Libreto de la ópera Thais en español – Tercera parte

/–/

(primera parte en alemán/erster Teil auf Deutsch)
(segunda parte en alemán/zweiter Teil auf Deutsch)
(tercera parte en alemán/dritter Teil auf Deutsch)

/–/

(parte primera en español/traducción al español de la primera parte)
(parte segunda en español/traducción al español de la segunda parte)
(parte tercera en español/traducción al español de la tercera parte)

/–/

El ardiente sol me aplasta.

Ay, sucumbo al peso del calor.

– Descansemos.
– No, sigue caminando.

Quiebra tu cuerpo,
destruye tu carne.

Padre, tienes razón.

Ofrezco mi tortura
al divino redentor.

Sólo el arrepentimiento
nos purifica. ¡Camina!

Ese cuerpo perfecto
que ofrecías a los paganos,

a los infieles, a Nicias.

Dios lo había formado
para que fuese su tabernáculo.

Y ahora que conoces la verdad,

ya nunca podrás
juntar tus labios ni tus manos,

sin sentir asco de ti misma.

Camina y expía.

– Padre, tienes razón.
– Expía.

¿Aún estamos lejos
de la casa de Dios?

Camina.

No puedo más.
Perdona, venerado padre.

Ay, la sangre chorrea
de sus blancos pies.

La compasión agita mi alma.
Pobre niña, pobre mujer.

He prolongado demasiado
esta dura prueba. Perdóname.

Oh, hermana.
Oh, santa Tais.

Oh santa Tais, santísima.

Tus palabras
son dulces como la aurora.

Ahora caminemos.

Todavía no.

Con agua fresca y fruta
recobrarás las fuerzas.

Espera que baje al pozo

y alcance los hospitalarios muros.

Mira aquellas celdas blancas.

Es el convento
de Albina al que vamos.

Estamos cerca.
Espera y reza.

Oh, mensajero de Dios,

tan bueno bajo tu dureza.

Bendito seas tú,
que me abriste las puertas del cielo.

Mi carne sangra

pero mi alma está llena de gozo.

Un ligero aire
refresca mi ardiente frente.

Más fresca que el agua de manantial,

más dulce que un panal de miel,

tu pensamiento me reconforta

dulce y saludable.

Mi espíritu se ha elevado de la tierra

y ya planea en esa inmensidad.

Muy venerado padre,

bendito seas.

– Rocía con agua mis manos y labios.
– Rocía con agua tus manos y labios.

– Ofréceme esos frutos.
– Prueba estos frutos.

– Rocía con agua mis manos y labios.
– Rocía con agua tus manos y labios.

– Mi vida te pertenece.
– Tu vida me pertenece.

– Dios te la ha confiado.
– Dios me la ha confiado.

– Soy tuya, mi vida te pertenece.
– Eres el mía, tu vida me pertenece.

– Dios te la ha confiado.
– Dios me la ha confiado.

Bebe tú también.

No. Viéndote recobrar la vida

siento un alivio mucho mayor.

– Todo me embriaga.
– Siento que tus males se mitigan.

– Oh, bondad divina.
– Oh, dulzura inefable.

Padre nuestro que estás en los cielos …

¿Quién viene?

Danos el pan nuestro de cada día.

Ay, providencia divina.

La venerable Albina y sus hermanas
traen pan negro del convento.

Rezando vienen hacia nosotros.

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal,

Amen.

La paz del Señor
esté contigo, santa Albina.

A tu colmena divina
te traigo una abeja.

Gracias a la providencia celestial

la encontré perdida
por un sendero sin flores.

Tomé a este frágil ser
en la palma de mi mano.

La calenté con mi aliento.

Para consagrarla a Dios

te la doy.

Que así sea.

– Aquí os dejo.
– Ven, hija mía.

Ya he terminado mi obra.

Adiós, querida Tais.

Quédate recluida en la angosta celda,

haz penitencia y reza por mí.

Beso tus caritativas manos

y lloro tu partida.

Tú que me has devuelto a Dios.

Sus palabras son tan conmovedoras.
Sus lágrimas tan adorables.

La bienaventurada pecadora
está salvada para el amor eterno.

¡Qué bello es su rostro!

Qué rayo de alegría mana de sus ojos.

Adiós para siempre.

Para siempre.

Nos veremos en el cielo.

Amen.

Lentamente va
entre las mujeres santas.

Las palmeras inclinan sus ramas

como para refrescar su frente.

Y los días y los años pasarán
sin poder verla ante mí.

Nunca más la veré.

Nunca más la veré.

Qué oprimente es el cielo.

Qué torpor acapara
los seres y las cosas.

A lo lejos se oye el grito del chacal.

El viento desatará su terrible furia

con truenos y relámpagos.

