Richard Wagner – La valquiria – Acto I, traducción al español

/–/

(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

/–/

(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

/–/

(acto primero en alemán)

LA VALQUIRIA

PRIMER DÍA
EL ANILLO DEL NIBELUNGO

ACTO I

Tejí en oriente,

devané en occidente,

hacia el norte me dirijo.

¿Qué devanaste en occidente?

¿Qué tejiste en oriente?

Alberico robó el oro del Rhin,

forjó un anillo,

sometió con él a sus hermanos.

Siervos los nibelungos,
siervo también Alberico

cuando le robaron el anillo.

Libres los gnomos negros,
libre también Alberico.

El oro descansa en las profundidades.

– Tejí en oriente.
– Devané en occidente.

Hacia el norte me dirijo.

¿Qué devanaste en occidente?

¿Qué tejiste en oriente?

Los gigantes construyeron
el castillo de los dioses,

exigiendo en pago el anillo.

Los dioses se lo arrebataron al nibelungo.

Afligidos veo a los dioses,

el rencor ruge encadenado
en las profundidades

Sólo los libres concederán la paz.

Un dichoso se dispone animoso

a luchar por los dioses.

Que con la victoria traiga la paz …

¡Sea de quien sea
este hogar, aquí descansaré!

¿Un forastero?
Debo preguntarle.

¿Quién entró en la casa
y descansa junto al hogar?

Descansa extenuado
de las fatigas del camino.

¿Se habrá desvanecido?
¿Estará enfermo?

Aún respira. Sólo ha cerrado los ojos.

Parece valiente

aunque se haya desvanecido.

¡Agua! ¡Agua!

Aliviaré tu sed.

Refrescaré tu sedienta boca.

¡Agua, como pedías!

Refrigerio me ha dado el agua,

mitigado el peso del cansancio

Reanimado mi valor,

mis ojos se recrean dichosos.

¿Quién es la que así me reconforta?

Esta casa y esta mujer son de Hunding.

Te concederá hospedaje.
¡Aguarda su regreso!

Estoy desarmado Tu esposo
no rechazará al huésped herido.

¡Rápido, muéstrame tus heridas!

Son leves, insignificantes.

mis miembros siguen enteros y firmes.

Si mi escudo y mi lanza
hubiesen aguantado como mi brazo,

jamás habría huido del enemigo,

pero escudo y lanza se partieron.

La jauría de enemigos
me persiguió hasta extenuarme,

el ardor de la tormenta me agotó.

Pero más rápido que yo de la jauría,
huyó de mí el cansancio,

la noche cayó sobre mis párpados.

Ahora vuelve a sonreírme el sol.

No me despreciarás

la dulce bebida de hidromiel.

¿La catarás para mí?

Has aliviado a un desventurado

¡Que no te alcance mi infortunio!

He descansado dulcemente.

Ahora debo seguir mi camino.

¿Quién te persigue para que huyas?

La desgracia me persigue a donde voy.

La desgracia
me encuentra donde me detengo.

¡Que no se acerque a ti, mujer!

¡Alejaré de ti mis pasos y mi mirada!

¡Quédate!

¡No podrás traer el infortunio

allí donde ya habita!

Wehwalt me llamo a mí mismo

Esperaré a Hunding.

Extenuado hallé a este hombre,
el peligro lo trajo a casa.

¿Le has ofrecido refrigerio?
– Con hospitalidad alivié su sed.

Le debo cobijo y bebida
¿Reprenderás a tu mujer por ello?

Sagrado es mi hogar.

¡Sagrado sea para ti!

¡Sírvenos la cena a los hombres!

¡Cómo se parece a mi mujer!

La reluciente serpiente
también brilla en sus ojos.

Supongo que vienes de lejos.

No ha montado a caballo
el que aquí encontró descanso.

¿Qué malos caminos te han atormentado?

Peligro y tormenta me persiguieron
por bosques, brezales y arboledas.

No sé por donde he venido.

Y menos aún a donde he llegado.

Me gustaría saberlo.

El techo que te cobija
y la casa que te hospeda

son de Hunding.

Si te encaminas hacia poniente

hallarás muchos caseríos de parientes

que salvaguardan la honra de Hunding.

Si mi huésped me honra,

me revelará ahora su nombre.

Si no confías en mí,

revélaselo a mi mujer.

¡Mira con qué curiosidad te interroga!

