mujer

cuyo favor conquistó con oro.

El fruto del odio alberga esa mujer,

el fruto del rencor anida en su vientre.

El enemigo del amor lo ha conseguido,

pero al héroe que con amor creé

nunca lo conseguiré para mí.

¡Recibe mi bendición,

hijo del nibelungo!

Te lego lo que más repudio,

el fútil esplendor divino,

¡que tu rencor lo devore!

Dí pues, ¿qué ordenas a tu hija?

¡Obediente lucha por Fricka!

¡Presérvale matrimonio y juramento!

Elijo lo que ella eligió.

¿De qué me sirve mi voluntad?

No puedo desear al hombre libre.

¡Lucha ahora por el lacayo de Fricka!

¡Ay, retira arrepentido tus plabras!

Amas a Sigmundo.

Por complacerte protegí al welsungo.

¡Debes matar a Sigmundo
y darle la victoria a Hunding!

Guárdate bien y manténte firme,

pon todo tu arrojo en la lucha.

Sigmundo blande una espada victoriosa.

¡Difícilmente se rendirá ante ti!

Aquel al que me mandates amar,

al que tu corazón aprecia
por su noble virtud

contra él nunca me impondrán
tus ambivalentes palabras.

¡Insolente! ¿Vas a desafiarme?

¿Quién eres,
sino la consumación ciega de mi voluntad?

Deliberando contigo
¿habré caído tan bajo

que osan insultarme
mis propias criaturas?

Hija ¿conoces mi cólera?

¡Tu brío te abandonará
si mi rayo demoledor te alcanza!

En mi pecho arde la cólera

que sumirá en tinieblas y caos

al mundo que antes me sonreía.

¡Ay de aquel al que mi cólera alcance!

¡Caro pagaría su desafío!

Por eso te aconsejo ¡no me enojes!

¡Cumple mi mandato!

¡Que Sigmundo perezca!

¡Ese será tu cometido, valquiria!

Nunca antes vi así
al Padre de la victoria

aunque lo haya visto encolerizado.

¡Cómo me pesan las armas!

¡Y qué ligeras
cuando las empuñaba con alegría!

Con angustia me dirijo hoy al combate.

¡Pobre welsungo!

¡Con sumo pesar

te abandona la que te ha sido fiel!

¡Descansa aquí, concédete reposo!

¡Continuémos! ¡Continuémos!

¡No sigamos!

¡Deténte, dulce mujer!

Despertaste del dulce arrebato

y de repente huíste corriendo.

Apenas pude seguirte
por bosques y campos,

muda y sin decir palabra,
corriste sin detenerte por mi llamada.

Ahora descansa,

¡háblame!

¡Pon fin al angustioso silencio!

Mira, tu hermano abraza a su novia.

¡Sigmundo es tu compañero!

¡Vete! ¡Vete!
¡Abandona a la profanada!

Mis impíos brazos te abrazaron,
este cuerpo profanado feneció.

¡Rehúye este cadáver, suéltalo!

¡Que se la lleve el viento

a la deshonrosa que se entregó al noble!

¡Cuando la abrazó amorosamente

y ella halló sublime goce,

se entregó por entero al hombre

que despertó todo su amor.

Tras consagrarese
en secreto al sublime goce,

que le atravesó alma y sentidos,

el horror y el espanto de la deshonra

se apoderaron de la humillada,
que siempre había obedecido al hombre

que sin amor la tuvo como suya!

¡Deja a la maldita, déjala huir!

Soy indecente, no tengo dignidad.

De ti, hombre puro, debo apartarme,

nunca podré pertenecerte.

¡Deshonra arrojo sobre el hermano,

infamia sobre el amoroso amigo!

¡El agravio anterior

lo expiará la sangre del malhechor!

Por eso, deja de huir,

aguarda al enemigo.

¡Aquí sucumbirá ante mí!

¡Cuando Notung atraviese su corazón,

habrás sido vengada!

¡Escucha los cuernos! ¿Oyes la llamada?

Furioso estruendo
resuena de bosque y parajes.

Hunding ha despertado del espeso sueño.

Está reuniendo a clanes y perros,

¡la jauría aulla embravecida,
furiosa clama al cielo

por la quiebra del sacro juramento!

¿Sigmundo, dónde estás?

¿Volveré a verte?

¡Fervientemente amado
hermano esplendoroso!

Deja que tus luceros
me iluminen otra vez.

¡No rechaces el beso
de la mujer indecente!

¡Escucha! ¡Escucha!
¡Es el cuerno de Hunding!

¡Su turba se acerca con armas poderosas.

Ninguna espada resiste a la jauría canina.

¡Arrojala lejos, Sigmundo!
Sigmundo, ¿dónde estás?

¡Ahí estás! ¡Te veo!
¡Con rostro de espanto!

Ávidos de carne,
los perros enseñan los colmillos.

¡No repararán en tu noble mirada!

¡Por los pies te apresarán las fauces!

¡Caerás!
¡En pedazos se partirá tu espada!

El fresno caerá y el tronco se partirá!

¡Hermano!
¡Mi hermano! ¡Sigmundo!

¡Hermana! ¡Amada!

¡Sigmundo! ¡Mírame!

Soy aquella a quien pronto seguirás.

¡Díme quién eres,

esa que tan bella y solemne me aparece?

Sólo ante los moribundos aparezco.

Quién me ve

abandona la vida.

Sólo aparezco a los héroes
en los campos de batalla.

Quién me apercibe,

ha sido mi elegido.

El héroe que ha de seguirte,

¿a dónde lo conducirás?

Te conduciré al Padre
de las batallas que te ha elegido.

Me seguirás a Valhalla.

En la sala de Valhalla

¿sólo encontraré a al Padre de las batallas?

La noble tropa de héroes

te rodeará gentil
para saludarte solemnemente.

¿Encontraré en Valhalla
a Welsa, mi padre?

A su padre encontrará allí el welsungo.

¿Me saludará
en Valhalla alegre una mujer?

Las valquirias reinan allí.

¡La hija de Wotan
te ofrece con agrado el caliz!

Noble eres,

en ti descubro a la hija de Wotan.

