Libreto de la ópera Thais en español – Primera parte

Compuesta por Jules Massenet, sobre un libreto del francés Louis Gallet

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(primera parte en alemán/erster Teil auf Deutsch)
(segunda parte en alemán/zweiter Teil auf Deutsch)
(tercera parte en alemán/dritter Teil auf Deutsch)

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(parte primera en español/traducción al español de la primera parte)
(parte segunda en español/traducción al español de la segunda parte)
(parte tercera en español/traducción al español de la tercera parte)

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He aquí el pan …

– … y la sal …
– … y el hisopo.

La miel

y el agua.

Cada mañana
el cielo esparce su gracia

sobre mi jardín como rocío.

Alabemos a Dios por sus ofrendas

y pidámosle que nos dé su paz.

Que los negros demonios del infierno
se aparten de nuestro camino.

Señor, sostén tu fuerte brazo
sobre nuestro hermano Atanael.

¡Atanael! ¡Atanael!
¡Qué larga su ausencia!

¿Cuándo volverá? ¿Cuándo?

La hora de su retorno está cerca.

Esta noche lo vi en sueños

apresurándose hacia nosotros.

¡Atanael es un elegido de Dios!

Se revela en los sueños.

Aquí está. Aquí está.

¡La paz esté con vosotros!

Salve hermano.

Estás cansado.
Polvo cubre tu frente.

Vuelve a ocupar tu sitio
entre nosotros. Come y bebe.

No. Mi corazón está lleno de amargura.

Regreso lleno de pena y aflicción.

La ciudad ha sucumbido al pecado.

Una mujer, Tais,
es la causa del escándalo.

Por ella el infierno
gobierna a los hombres.

¿Quién es esa Tais?

Una infame sacerdotisa de Venus.

¡Ay!

Siendo niño, antes de que
la gracia me hablara al corazón,

la conocí.

Un día, lo confieso con vergüenza,

me detuve ante su maldito umbral.

Pero Dios me salvó de esa cortesana.

Y encontré la paz en este desierto.

¡Maldiciendo el pecado
que habría cometido!

Mi alma está turbada.

La vergüenza de Tais
y el mal que hace

me causan una amarga pena.

Quisiera entregar esa alma a Dios.

Sí, quisiera entregar esa alma a Dios.
¡A Dios! ¡A Dios!

Hijo mío, nunca nos inmiscuyamos
en los asuntos mundanos.

Guardémonos de los engaños del espíritu.

Eso nos dice la sabiduría eterna.

Cae la noche.
Oremos y durmamos.

Oremos.

Que los negros demonios del infierno
se aparten de nuestro camino.

Señor, bendice el pan y el agua.

Señor,
bendice los frutos de nuestro jardín.

¡Danos una noche sin sueños

y un reposo inalterable!

Señor, dejo mi alma

en tus manos.

¡Vergüenza! ¡Horror!
¡Tinieblas eternas!

¡Señor! ¡Señor! ¡Ayúdame!

Tú que nos enseñaste la piedad.

¡Buen Dios, alabado seas!

He comprendido el mensaje del sueño.
Emprenderé el camino.

Quiero liberar a esta mujer
de las ataduras de la carne.

Los ángeles la contemplan desolados.

¿Acaso no es ella el soplo de tu aliento?
¡Señor, oh Señor!

Cuanto mayor es su culpa,
más la compadezco.

Pero yo la salvaré.
Señor, dámela a mí.

Y te la devolveré para la vida eterna.

Hermanos, hermanos.
Levantaos todos. Venid.

El Señor me ha revelado mi misión.

Tengo que volver a la ciudad maldita.

Dios no quiere que Tais
siga adentrándose en el mal.

Y me ha elegido a mí
para reconducirla a él.

Hijo mío, nunca nos inmiscuyamos
en los asuntos mundanos.

Eso nos dice la sabiduría eterna.

Espíritu de la luz y de la gracia,

arma mi corazón para el combate.

Arma mi corazón para el combate.

Dame la fuerza de los arcángeles.

Dale la fuerza de los arcángeles

contra las tentaciones del demonio.

– Arma su corazón.
– Arma mi corazón.

Para el combate.

Contra las tentaciones del demonio.

Fuera de aquí, mendigo.

Mi amo no recibe a perros como tú.

Hijo mío, por favor haz lo que te digo.

Soy amigo de tu señor
y quiero hablar con él.

¡Fuera de aquí, mendigo!

Golpéame si quieres,
pero avisa a tu señor.

Ve.

He aquí la terrible ciudad.

Alejandría, Alejandría.

Donde nací en el pecado.

Ambiente brillante donde respiré
el horrible perfume de la lujuria.

He aquí el mar voluptuoso

donde escuchaba cantar
a la sirena de ojos dorados.

Sí, Alejandría es la cuna de mi cuerpo.

Mi cuna, mi patria.

De tu amor me he apartado.

Por tu opulencia te odio,

por tu ciencia y tu belleza, te odio.

Y ahora te maldigo
como templo de la impudicia.

¡Venid, ángeles del cielo!
¡Soplos de Dios, venid!

¡Ángeles del cielo!
¡Soplos de Dios!

Perfumad con vuestro aleteo

el aire corrompido que me rodeará.

¡Venid, ángeles del cielo!
¡Soplos de Dios, venid!

¡Atanael, eres tú!
Compañero, amigo, hermano.

Te reconozco.

Aunque – en verdad – te pareces
más a una bestia que a un hombre.

Abrázame y sé bienvenido.

¿Dejas el desierto?
¿Regresas con nosotros?