Entremos en nuestras cabañas
con nuestros granos y frutos.

Una noche de tormenta
podría dispersarlos.

¿Ha visto alguien a Atanael?

Hace días que regresó.

Pero creo que aún
no ha comido ni bebido.

Su victoria sobre el infierno

parece haber quebrado
su cuerpo y su alma.

Aquí viene.

– Su mente está ausente.
– Su mente está con Dios.

– Respetemos su silencio.
– Dejémosle solo.

Quédate conmigo.

Tengo que confesar
la turbación de mi alma

a tu alma serena.

Sabes Palemón,

que reconquisté el alma
de aquella impura Tais.

Sentí alegría y orgullo
tras ese triunfo.

He regresado a este desierto de paz.

Pero en mí la paz ha muerto.

En vano he fustigado mi carne.
En vano la he mortificado.

Estoy poseído por un demonio,
por la belleza de esa mujer.

¡No veo más que a Tais! ¡Tais! ¡Tais!

Mejor aún, no es ni ella,

es Elena, Friné, Venus y Astarté,

todo su esplendor y voluptuosidad
reunidos en una sola criatura.

¡No veo más que a Tais! ¡Tais! ¡Tais!

¿No te había dicho yo

«Nunca nos inmiscuyamos
en los asuntos mundanos.

Guardémonos
de los engaños del espíritu.»

¿Por qué nos has dejado?

¿Por qué? Que Dios te ayude.

Adiós.

¿Quién te ha hecho tan severo?

¿Y por qué niegas
la llama de tus ojos?

Tais.

¿Qué triste locura
te aparta de tu destino?

El hombre está hecho para amar.
Qué tremendo error el tuyo.

¡Atrás Satanás! Mi carne arde.

¡Atrévete a venir,
tú que desafías a Venus!

Me muero.

Tais.

¡Ven! ¡Ven!

¡Ven, Tais!

Una santa va a dejar la tierra.

Tais de Alejandría va a morir.

Tais va a morir.

Tais va a morir.

Tais va a morir.

Entonces, ¿para qué
el cielo, las criaturas, la luz?

¿Para qué sirve el universo?

Tais va a morir.

¡Ay, verla otra vez!
Volver a verla, abrazarla, tenerla.

La quiero, la quiero.

Iré a buscarte. Iré a buscarte.

¡Sé mía! ¡Sé mía! ¡Mía! ¡Mía!

Señor, ten piedad de mí

con tu indulgencia.

Señor, borra mi iniquidad

con tu misericordia.

Dios la llama a sí.

Esta noche la mortaja

cubrirá ese puro rostro.

Durante tres meses

ha mantenido vigilia, rezado y llorado.

La penitencia ha destruido su cuerpo

pero sus pecados se han borrado.

Señor, ten piedad de mí

con tu indulgencia.

Bienvenido a nuestro tabernáculo,

padre venerado.

Seguramente vendrás
a bendecir a esta santa

que nos has entregado.

Sí, Tais.

Dado que ha hecho
lo que tu espíritu puro le ordenó,

verá ahora la luz eterna.

¡Tais! ¡Tais!

Señor, ten piedad de mi

con tu indulgencia.

Tais.

Eres tú, padre.

¿Recuerdas aquel luminoso viaje

cuando me trajiste aquí?

Sólo recuerdo tu belleza.

Recuerdas las horas mansas
en la frescura del oasis.

¡Ay! Sólo recuerdo esa sed mía

que sólo tú puedes calmar.

Recuerda sobre todo
tus santas palabras en ese día,

por las que conocí el único amor.

– Te mentía al decirlas.
– He aquí la aurora.

Te he mentido.

Y he aquí las rosas
del eterno amanecer.

¡No! El cielo. Nada existe.

No hay más verdad que la vida
y el amor entre las criaturas.

Te amo.

El cielo se abre.
Ahí están los ángeles y los profetas.

Y los santos.
Vienen con una sonrisa,

sus manos llenas de flores.

Escúchame, amada mía.

– Dos serafines de alas blancas
– Ven, me perteneces.

– vuelan en el cielo azul. Como dijiste,
– Ay Tais mía, te amo.

el dulce Dios consolador posa
sus dedos de luz sobre mis párpados.

– Y seca para siempre las lágrimas.
– ¡Ven!

Dime que vivirás.

El sonido del arpa dorada me encanta.

– Me impregnan suaves perfumes.
– Oh mi Tais, me perteneces.

– Siento una felicidad exquisita.
– ¡Tais! ¡Tais!

Te amo.

– La felicidad aplaca todos mis males.
– Ven, Tais. Ay, ven.

Ven.

Ay, el cielo.

Veo a Dios.

¡Muerta! ¡Piedad!