Pero dime una cosa, inmortal

¿Acompañará al hermano
su nupcial hermana?

¿Abrazará allí Sigmundo a Siglinda?

Ella aún debe seguir
respirando en la tierra.

Sigmundo no verá allí a Siglinda.

Entonces, salúdame a Valhalla,

salúdame a Wotan

salúdame a Welsa y a todos los héroes

y saluda también a las bellas valquirias.

¡No te seguiré!

Has visto
la hiriente mirada de la valquiria.

¡Ahora deberás ir con ella!

Donde Siglinda vive, goza y sufre,

allí permanecerá también Sigmundo.

Tu mirada aún no me ha enternecido.

¡Nunca me impedirá quedarme!

En vida

nada te obliga.

Pero la muerte, necio, te obligará.

¡He venido a anunciártela!

¿Dónde está el héroe ante el que caeré?

Hunding te matará en combate.

Amenázame con algo mayor
que los golpes de Hunding.

Si ávida esperas el combate,

elígelo a él como presa
¡Pienso matarlo en el combate!

A ti, welsungo, escúchame bien,

a ti te ha sido deparado ese destino.

¿Conoces esta espada?
El que la forjó me deparó victoria.

¡Con ella desafiaré tu amenaza!

¡El que la forjó
te depara ahora la muerte!

¡Privará a la espada de su virtud!

¡Calla y no asustes a la durmiente!

¡Ay! ¡Mujer dulcísima!

Triste compañera.

Contra ti se ha alzado el mundo en armas.

Y yo, el único en quien confiaste,
por quien osaste rebelarte,

¿no voy a ampararte con mi protección?

¿He de traicionarte en la batalla?

¡Ay, que caiga la deshonra
sobre aquel que forjó la espada

y convierte la victoria en ultraje!

¿Es que debo perecer?
¡No iré al Valhalla!

¡Que me tenga Hella!

¿Tan poco estimas la gloria eterna?

¿Lo era todo para ti la pobre mujer

que cansada y afligida
duerme en tu regazo?

¿No hay nada que estimes más?

¿No aprecias nada más?

Resplandeces joven y bella.

¡Pero mi corazon
reconoce tu frialdad y dureza!

Si sólo sabes burlarte,
¡vete, virgen cruel e impasible!

Pero si quieres recrearte en mi dolor,

goza con mi dolor y que mi desgracia
reconforte tu rencoroso corazón.

¡Pero no me hables más
de las ásperas delicias de Valhalla!

Veo la desdicha que corroe tu corazón,

siento la sagrada aflicción del héroe.

¡Sigmundo, confíame a tu mujer!
¡Mi protección la rodeará con firmeza!

Nadie más que yo
tocará a la inmaculada en vida.

¡Si he de morir,
antes mataré a la adormecida!

¡Welsungo!
¡Furibundo! ¡Escucha mi consejo!

Confíame tu mujer
por amor al fruto

que gozosa recibió de ti.

Esta espada
que el traidor forjó para el fiel,

esta cobarde espada
que me traiciona ante el enemigo.

Si no sirve para matar al enemigo,
¡que sirva para la muerte del amigo!

Dos vidas te sonríen aquí

¡Arrebátalas, Notung, espada celosa!
¡Sésgalas de un solo golpe!

¡Detente welsungo!

¡Oye mis palabras!

¡Que viva Siglinda

y que viva Sigmundo con ella!

Está decidido.

Cambiaré el destino en el combate.
Te otorgará bendición y victoria.

¿Oyes la llamada?
¡Prepárate, héroe!

Confía en la espada
y blándela sin temor.

¡El arma te será fiel,
la valquiria leal te protegerá!

¡Adiós, Sigmundo, héroe dichoso!

¡Te veré en el campo de batalla!

Un sueño mágico aplaca

el dolor y la pena de la más dulce.

Cuando se me acercó la valquiria,

¿le procuraría ese gozoso consuelo?

¿Acaso el violento combate

no ha de asustar a la apenada mujer?

Parece inerte, pero vive.

Un sueño sonriente besa a la triste.

¡Sigue durmiendo
hasta que termine el combate

y te alegre la paz.

¡Que se prepare ahora el que me llama!

Le daré su merecido.

¡Que Notung se lo pague!

¡Ay, si sólo regresara el padre a casa!

Aún está en el monte con el muchacho.

¡Madre! ¡Madre! ¡Tengo miedo!

Los forasteros no parecen amistosos.

Oscuros vapores, vaho sofocante,

ya nos alcanzan las vivas llamas.

¡La casa está ardiendo!
¡Socorro, hermano! ¡Sigmundo!

¡Sigmundo! ¡Ay!

¡Wehwalt! ¡Enfréntate
si no quieres que te apresen los perros!

¿Dónde te escondes?
¡Sal para que pueda enfrentarte!

¡Hunding! ¡Sigmundo!
¡Si sólo pudiera verlos!

¡Acércate, malhechor!
¡Que Fricka te mate aquí!

¿Aún me crees desarmado vil cobarde?

Si amenazas con mujeres,
¡lucha ahora o Fricka te abandonará!

Pues escucha Del tronco de tu casa

arranqué sin vacilar esta espada.

¡Que te aproveche su hoja!

¡Deteneos, hombres!
¡Matadme a mí primero!

¡Alcánzalo, Sigmundo!
¡Confía en la espada!

¡Retrocede ante la lanza!
¡Rómpase la espada en pedazos!

¡Sube al caballo para salvarte!

¡Ve esclavo!
¡Arrodíllate ante Fricka!

Dile que la lanza de Wotan
ha vengado su ultraje.

¡Ve! ¡Ve!

¡Pero Brunilda! ¡Ay de la criminal!

¡Terriblemente castigaré
a la insolente si mi corcel la alcanza!

libreto

Richard Wagner – La valquiria – Acto I, traducción al español

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(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

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(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

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(acto primero en alemán)

LA VALQUIRIA

PRIMER DÍA
EL ANILLO DEL NIBELUNGO

ACTO I

Tejí en oriente,

devané en occidente,

hacia el norte me dirijo.

¿Qué devanaste en occidente?

