Richard Wagner – La valquiria – Acto II, traducción al español

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(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

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(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

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ACTO II

¡Embrida tu corcel, virgen guerrera!
¡Pronto comenzará un ardido combate!

¡Acuda Brunilda a la lucha
y otorgue la victoria al welsungo!

Que Hunding decida a quién pertenece.

Para Valhalla no me sirve.

¡Cabalga, pues, recia y veloz al combate!

Hojotoho! Hojotoho! Heiaha!

Te aconsejo, padre, prepárate también,
una duro ataque deberás resistir.

Fricka, tu mujer,
se acerca en el carruaje de carneros.

¡Cómo sacude el látigo dorado!

Los pobres animales gimen de miedo,
salvajemente rechinan las ruedas.

Iracunda acude a la disputa.

No me gustan estas peleas,
prefiero el combate de hombres valientes.

Tú verás cómo resistes el ataque.
¡Esta alegre te deja solo!

Hojotoho! Hojotoho!
Heiaha! Heiaha!

¡La disputa y el agobio de siempre!

¡Pero en esta debo mantenerme firme!

A las montañas donde te ocultas

para escapar a la mirada de tu esposa

vengo a verte sola

para que me prometas ayuda.

Que Fricka diga lo que la aflige.

Supe de la desgracia de Hunding,

me invocó clamando venganza.

La guardiana del matrimonio lo oyó,

prometió castigar con dureza los actos

de la insolente y transgresora pareja,

que osó agraviar al esposo.

¿Qué mal ha hecho la pareja

que con amor ha unido la primavera?

El hechizo del amor los cautivó.

¿Quién ha de pagar por el poder del amor?

¡Te haces el tonto y el sordo!

Como si no supieras que intercedo

por el sacro juramento del matrimonio,

¡duramente agraviado!

Sacrílego considero el juramento

que une a los que no se aman.

No me exijas

que mantenga por la fuerza
lo que a tu poder escapa,

pues donde se alzan ardidas fuerzas

aconsejo abiertamente la guerra.

Si el adulterio te parece laudable,

¡sigue jactándote y glorifica

el incesto surgido

de la unión de los dos mellizos!

Mi corazón se estremece, desfallezco,

¡nupcialmente abrazó
el hermano a la hermana!

¿Cuándo se ha visto

el amor carnal entre hermanos?

¡Hoy lo has visto!

Aprende que puede surgir,
aunque nunca antes sucediera.

Que se aman está claro para ti,

por eso, escucha mi consejo sincero.

Si dulce goce ha de premiar tu bendición,

bendice pues, sonriendo al amor,

la alianza entre Sigmund y Siglinda.

¿Así que se acabó
la estirpe de los inmortales

desde que engendraste
a los fieros welsungos?

Lo he dicho claro. ¿No es eso acaso?

¡Nada te importa
tu noble parentela divina!

Tiras por la borda cuanto apreciabas,

rompes los lazos que tú mismo uniste,

deshaces riendo el yugo celestial,

para que viva a su antojo

esa transgresora pareja melliza,

fruto lascivo de tu adulterio.

¡Ay, para qué voy a clamar
por el matrimonio y su juramento,

si fuiste el primero en romperlos!

Siempre has engañado a tu fiel esposa.

Tu lujuriosa mirada
escudriñaba valles y montañas

buscando el placer del cambio,

con desdén heriste mi corazón.

Con tristeza tuve que soportar

que acudieras al combate
con las insolentes vírgenes

fruto de tu salvaje adulterio.

Pues tanto temías a tu mujer

que sometiste a las valkirias

y a la misma Brunilda,
la novia de tu deseo,

a mi obediencia.

Pero cuando te apeteció cambiar de nombre

vagaste lupino
como «Welsa» por el bosque.

Ahora, que caíste tan bajo

y engendraste
una pareja de vulgares mortales,

¡arrojas a a tu mujer

a los pies de tu camada de lobos!