Nicias, sólo vengo
por un día, por una hora.

Dime qué deseas.

Nicias, ¿conoces a esa actriz,
Tais, la cortesana?

Claro que la conozco.
Mejor dicho, aún es mía por un día.

Por ella he vendido mis viñas,
mi última tierra y mi último molino.

Le compuse numerosas elegías.

Pero nada de eso cuenta.

Encadenarla
tampoco serviría de nada.

Su amor es ligero
y fugaz como un sueño.

¿Qué esperas de ella?

Quiero reconducirla a Dios.

¡Ay, mi pobre amigo!

Ofenderías a Venus,
de quien es sacerdotisa.

Quiero reconducirla a Dios.

Arrebataré a Tais
a sus inmundos amantes

y se la entregaré por esposa a Jesús.

Tais entrará en un monasterio.

Hoy mismo me acompañará allí.

¡Ten cuidado!
Ofenderás a Venus, la poderosa diosa.

– Ella se vengará.
– Dios me protegerá.

¿Dónde encontraré a esta mujer?

Aquí mismo, por última vez

cenará conmigo en alegre compañía.

Después de su representación
en el teatro vendrá.

Amigo, préstame ropas

para asistir dignamente
al festín que le das.

Crobila y Mirtala, queridas,

apresuraos a engalanar
a mi buen Atanael.

Te veré tan esplendoroso como antes.

Sí, empuñaré las armas
del infierno para luchar contra él.

Filósofo orgulloso.
El alma humana es frágil.

No temo al orgullo
cuando el cielo me dirige.

– Es joven.
– Es hermoso.

– Su barba es un poco rasposa.
– Sus ojos están llenos de fuego.

– Esta diadema le sienta bien.
– Querido sátrapa, toma tus brazaletes.

– Tus anillos.
– Danos tus brazos.

Tus dedos.

Es joven, es hermoso. Sus ojos están
llenos de fuego. Es joven, es hermoso.

– Ahora la túnica.
– Quítale ese cilicio negro.

¡Mujeres, eso nunca!

– Como quieras.
– Como quieras.

Esconde pues tus rudezas
bajo esta suave túnica.

No te ofendas por su burla.

No bajes tu mirada ante ellas.
Admíralas más bien.

Es hermoso como un joven Dios.
Si Dafne lo viera,

la esquiva diosa se haría humana.

Deja que te calcemos
estas sandalias doradas,

deja que rociemos
con este perfume tus mejillas.

No te ofendas por su burla.

No bajes tu mirada ante ellas.
Admíralas más bien.

Admíralas. Admíralas.

No te ofendas.

Sé feliz.

Cuidado.
Aquí viene tu terrible enemiga.

Tais, hermana de las Gracias.

Rosa de Alejandría.

Bella silenciosa.

¡Tais! La más deseada.
¡Tais! ¡Tais! ¡Tais!

¡Adorada Tais!

Hermodoro, Aristóbulo,
Calícrates, Dorión.

Mis invitados. Mis amigos.

Los dioses están con vosotros.

Tais, el frágil ídolo
viene por última vez

a sentarse a la florida mesa.

Mañana ya sólo seré
un nombre para ti.

Nos hemos amado una larga semana.

Nos hemos amado una larga semana.

Es mucha constancia y no me quejo.

Partirás y serás libre lejos de mí.

Libre, lejos de ti.

Esta noche sé alegre.

Pasemos horas felices.

Y no le pidamos a esta noche

más que un poco de embriaguez
y de divino olvido.

Mañana. Mañana.

Mañana ya sólo seré
un nombre para ti.

¡Ah! ¡Mañana!

Ya sólo seré un nombre para ti.

¿Quién es ese forastero

que fija su hosca mirada en mí?

Nunca lo he visto en nuestras fiestas.

¿De dónde viene? ¿Quién es?

Es un filósofo de alma ruda.

Un anacoreta del desierto.

¡Ten cuidado! Ha venido por ti.

¿Qué nos trae? ¿El amor?

Ninguna debilidad humana
ablandará su corazón.

Quiere convertirte a su santa doctrina.

¿Qué enseña?

El desprecio de la carne,
el amor al dolor,

la austera penitencia.

Vete, sigue tu camino.
Yo sólo creo en el amor.

Ningún otro poder puede influirme.

No blasfemes.

¿Quién te ha hecho tan severo?

¿Y por qué niegas
la llama de tus ojos?

¿Qué triste locura
te aparta de tu destino?

El hombre está hecho para amar.
Qué tremendo error el tuyo.

El hombre está hecho para conocer.
¿Quién te ha cegado de esa manera?

No has rozado el cáliz de la vida.

No conoces la sabiduría del amor.

Siéntate con nosotros
y corónate de rosas.

No hay más verdad que el amor,
¡tiéndele tus brazos al amor!

Siéntate con nosotros
y corónate de rosas.

No hay más verdad que el amor,
¡tiéndele tus brazos al amor!

¡No, no!
Desprecio vuestra falsa embriaguez.

No. Aquí me callaré.

Pero iré a tu palacio, pecadora,
a llevarte la salvación.

Y venceré al mal triunfando sobre ti.

Siéntate con nosotros
y corónate de rosas.

No hay más verdad que el amor,
¡tiéndele tus brazos al amor!

Iré a tu palacio.

Corónate de rosas.
No hay más verdad que el amor,

¡tiéndele tus brazos al amor!

Iré a tu palacio,
a llevarte la salvación.

Atrévete a venir,
tú que desafías a Venus.

Atrévete a venir,
tú que desafías a Venus.

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