¿Qué tejiste en oriente?

Alberico robó el oro del Rhin,

forjó un anillo,

sometió con él a sus hermanos.

Siervos los nibelungos,
siervo también Alberico

cuando le robaron el anillo.

Libres los gnomos negros,
libre también Alberico.

El oro descansa en las profundidades.

– Tejí en oriente.
– Devané en occidente.

Hacia el norte me dirijo.

¿Qué devanaste en occidente?

¿Qué tejiste en oriente?

Los gigantes construyeron
el castillo de los dioses,

exigiendo en pago el anillo.

Los dioses se lo arrebataron al nibelungo.

Afligidos veo a los dioses,

el rencor ruge encadenado
en las profundidades

Sólo los libres concederán la paz.

Un dichoso se dispone animoso

a luchar por los dioses.

Que con la victoria traiga la paz …

¡Sea de quien sea
este hogar, aquí descansaré!

¿Un forastero?
Debo preguntarle.

¿Quién entró en la casa
y descansa junto al hogar?

Descansa extenuado
de las fatigas del camino.

¿Se habrá desvanecido?
¿Estará enfermo?

Aún respira. Sólo ha cerrado los ojos.

Parece valiente

aunque se haya desvanecido.

¡Agua! ¡Agua!

Aliviaré tu sed.

Refrescaré tu sedienta boca.

¡Agua, como pedías!

Refrigerio me ha dado el agua,

mitigado el peso del cansancio

Reanimado mi valor,

mis ojos se recrean dichosos.

¿Quién es la que así me reconforta?

Esta casa y esta mujer son de Hunding.

Te concederá hospedaje.
¡Aguarda su regreso!

Estoy desarmado Tu esposo
no rechazará al huésped herido.

¡Rápido, muéstrame tus heridas!

Son leves, insignificantes.

mis miembros siguen enteros y firmes.

Si mi escudo y mi lanza
hubiesen aguantado como mi brazo,

jamás habría huido del enemigo,

pero escudo y lanza se partieron.

La jauría de enemigos
me persiguió hasta extenuarme,

el ardor de la tormenta me agotó.

Pero más rápido que yo de la jauría,
huyó de mí el cansancio,

la noche cayó sobre mis párpados.

Ahora vuelve a sonreírme el sol.

No me despreciarás

la dulce bebida de hidromiel.

¿La catarás para mí?

Has aliviado a un desventurado

¡Que no te alcance mi infortunio!

He descansado dulcemente.

Ahora debo seguir mi camino.

¿Quién te persigue para que huyas?

La desgracia me persigue a donde voy.

La desgracia
me encuentra donde me detengo.

¡Que no se acerque a ti, mujer!

¡Alejaré de ti mis pasos y mi mirada!

¡Quédate!

¡No podrás traer el infortunio

allí donde ya habita!

Wehwalt me llamo a mí mismo

Esperaré a Hunding.

Extenuado hallé a este hombre,
el peligro lo trajo a casa.

¿Le has ofrecido refrigerio?
– Con hospitalidad alivié su sed.

Le debo cobijo y bebida
¿Reprenderás a tu mujer por ello?

Sagrado es mi hogar.

¡Sagrado sea para ti!

¡Sírvenos la cena a los hombres!

¡Cómo se parece a mi mujer!

La reluciente serpiente
también brilla en sus ojos.

Supongo que vienes de lejos.

No ha montado a caballo
el que aquí encontró descanso.

¿Qué malos caminos te han atormentado?

Peligro y tormenta me persiguieron
por bosques, brezales y arboledas.

No sé por donde he venido.

Y menos aún a donde he llegado.

Me gustaría saberlo.

El techo que te cobija
y la casa que te hospeda

son de Hunding.

Si te encaminas hacia poniente

hallarás muchos caseríos de parientes

que salvaguardan la honra de Hunding.

Si mi huésped me honra,

me revelará ahora su nombre.

Si no confías en mí,

revélaselo a mi mujer.

¡Mira con qué curiosidad te interroga!

Huésped, me gustaría saber quién eres.

No puedo llamarme Friedmund.

Frohwalt quisiera ser,

pero Wehwalt he de llamarme.

Wolfe fue mi padre.
Nacimos juntos

mi hermana melliza y yo.

Temprano perdí a madre y hermana.

La que nos dio a luz
y aquella a quien conmigo protegió,

apenas si las conocí.

Wolfe era fuerte y batallador,
se granjeó muchos enemigos.

De caza salía el anciano con el joven.

Un día al regresar de la caza

encontramos vacía la guarida del lobo.

Reducida a cenizas nuestra gran sala,

un muñón el floreciente tronco del roble.

Muerto el animoso cuerpo de mi madre,

tragado por las llamas
el rastro de mi hermana.

Esta amarga pena

nos depararon crueles enemigos.

Proscrito huyó el anciano conmigo.

Muchos años vivió el joven
con Wolfe en el espeso bosque.

Hubo muchas persecuciones,

pero los dos lobos
se defendían con arrojo.

Un lobezno te narra todo esto,

como «Lobezno»
por muchos es conocido.

Huésped intrépido,
narras curiosas y feroces historias,

¡Wehwalt, el Lobezno!

Creo haber oído oscuros relatos
sobre la batalladora pareja,

aunque no conocía
a Wolfe y a Lobezno.

Prosigue tu relato, forastero
¿Dónde está ahora tu padre?

Nuestros enemigos
nos persiguieron con saña.

Muchos sucumbieron a los lobos

y otros huyeron
de las bestias por el bosque.

El enemigo nos dispersaba como paja.

Fui separado de mi padre.

Perdía su rastro cuanto más lo buscaba.

En el monte sólo hallé la piel de un lobo.

Yacía vacía ante mí,
no encontré a mi padre.

Apresurado abandoné el bosque.

Anhelaba estar entre hombres y mujeres.

Todos a cuantos encontraba,

en busca de un amigo
o de una compañera

Siempre me volvían la espalda.

El infortunio me acompañaba.

Lo que me parecía bien,
malicioso era a ojos de otros,

lo que peor me parecía, otros aprobaban.