Huésped, me gustaría saber quién eres.

No puedo llamarme Friedmund.

Frohwalt quisiera ser,

pero Wehwalt he de llamarme.

Wolfe fue mi padre.
Nacimos juntos

mi hermana melliza y yo.

Temprano perdí a madre y hermana.

La que nos dio a luz
y aquella a quien conmigo protegió,

apenas si las conocí.

Wolfe era fuerte y batallador,
se granjeó muchos enemigos.

De caza salía el anciano con el joven.

Un día al regresar de la caza

encontramos vacía la guarida del lobo.

Reducida a cenizas nuestra gran sala,

un muñón el floreciente tronco del roble.

Muerto el animoso cuerpo de mi madre,

tragado por las llamas
el rastro de mi hermana.

Esta amarga pena

nos depararon crueles enemigos.

Proscrito huyó el anciano conmigo.

Muchos años vivió el joven
con Wolfe en el espeso bosque.

Hubo muchas persecuciones,

pero los dos lobos
se defendían con arrojo.

Un lobezno te narra todo esto,

como «Lobezno»
por muchos es conocido.

Huésped intrépido,
narras curiosas y feroces historias,

¡Wehwalt, el Lobezno!

Creo haber oído oscuros relatos
sobre la batalladora pareja,

aunque no conocía
a Wolfe y a Lobezno.

Prosigue tu relato, forastero
¿Dónde está ahora tu padre?

Nuestros enemigos
nos persiguieron con saña.

Muchos sucumbieron a los lobos

y otros huyeron
de las bestias por el bosque.

El enemigo nos dispersaba como paja.

Fui separado de mi padre.

Perdía su rastro cuanto más lo buscaba.

En el monte sólo hallé la piel de un lobo.

Yacía vacía ante mí,
no encontré a mi padre.

Apresurado abandoné el bosque.

Anhelaba estar entre hombres y mujeres.

Todos a cuantos encontraba,

en busca de un amigo
o de una compañera

Siempre me volvían la espalda.

El infortunio me acompañaba.

Lo que me parecía bien,
malicioso era a ojos de otros,

lo que peor me parecía, otros aprobaban.

Por todas partes hallaba contienda,
dondequiera que iba me alcanzaba la ira.

Si ansiaba felicidad,
no provocaba más que desdicha,

por eso me llamé Wehwalt.

Sólo albergo desdicha.

La norna que te deparó

tan amargo sino no te ama.

No te saluda contento el hombre

al que forastero llegaste como huésped.

¡Sólo los cobardes temen
al que viaja desarmado!

Relata huésped,
cómo perdiste el arma en combate.

Una triste niña me pidió auxilio

Sus parientes querían casarla
con un hombre al que no amaba.

Acudí a salvarla de la coacción,
luché contra el tropel de opresores

El enemigo sucumbió al victorioso.

Muertos yacían los hermanos.

La joven abrazaba los cadáveres,
la pena ahuyentó la ira.

Con un río de lágrimas
bañaba el lugar de la matanza

La desdichada novia lloraba
la matanza de sus hermanos.

Los parientes de los muertos

afluyeron clamando venganza.

Los enemigos rodearon el sitio.

Pero la muchacha no se separó de allí.

Con lanza y escudo la protegí

hasta que en el combate
se partieron lanza y escudo.

Me encontré desarmado y herido

y vi morir a la muchacha.

Me persiguió el furioso ejército.

Muerta sobre los cadáveres yacía.

Ahora sabes, mujer indagadora,

por qué Friedmund

no es mi nombre.

Sé de una estirpe fiera

que no respeta
lo que para otros es sagrado.

Odiosa nos es a todos y a mí.

Estoy llamado a vengar

la sangre de los parientes.

Llegué demasiado tarde
y ahora, al regresar a casa,

descubro el rastro
del fugitivo malhechor

en mi propio hogar.

Mi casa te guardará por hoy, Lobezno.

Te acogí por esta noche.

Pero mañana
defiéndete con fuertes armas.

Elijo ese día para el combate,

pagarás tributo por los muertos.

¡Sal de la sala!
¡No te quedes ahí parada!

Prepárame la bebida nocturna
y espérame en la cama.

Con armas se defiende el hombre.

Mañana te veré, Lobezno.

Ya me has oído ¡Guárdate!

Una espada me prometió mi padre,

la encontraría ante grave peligro.