Por todas partes hallaba contienda,
dondequiera que iba me alcanzaba la ira.

Si ansiaba felicidad,
no provocaba más que desdicha,

por eso me llamé Wehwalt.

Sólo albergo desdicha.

La norna que te deparó

tan amargo sino no te ama.

No te saluda contento el hombre

al que forastero llegaste como huésped.

¡Sólo los cobardes temen
al que viaja desarmado!

Relata huésped,
cómo perdiste el arma en combate.

Una triste niña me pidió auxilio

Sus parientes querían casarla
con un hombre al que no amaba.

Acudí a salvarla de la coacción,
luché contra el tropel de opresores

El enemigo sucumbió al victorioso.

Muertos yacían los hermanos.

La joven abrazaba los cadáveres,
la pena ahuyentó la ira.

Con un río de lágrimas
bañaba el lugar de la matanza

La desdichada novia lloraba
la matanza de sus hermanos.

Los parientes de los muertos

afluyeron clamando venganza.

Los enemigos rodearon el sitio.

Pero la muchacha no se separó de allí.

Con lanza y escudo la protegí

hasta que en el combate
se partieron lanza y escudo.

Me encontré desarmado y herido

y vi morir a la muchacha.

Me persiguió el furioso ejército.

Muerta sobre los cadáveres yacía.

Ahora sabes, mujer indagadora,

por qué Friedmund

no es mi nombre.

Sé de una estirpe fiera

que no respeta
lo que para otros es sagrado.

Odiosa nos es a todos y a mí.

Estoy llamado a vengar

la sangre de los parientes.

Llegué demasiado tarde
y ahora, al regresar a casa,

descubro el rastro
del fugitivo malhechor

en mi propio hogar.

Mi casa te guardará por hoy, Lobezno.

Te acogí por esta noche.

Pero mañana
defiéndete con fuertes armas.

Elijo ese día para el combate,

pagarás tributo por los muertos.

¡Sal de la sala!
¡No te quedes ahí parada!

Prepárame la bebida nocturna
y espérame en la cama.

Con armas se defiende el hombre.

Mañana te veré, Lobezno.

Ya me has oído ¡Guárdate!

Una espada me prometió mi padre,

la encontraría ante grave peligro.

Desarmado he llegado a casa del enemigo.

Descanso aquí preso de su venganza.

He visto a una mujer noble y hermosa

Un exquisito temor turba mi corazón.

La que me atrae con anhelo,

la que con dulce hechizo me hiere,

por la fuerza la retiene el hombre
que ofende a este indefenso.

¡Welsa!

¡Welsa!

¿Dónde está la espada?

La fuerte espada
que blandiré en el combate,

¿brotará acaso del pecho
en el que aún late bravo mi corazón?

¿Qué brilla allí en el crepúsculo?

¿Qué rayo emana del tronco del fresno?

Un relámpago alumbra los ojos del ciego,

alegre ríe la mirada.

¡El noble resplandor
me abrasa el corazón!

¿Será acaso la mirada
de la esplendorosa mujer,

que allí clavó sus ojos
al abandonar la sala?

La noche oscura cubría mis ojos.

Cuando me rozó el fulgor de su mirada
recobré el calor y la luz del día.

La luz del sol cayó dichosa sobre mi,

su hermoso resplandor
alumbró mi coronilla

hasta esconderse tras las montañas.

Al despedirse aún me alcanzó
su destello crepuscular.

Incluso el tronco del viejo fresno
resplandeció con luz dorada.

Ahora palidece
la florescencia, la luz se apaga.

La noche oscura cubre mis ojos.

En la profundidad de las montañas
ya solo brillan ascuas sin luz.

– ¿Duermes huésped?
– ¿Quién anda ahí?

Soy yo ¡Escucha!

Hunding yace en profundo sueño,
le preparé una bebida somnífera.

– ¡Aprovecha la noche para salvarte!
– ¡Me salva tu presencia!

Déjame mostrarte un arma
¡Ay, si la consiguieras!

Serías el más noble héroe.

Al más fuerte sólo está destinada.

¡Presta atención a lo que te cuento!

Los parientes de Hunding
fueron sus invitados de boda en esta sala.

Desposaba a una mujer

que unos ladrones le entregaron
por esposa sin ser preguntada.

Triste permanecí sentada mientras bebían.

Un forastero entró entonces,

un anciano con ropaje gris.

El sombrero ocultaba su cara

y le tapaba un ojo.

Pero el furor del otro ojo
causó temor en todos

a los que con poder amenazaba.

Sólo a mí me miró

con dulce pesar,

con lágrimas y consuelo a la vez.

A mí me miraba, a los otros fulminaba,

cuando blandió una espada.

La hundió en el tronco del fresno,

clavada hasta la empuñadura.

La espada sería de aquel

que la sacara del tronco.

Muchos hombres audaces
se esforzaron, ninguno la consiguió.

Los huéspedes iban y venían,
los más fuertes tiraban de la espada.

El tronco no cedió ni una pulgada.

Allí sigue clavada la silenciosa espada.

Entonces supe quién era

aquel cuya mirada me estremeció.

Sé también a quién está destina
la espada clavada en el tronco.

¡Ay, si aquí y ahora ese amigo

llegara de lejos a la más desdichada!

Todo el sufrimiento que padecí,

todo cuanto me hirió
con vergüenza y congoja,

¡lo expiaría la dulce venganza!

Reconquistaría lo que una vez tuve,

recobraría aquello por lo que lloré,

si encontrara al amigo bendito

y abrazara al héroe.

¡Mujer dichosa, ya te abraza el amigo
al que están destinadas arma y mujer!

¡En mi pecho arde el juramento
que me une a ti, noble esposa!

En ti veo todo cuanto he anhelado.
¡En ti encuentro todo cuanto añoraba!

Si sufriste humillación y yo sufrimiento,

yo fui proscrito y tu deshonrada.

¡Gozosa venganza
sonríe ahora a los felices!

¡Río ahora con sagrado goce,

abrazándote a ti, noble mujer,

siento palpitar tu corazón.

¿Quién ha salido, quién entrado?

Nadie ha salido,
pero alguien ha entrado

¡Mira, la primavera sonríe a la sala!

Las tormentas invernales
abren paso al delicioso mayo,

con luz suave resplandece la primavera.

Entre suaves brisas, ligera y dulce,

se mece la primavera tejiendo prodigios.

Por bosques y prados sopla su aliento

muy abiertos sonríen sus ojos.

Trina dulce en el canto
de felices pajarillos

y exhala deliciosos perfumes.

De su cálida sangre
florecen alegres flores,

¡De su fuerza brotan semillas y yemas!

Conquista al mundo
con sus delicadas armas.

Invierno y tormenta
se desvanecen ante su fortaleza.

Cedieron a sus golpes audaces
también los recios portones

que, tercos y rígidos,
se interponían entre nosotros y ella.

Hasta su hermana ha volado,

el amor ha llamado a la primavera.

Antes escondido en nuestro corazón,

ahora el amor sonríe dichoso al sol.

El hermano ha liberado
a la hermana nupcial,

destruido yace cuanto los separaba.

Jubilosa se saluda la joven pareja.

Amor y primavera se han unido.

Tú eres la primavera que yo añoraba

durante el gélido invierno.

Mi corazón te saludó con sacro temor

al descubrir tu mirada.

Siempre estuve entre extraños,

mi entorno no me alegraba.

Ajeno me parecía cuanto encontraba.

Pero a ti te reconocí con claridad.

Cuando te vi ya eras mío.

Lo que albergaba mi pecho, lo que soy,

surgió ante mí claro como el día.

Como un eco resonó en mis oídos,

cuando en tierras extrañas y gélidas

vi por vez primera al amigo.

¡Ay, dulcísima felicidad!
¡Ay, mujer dichosa!

Deja que me incline ante ti

para ver ese noble y claro brillo

que mana de tus ojos y de tu rostro

y que tan dulce cautiva mis sentidos.

Resplandeces bajo la luna primaveral,

sublime te rodea tu cabello ondulado.

Fácilmente descubro lo que me cautiva,

mi mirada se deleita con la hermosura.

¡Qué despejada tu frente,

las pequeñas venas
se entrelazan en tus sienes!

¡Me asusta el goce que me embriaga!

Un prodigio quiere hacerme recordar.

Al que hoy he visto por primera vez,

mis ojos ya conocían.

También yo recuerdo un sueño de amor

¡Yo ya te había visto en frenesí!

En el arroyo descubrí mi imagen

y ahora la reconozco.

Tal y como emergió del lago,
así me la devuelves!

– Eres la imagen que llevaba dentro.
– ¡Calla!

Déjame escuchar tu voz.

Me parece haberla oído de niña.

¡Ay no! La oí hace poco

cuando el bosque me devolvió mi eco!

¡Qué dulces
los sonidos que escucho!

Conozco la llama de tus ojos

Así me miró el anciano

al consolar a la desdichada.

Por la mirada he reconocido a su hijo,

¡Casi lo llamó por su nombre!

¿De verdad te llamas Wehwalt?

Desde que me amas ya no me llamo así.

¡Ahora me inunda la mayor dicha!

¿Y no puedes llamarte Friedmund?

Llámame como quieras que me llame

¡Tomaré mi nombre de ti!

– Pero, ¿llamabas Wolfe a tu padre?
– ¡Era lobo para los zorros cobardes!

Pero aquel, al que como a ti
le brillaba el orgullo en la mirada,

se llamaba Welsa.

Si Welsa fue tu padre
y tú eres un welsungo,

fue para ti para quién hundió
su espada en el tronco.

Déjame llamarte como te amo

¡Te llamaré Sigmundo!

¡Me llamo Sigmundo y victorioso soy!

¡Lo atestigua esta espada
que sostengo sin miedo!

Welsa me prometió
que la encontraría ante grave peligro

¡Ahora la empuño!

El apremio del sacro amor,

la aflicción del amor anhelante

arde en mi pecho

impulsándome a la lucha y a la muerte.

¡Notung! ¡Notung!
Así te llamaré, espada.

¡Notung! ¡Notung!
¡Preciosa espada!

¡Exhibe tu afilada hoja!

¡Sal de tu vaina!

¡Mujer, estás viendo
a Sigmundo, el welsungo!

Como dote te traigo esta espada

Así pretendo a la mujer más dichosa.

Así te raptaré de la casa del enemigo.

Ven conmigo lejos de aquí

a la casa sonriente de la primavera.

Allí te protegerá Notung, la espada,

aunque Sigmundo sucumba de amor.

Si es Sigmundo al que veo,

yo soy Siglinda, que te desea.

¡A tu propia hermana
has conquistado con tu espada!

¡Novia y hermana eres al hermano!

¡Florece, pues, sangre de Welsas!

libreto

Richard Wagner – Die Walküre – Erster Akt deutsch

/–/

(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

/–/

(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

/–/


(Übersetzung des ersten Aktes auf Spanisch)

DIE WALKÜRE

ERSTER TAG
DER RING DES NIBELUNGEN

1. AKT

In Osten wob ich,

im Westen wand ich,

nach Norden werf ich.

Was wandest du im Westen?

Was wobest du im Osten?

Rheingold raubte Alberich,

schmiedete einen Ring,

band durch ihn seine Brüder.

Knechte die Nibelungen,
Knecht auch Alberich,

da der Ring ihm geraubt.

Frei die Schwarzalben,
frei auch Alberich.

Rheingold ruh’ in der Tiefe.

– In Osten wob ich.
– In Westen wand ich.

Nach Norden werf ich.

Was wandest du im Westen?

Was wobest du im Osten?

Der Götter Burg bauten Riesen,

begehrten drohend zum Dank den Ring.

Ihn entrissen die Götter dem Nibelung.

Sorgen seh ich die Götter,

es grollt in Banden die Tiefe

Freie nur geben Frieden.

Freudig trotzet ein Froher,

frei für die Götter zu streiten.

Durch Sieg bringe Frieden …

Wes Herd dies auch sei,
hier muss ich rasten.

Ein fremder Mann?
Ihn muss ich fragen.

Wer kam ins Haus
und liegt dort am Herd?