Desarmado he llegado a casa del enemigo.

Descanso aquí preso de su venganza.

He visto a una mujer noble y hermosa

Un exquisito temor turba mi corazón.

La que me atrae con anhelo,

la que con dulce hechizo me hiere,

por la fuerza la retiene el hombre
que ofende a este indefenso.

¡Welsa!

¡Welsa!

¿Dónde está la espada?

La fuerte espada
que blandiré en el combate,

¿brotará acaso del pecho
en el que aún late bravo mi corazón?

¿Qué brilla allí en el crepúsculo?

¿Qué rayo emana del tronco del fresno?

Un relámpago alumbra los ojos del ciego,

alegre ríe la mirada.

¡El noble resplandor
me abrasa el corazón!

¿Será acaso la mirada
de la esplendorosa mujer,

que allí clavó sus ojos
al abandonar la sala?

La noche oscura cubría mis ojos.

Cuando me rozó el fulgor de su mirada
recobré el calor y la luz del día.

La luz del sol cayó dichosa sobre mi,

su hermoso resplandor
alumbró mi coronilla

hasta esconderse tras las montañas.

Al despedirse aún me alcanzó
su destello crepuscular.

Incluso el tronco del viejo fresno
resplandeció con luz dorada.

Ahora palidece
la florescencia, la luz se apaga.

La noche oscura cubre mis ojos.

En la profundidad de las montañas
ya solo brillan ascuas sin luz.

– ¿Duermes huésped?
– ¿Quién anda ahí?

Soy yo ¡Escucha!

Hunding yace en profundo sueño,
le preparé una bebida somnífera.

– ¡Aprovecha la noche para salvarte!
– ¡Me salva tu presencia!

Déjame mostrarte un arma
¡Ay, si la consiguieras!

Serías el más noble héroe.

Al más fuerte sólo está destinada.

¡Presta atención a lo que te cuento!

Los parientes de Hunding
fueron sus invitados de boda en esta sala.

Desposaba a una mujer

que unos ladrones le entregaron
por esposa sin ser preguntada.

Triste permanecí sentada mientras bebían.

Un forastero entró entonces,

un anciano con ropaje gris.

El sombrero ocultaba su cara

y le tapaba un ojo.

Pero el furor del otro ojo
causó temor en todos

a los que con poder amenazaba.

Sólo a mí me miró

con dulce pesar,

con lágrimas y consuelo a la vez.

A mí me miraba, a los otros fulminaba,

cuando blandió una espada.

La hundió en el tronco del fresno,

clavada hasta la empuñadura.

La espada sería de aquel

que la sacara del tronco.

Muchos hombres audaces
se esforzaron, ninguno la consiguió.

Los huéspedes iban y venían,
los más fuertes tiraban de la espada.

El tronco no cedió ni una pulgada.

Allí sigue clavada la silenciosa espada.

Entonces supe quién era

aquel cuya mirada me estremeció.

Sé también a quién está destina
la espada clavada en el tronco.

¡Ay, si aquí y ahora ese amigo

llegara de lejos a la más desdichada!

Todo el sufrimiento que padecí,

todo cuanto me hirió
con vergüenza y congoja,

¡lo expiaría la dulce venganza!

Reconquistaría lo que una vez tuve,

recobraría aquello por lo que lloré,

si encontrara al amigo bendito

y abrazara al héroe.

¡Mujer dichosa, ya te abraza el amigo
al que están destinadas arma y mujer!

¡En mi pecho arde el juramento
que me une a ti, noble esposa!

En ti veo todo cuanto he anhelado.
¡En ti encuentro todo cuanto añoraba!

Si sufriste humillación y yo sufrimiento,

yo fui proscrito y tu deshonrada.

¡Gozosa venganza
sonríe ahora a los felices!

¡Río ahora con sagrado goce,

abrazándote a ti, noble mujer,

siento palpitar tu corazón.

¿Quién ha salido, quién entrado?

Nadie ha salido,
pero alguien ha entrado

¡Mira, la primavera sonríe a la sala!

Las tormentas invernales
abren paso al delicioso mayo,

con luz suave resplandece la primavera.

Entre suaves brisas, ligera y dulce,

se mece la primavera tejiendo prodigios.

Por bosques y prados sopla su aliento

muy abiertos sonríen sus ojos.

Trina dulce en el canto
de felices pajarillos

y exhala deliciosos perfumes.