Müde liegt er, von Weges Müh’n.

Schwanden die Sinne ihm?
Wäre er siech?

Noch schwillt ihm der Atem.
Das Auge nur schloss er.

Mutig dünkt mich der Mann,

sank er müd’ auch hin.

Ein Quell! Ein Quell!

Erquickung schaff’ ich.

Labung biet’ ich dem lechzenden Gaumen.

Wasser, wie du gewollt.

Kühlende Labung gab mir der Quell,

des Müden Last machte er leicht

erfrischt ist der Mut,

das Aug’ erfreut des Sehens selige Lust.

Wer ist’s, der so mir es labt?

Dies Haus und dies Weib
sind Hundings Eigen.

Gastlich gönn’ er dir Rast.
Harre, bis heim er kehrt.

Waffenlos bin ich Dem wunden Gast
wird dein Gatte nicht wehren.

Die Wunden weise mir schnell!

Gering sind sie, der Rede nicht wert.

Noch fügen des Leibes Glieder sich fest.

Hätten halb so stark wie mein Arm
Schild und Speer mir gehalten,

nimmer floh ich dem Feind,

doch zerschellten mir Speer und Schild.

Der feind Meute hetzte mich müd’,

Gewitterbrunst brach meinen Leib.

Doch schneller, als ich der Meute,
schwand die Müdigkeit mir,

sank auf die Glieder mir Nacht.

Die Sonne lacht mir nun neu.

Des seimigen Metes süßen Trank

mög’st du mir nicht verschmähn.

Schmecktest du mir ihn zu?

Einen Unseligen labtest du

Unheil wende der Wunsch von dir!

Gerastet hab ich, und süß geruht.

Weiter wend’ ich den Schritt.

Wer verfolgt dich, dass du schon fliehst?

Misswende folgt mir, wohin ich fliehe.

Misswende naht mir, wo ich mich neige.

Dir, Frau, doch bleibe sie fern!

Fort wend’ ich Fuß und Blick!

So bleibe hier!

Nicht bringst du Unheil dahin,

wo Unheil im Hause wohnt.

Wehwalt hieß ich mich selbst

Hunding will ich erwarten.

Müd am Herd fand ich den Mann,
Not führt’ ihn ins Haus.

– Du labtest ihn? – Den Gaumen
letzt’ ich ihm, gastlich sorgt’ ich sein.

Dach und Trank dank’ ich ihr
Willst du dein Weib drum schelten?

Heilig ist mein Herd.

Heilig sei dir mein Haus.

Rüst’ uns Männern das Mahl!

Wie gleicht er dem Weibe!

Der gleißende Wurm
glänzt auch ihm aus dem Auge.

Weit her, traun, kamst du des Wegs.

Ein Ross nicht ritt, der Rast hier fand.

Welch schlimme Pfade schufen dir Pein?

Durch Wald und Wiese, Heide und Hain
jagte mich Sturm und starke Not.

Nicht kenn ich den Weg, den ich kam.

Wohin ich irrte, weiß ich noch minder.

Kunde gewänn’ ich des gern.

Des Dach dich deckt, des Haus dich hegt,

Hunding heißt der Wirt.

Wendest von hier du nach West den Schritt,

in Höfen reich hausen dort Sippen,

die Hundings Ehre behüten.

Gönnt mir Ehre mein Gast,

wird sein Name nun mir genannt.

Trägst du Sorge, mir zu vertraun,

der Frau hier gib doch Kunde.

Sieh, wie gierig sie dich frägt!

Gast, wer du bist, wüsst’ ich gern.

Friedmund darf ich nicht heißen.

Frohwalt möcht’ ich wohl sein.

Doch Wehwalt muss ich mich nennen.

Wolfe, der war mein Vater.
Zu zweit kam ich zur Welt,

eine Zwillingsschwester und ich.

Früh schwanden mir Mutter und Maid.

Die mich gebar und die mit mir sie barg,

kaum hab ich je sie gekannt.

Wehrlich und stark war Wolfe,
der Feinde wuchsen ihm viel.

Zum Jagen zog mit dem Jungen der Alte.

Von Hetze und Harst
einst kehrten wir heim

Da lag das Wolfsnest leer.

Zu Schutt gebrannt der prangende Saal,

zum Stumpf der Eiche blühender Stamm.

Erschlagen der Mutter mutiger Leib,

verschwunden in Gluten der Schwester Spur.

Uns schuf die herbe Not

der Neidinge harte Schar.

Geächtet floh der Alte mit mir.

Lange Jahre lebte der Junge
mit Wolfe im wilden Wald.

Manche Jagd ward auf sie gemacht,

doch mutig wehrte das Wolfspaar sich.

Ein Wölfing kündet dir das,

den als “Wölfing” mancher wohl kennt.

Wunder und wilde Märe
kündest du, kühner Gast,

Wehwalt, der Wölfing!

Mich dünkt, von dem wehrlichen Paar
vernahm ich dunkle Sage,

kannt’ ich auch Wolfe und Wölfing nicht.

Doch weiter künde, Fremder
Wo weilt dein Vater jetzt?

Ein starkes Jagen auf uns
stellten die Neidinge an.

Der Jäger viele fielen den Wölfen,

in Flucht durch den Wald
trieb sie das Wild.

Wie Spreu zerstob uns der Feind.

Doch ward ich vom Vater versprengt.

Seine Spur verlor ich,
je länger ich forschte.

Eines Wolfes Fell nur traf ich im Forst.

Leer lag es vor mir,
den Vater fand ich nicht.

Aus dem Wald trieb es mich fort.

Mich drängt’ es zu Männern und Frauen.

Wie viel ich traf, wo ich sie fand,

ob ich um Freund’, um Frauen warb

Immer doch war ich geächtet.

Unheil lag auf mir.

Was Rechtes je ich riet,
andern dünkte es arg,

was schlimmer immer mir schien,
andre gaben ihm Gunst.

In Fehde fiel ich, wo ich mich fand,
Zorn traf mich, wohin ich zog.

Gehrt’ ich nach Wonne,
weckt’ ich nur Weh’,

Drum musst’ ich mich Wehwalt nennen.

Des Wehes waltet’ ich nur.

Die so leidig Los dir beschied,

nicht liebte dich die Norn’.

Froh nicht grüßt dich der Mann,

dem fremd als Gast du nahst.

Feige nur fürchten den,
der waffenlos einsam fährt.

Künde noch, Gast, wie du im Kampf
zuletzt die Waffe verlorst!

Ein trauriges Kind rief mich zum Trutz.

Vermählen wollte der Magen Sippe
dem Mann ohne Minne die Maid.

Wider den Zwang zog ich zum Schutz,
der Dränger Tross traf ich im Kampf

Dem Sieger sank der Feind.

Erschlagen lagen die Brüder.

Die Leichen umschlang da die Maid,
den Grimm verjagt’ ihr der Gram.

Mit wilder Tränen Flut
betroff sie weinend die Wal

Um des Mordes der eigenen Brüder
trauerte die unsel’ge Braut.

Der Erschlagenen Sippen
stürmten daher,

übermächtig ächzten nach Rache sie.

Rings um die Stätte ragten mir Feinde.

Doch von der Wal wich nicht die Maid.

Mit Schild und Speer schirmt’ ich sie lang,

bis Speer und Schild im Harst mir zerhaun.

Wund und waffenlos stand ich,

sterben sah ich die Maid.

Mich hetzte das wütende Heer.

Auf den Leichen lag sie tot.

Nun weißt du, fragende Frau,

warum ich Friedmund

nicht heiße.

Ich weiß ein wildes Geschlecht,

nicht heilig ist dem, was anderen hehr.

Verhasst ist es allen und mir.

Zur Rache wurd’ ich gerufen

Sühne zu nehmen für Sippenblut.

Zu spät kam ich, und kehrte nun heim,

des flücht’gen Frevlers Spur

im eignen Haus zu erspähn.

Mein Haus hütet, Wölfing, dich heut’.

Für die Nacht nahm ich dich auf.

Mit starker Waffe doch wehre dich morgen.

Zum Kampfe kies’ ich den Tag,

für Tote zahlst du mir Zoll.

Fort aus dem Saal! Säume hier nicht!

Den Nachttrunk rüste mir drin,
und harre mein’ zur Ruh’.

Mit Waffen wehrt sich der Mann.

Dich Wölfing treffe ich morgen.

Mein Wort hörtest du, hüte dich wohl.

Ein Schwert verhieß mir der Vater,

ich fänd’ es in höchster Not.

Waffenlos fiel ich in Feindes Haus.

Seiner Rache Pfand, raste ich hier.

Ein Weib sah ich, wonnig und hehr.

Entzückend Bangen zehrt mein Herz.

Zu der mich nun Sehnsucht zieht,

die mit süßem Zauber mich sehrt,

im Zwange hält sie der Mann,
der mich Wehrlosen höhnt.

Wälse!

Wälse!

Wo ist dein Schwert?

Das starke Schwert,
das im Sturm ich schwänge,

bricht mir hervor aus der Brust,
was wütend das Herz noch hegt?

Was gleißt dort hell im Glimmerschein?

Welch ein Strahl
bricht aus der Esche Stamm?

Des Blinden Auge leuchtet ein Blitz,

lustig lacht da der Blick.

Wie der Schein
so hehr das Herz mir sengt!

Ist es der Blick der blühenden Frau,

den dort haftend sie hinter sich ließ,
als aus dem Saal sie schied?

Nächtiges Dunkel deckte mein Aug’,

ihre Blickes Strahl streifte mich da.
Wärme gewann ich und Tag.

Selig schien mir der Sonne Licht,

den Scheitel umgliss mir
ihr wonniger Glanz,

bis hinter Bergen sie sank.

Noch einmal, da sie schied,
traf mich abends ihr Schein.

Selbst der alten Esche Stamm
erglänzte in goldner Glut.

Da bleicht die Blüte,
das Licht verlischt.

Nächtiges Dunkel deckt mir das Auge.

Tief in des Busens Berge
glimmt nur noch lichtlose Glut.

– Schläfst du, Gast?
– Wer schleicht daher?

Ich bin’s, höre mich an!

In tiefem Schlaf liegt Hunding,
ich würzt’ ihm betäubenden Trank.

– Nütze die Nacht dir zum Heil!
– Heil macht mich dein Nah’n!

Eine Waffe lass mich dir weisen
O wenn du sie gewännst!

Den hehrsten Helden
dürft’ ich dich heißen.

Dem Stärksten allein ward sie bestimmt.

O merke wohl, was ich dir melde!

Der Männer Sippe saß hier im Saal,
von Hunding zur Hochzeit geladen.

Er freite ein Weib,

das ungefragt Schächer
ihm schenkten zur Frau.

Traurig saß ich, während sie tranken.

Ein Fremder trat da herein,

ein Greis im grauen Gewand.

Tief hing ihm der Hut,

der deckt’ ihm der Augen eines.

Doch des andren Strahl,
Angst schuf es allen,

traf die Männer sein mächtiges Dräu’n.

Mir allein weckte das Auge

süß sehnenden Harm,

Tränen und Trost zugleich.

Auf mich blickt’ er, und blitzte auf jene,

als ein Schwert in Händen er schwang.

Da stieß er nun in der Esche Stamm,

bis zum Heft haftet’ es drin.

Dem sollte der Stahl geziemen,

der aus dem Stamm es zög’.

Der Männer alle, so kühn sie sich mühten,
die Wehr sich keiner gewann.

Gäste kamen und Gäste gingen,
die Stärksten zogen am Stahl.

Keinen Zoll entwich er dem Stamm.

Dort haftet schweigend das Schwert.

Da wusst’ ich, wer es war,

der mich Gramvolle gerührt.

Ich weiß auch, wem allein im Stamm
das Schwert er bestimmt.

O fänd’ ich ihn heut’ und hier,
den Freund,

käm’ er aus Fremden zur ärmsten Frau.

Was je ich gelitten in grimmigem Leid,

Was je mich geschmerzt
in Kummer und Harm,

süßeste Rache sühnte dann alles!