De su cálida sangre
florecen alegres flores,

¡De su fuerza brotan semillas y yemas!

Conquista al mundo
con sus delicadas armas.

Invierno y tormenta
se desvanecen ante su fortaleza.

Cedieron a sus golpes audaces
también los recios portones

que, tercos y rígidos,
se interponían entre nosotros y ella.

Hasta su hermana ha volado,

el amor ha llamado a la primavera.

Antes escondido en nuestro corazón,

ahora el amor sonríe dichoso al sol.

El hermano ha liberado
a la hermana nupcial,

destruido yace cuanto los separaba.

Jubilosa se saluda la joven pareja.

Amor y primavera se han unido.

Tú eres la primavera que yo añoraba

durante el gélido invierno.

Mi corazón te saludó con sacro temor

al descubrir tu mirada.

Siempre estuve entre extraños,

mi entorno no me alegraba.

Ajeno me parecía cuanto encontraba.

Pero a ti te reconocí con claridad.

Cuando te vi ya eras mío.

Lo que albergaba mi pecho, lo que soy,

surgió ante mí claro como el día.

Como un eco resonó en mis oídos,

cuando en tierras extrañas y gélidas

vi por vez primera al amigo.

¡Ay, dulcísima felicidad!
¡Ay, mujer dichosa!

Deja que me incline ante ti

para ver ese noble y claro brillo

que mana de tus ojos y de tu rostro

y que tan dulce cautiva mis sentidos.

Resplandeces bajo la luna primaveral,

sublime te rodea tu cabello ondulado.

Fácilmente descubro lo que me cautiva,

mi mirada se deleita con la hermosura.

¡Qué despejada tu frente,

las pequeñas venas
se entrelazan en tus sienes!

¡Me asusta el goce que me embriaga!

Un prodigio quiere hacerme recordar.

Al que hoy he visto por primera vez,

mis ojos ya conocían.

También yo recuerdo un sueño de amor

¡Yo ya te había visto en frenesí!

En el arroyo descubrí mi imagen

y ahora la reconozco.

Tal y como emergió del lago,
así me la devuelves!

– Eres la imagen que llevaba dentro.
– ¡Calla!

Déjame escuchar tu voz.

Me parece haberla oído de niña.

¡Ay no! La oí hace poco

cuando el bosque me devolvió mi eco!

¡Qué dulces
los sonidos que escucho!

Conozco la llama de tus ojos

Así me miró el anciano

al consolar a la desdichada.

Por la mirada he reconocido a su hijo,

¡Casi lo llamó por su nombre!

¿De verdad te llamas Wehwalt?

Desde que me amas ya no me llamo así.

¡Ahora me inunda la mayor dicha!

¿Y no puedes llamarte Friedmund?

Llámame como quieras que me llame

¡Tomaré mi nombre de ti!

– Pero, ¿llamabas Wolfe a tu padre?
– ¡Era lobo para los zorros cobardes!

Pero aquel, al que como a ti
le brillaba el orgullo en la mirada,

se llamaba Welsa.

Si Welsa fue tu padre
y tú eres un welsungo,

fue para ti para quién hundió
su espada en el tronco.

Déjame llamarte como te amo

¡Te llamaré Sigmundo!

¡Me llamo Sigmundo y victorioso soy!

¡Lo atestigua esta espada
que sostengo sin miedo!

Welsa me prometió
que la encontraría ante grave peligro

¡Ahora la empuño!

El apremio del sacro amor,

la aflicción del amor anhelante

arde en mi pecho

impulsándome a la lucha y a la muerte.

¡Notung! ¡Notung!
Así te llamaré, espada.

¡Notung! ¡Notung!
¡Preciosa espada!

¡Exhibe tu afilada hoja!

¡Sal de tu vaina!

¡Mujer, estás viendo
a Sigmundo, el welsungo!

Como dote te traigo esta espada

Así pretendo a la mujer más dichosa.

Así te raptaré de la casa del enemigo.

Ven conmigo lejos de aquí

a la casa sonriente de la primavera.

Allí te protegerá Notung, la espada,

aunque Sigmundo sucumba de amor.

Si es Sigmundo al que veo,

yo soy Siglinda, que te desea.

¡A tu propia hermana
has conquistado con tu espada!

¡Novia y hermana eres al hermano!

¡Florece, pues, sangre de Welsas!