Erjagt hätt’ ich, was je ich berührt,

was je ich beweint, wär’ mir gewonnen,

fänd’ ich den heiligen Freund,

umfing den Helden mein Arm.

Dich selige Frau hält nun der Freund,
dem Waffe und Weib bestimmt!

Heiß in der Brust brennt mir der Eid,
der mich dir Edlen vermählt.

Was je ich ersehnt, ersah ich in dir.
In dir fand ich, was je mir gefehlt!

Littest du Schmach,
und schmerzte mich Leid,

war ich geächtet und warst du entehrt.

Freudige Rache lacht nun den Frohen.

Auf lach ich in heiliger Lust,

halt’ ich dich Hehre umfangen,

fühl ich dein schlagendes Herz.

Ha! Wer ging? Wer kam herein?

Keiner ging, doch einer kam

Siehe, der Lenz lacht in den Saal.

Winterstürme wichen dem Wonnemond,

in mildem Lichte leuchtet der Lenz.

Auf linden Lüften leicht und lieblich,

Wunder webend er sich wiegt.

Durch Wald und Auen weht sein Atem,

weit geöffnet lacht sein Aug’.

Aus sel’ger Vöglein Sange süß er tönt,

holde Düfte haucht er aus.

Seinem warmen Blut
entblühen wonnige Blumen,

Keim und Spross entspringt seiner Kraft.

Mit zarter Waffen Zier
bezwingt er die Welt.

Winter und Sturm wichen der starken Wehr.

Wohl musste den tapfern Streichen
die strenge Türe auch weichen,

die trotzig und starr uns trennte von ihm.

Zu seiner Schwester schwang er sich her,

die Liebe lockte den Lenz.

In unserem Busen barg sie sich tief,

nun lacht sie selig dem Licht.

Die bräutliche Schwester
befreite der Bruder,

zertrümmert liegt, was je sie getrennt.

Jauchzend grüßt sich das junge Paar.

Vereint sind Liebe und Lenz.

Du bist der Lenz, nach dem ich verlangte

in frostigen Winters Frist.

Dich grüßte mein Herz
mit heiligem Grau’n,

als dein Blick zuerst mir erblühte.

Fremdes nur sah ich von je,

freudlos war mir das Nahe.

Als hätt’ ich nie es gekannt,
war, was immer mir kam.

Doch dich kannt’ ich deutlich und klar.

Als mein Auge dich sah,
warst du mein Eigen.

Was im Busen ich barg, was ich bin,

hell wie der Tag taucht’ es mir auf,

o wie tönender Schall
schlug’s an mein Ohr,

als in frostig öder Fremde

zuerst ich den Freund ersah.

O süßeste Wonne!
O seligstes Weib!

O lass in Nähe zu dir mich neigen,

dass hell ich schaue den hehren Schein,

der dir aus Aug’ und Antlitz bricht

und so süß die Sinne mir zwingt.

Im Lenzesmond leuchtest du hell,

hehr umwebt dich das Wellenhaar.

Was mich berückt, errat’ ich nun leicht,

denn wonnig weidet mein Blick.

Wie dir die Stirn so offen steht,

der Adern Geäst
in den Schläfen sich schlingt!

Mir zagt es vor der Wonne,
die mich entzückt.

Ein Wunder will mich gemahnen.

Den heut’ zuerst ich erschaut,

mein Auge sah dich schon.

Ein Minnetraum gemahnt auch mich

In heißem Sehen sah ich dich schon.

Im Bach erblickt’ ich mein eigen Bild,

und jetzt gewahr ich es wieder.

Wie einst dem Teich es enttaucht,
bietest mein Bild mir nun du!

– Du bist das Bild, das ich in mir barg.
– O still!

Lass mich der Stimme lauschen.

Mich dünkt, ihren Klang
hört’ ich als Kind.

Doch nein! Ich hörte sie neulich,

als meiner Stimme Schall
mir widerhallte der Wald!

O lieblichste Laute,
denen ich lausche!

Deines Auges Glut
erglänzte mir schon

So blickte der Greis grüßend auf mich,

als der Traurigen Trost er gab.

An dem Blick erkannt’ ihn sein Kind,

schon wollt’ ich beim Namen ihn nennen!

Wehwalt heißt du fürwahr?

Nicht heiß ich so, seit du mich liebst.

Nun walt’ ich der hehrsten Wonnen!

Und Friedmund darfst du froh
dich nicht nennen?

Nenne mich du, wie du liebst,
dass ich heiße

Den Namen nehm’ ich von dir.

– Doch nanntest du Wolfe den Vater?
– Ein Wolf war er feigen Füchsen!

Doch dem so stolz strahlte das Auge,
wie, Herrliche, hehr dir es strahlt,

der war Wälse genannt.

War Wälse dein Vater,
und bist du ein Wälsung,

stieß er für dich sein Schwert
in den Stamm.

So lass mich dich heißen,
wie ich dich liebe

Siegmund, so nenn ich dich!

Siegmund heiß ich,
und Siegmund bin ich!

Bezeug’ es dies Schwert,
das zaglos ich halte!

Wälse verhieß mir,
in höchster Not fänd’ ich es einst

Ich fass’ es nun!

Heiligster Minne höchste Not,

sehnender Liebe sehrende Not,

brennt mir hell in der Brust,

drängt zu Tat und Tod.

Notung, Notung,
so nenn’ ich dich, Schwert!

Notung, Notung, neidlicher Stahl!

Zeig’ deiner Schärfe schneidenden Zahn!

Heraus aus der Scheide zu mir!

Siegmund, den Wälsung,
siehst du, Weib!

Als Brautgabe bringt er dies Schwert

So freit er sich die seligste Frau.

Dem Feindeshaus entführt er dich so.

Fern von hier folge mir nun,

fort in des Lenzes lachendes Haus.

Dort schützt dich Notung, das Schwert,

wenn Siegmund dir liebend erlag.

Bist du Siegmund, den ich hier sehe,

Sieglinde bin ich, die dich ersehnt.

Die eigne Schwester gewannst du
zu eins mit dem Schwert!

Braut und Schwester
bist du dem Bruder!

So blühe denn, Wälsungen-Blut!