¡Pues prosigue con ello!
¡Culmínalo!

¡Pisotea a la esposa engañada!

Nunca aprendiste lo que quise enseñarte,

no sabes reconocer el porvenir.

Sólo comprendes lo conocido,

mientras que lo nunca antes acaecido

es a lo que yo aspiro.

¡Escucha!

Hace falta un héroe

que, ajeno a la protección divina,

se libre de la ley de los dioses.

Sólo así servirá para realizar la azaña

que, tan necesaria para los dioses,

a la deidad le está vedada.

Quieres confundirme
con argumentos rebuscados.

¿Qué hazañas podrá realizar el héroe

que no puedan acometer los dioses

que lo protejen?

¿No valoras su coraje?

¿Quién abre los ojos a los necios?
¿Quién abre los ojos a los necios?

Bajo tu protección parecen fuertes,

luchan gracias a tu espuela.

Sólo tú atizaste a aquellos
que alabas ante esta inmortal.

Con nuevas artimañas quieres engañarme,

escabullirte ahora con nuevos trucos,

pero no conseguirás a ese welsungo.

En él sólo te veo a ti,

pues sólo gracias a ti resiste.

Él mismo se ha forjado en su sufrimiento,

mi escudo nunca lo protegió.

¡Pues hoy tampoco lo protejas!

¡Quítale la espada que le regalaste!

– ¿La espada?
– ¡Sí, la espada!

La espada de poderes mágicos

que tú, dios, diste a tu hijo.

Sigmundo se la ha ganado ante el peligro.

Tú creaste su miseria
al igual que su espada.

¿Quieres engañar
a la que día y noche te sigue?

Para él clavaste
la espada en el tronco,

le prometiste la noble arma.

¿Negarás que sólo tu astucia
lo condujo hasta ella?

Ningún noble pelea con el siervo,

se limita a castigar al transgresor.

Contra ti yo lucharía

pero, ¡Sigmundo es mi esclavo!

¿Al siervo del que eres señor

ha de obedecer tu inmortal esposa?

¿Acaso ha de ultrajarme el más mísero

y animarse al descarado
a burlarse del libre?

No puede querer eso mi esposo,

¡no profanará así a la diosa!

¿Qué pides?

¡Apártate del welsungo!

Que siga su camino.

¡Pero no le protejas
cuando combata con el vengador!

No lo protegeré.

Mírame a los ojos,
no intentes engañarme.

¡Aparta de él también a la valquiria!

La valquiria obra libremente.

¡No! Ella sólo cumple tu voluntad.

¡Prohíbele la victoria de Sigmundo!

No puedo matarlo, encontró mi espada.

¡Rómpele la espada y prívala de magia!

¡Déjalo indefenso ante el enemigo!

Ahí llega, jubilosa y veloz,
tu animosa virgen.

Le he pedido que acuda por Sigmundo.

¡Que escude el honor sagrado

de tu esposa inmortal!

Burlados por los mortales
y privados de poder

los dioses pereceríamos,

si hoy mi derecho
no fuera noblemente vengado

por la valiente virgen.

Que muera el welsungo por mi honor.

¿Me lo jurarás, Wotan?

¡Lo juro!

Te espera el Padre de los ejércitos.

¡Escucha

el sino que ha decidido!

Mal, me temo, acabó la disputa,
si la suerte ha sonreído a Fricka.

Padre, ¿qué ha de saber tu hija?

¡Pareces abrumado y triste!

¡He caído en mi propia trampa,

yo, el más esclavo de todos!

Nunca te he visto así
¿qué corroe tu corazón?

¡Ay, deshonra divina!

¡Ay, congoja deshonrosa!

¡Miseria divina! ¡Miseria divina!

¡Furia infinita! ¡Eterno pesar!

¡Nadie es más desgraciado!

¡Padre! ¡Padre! ¿Qué te ocurre?

¿Por qué asustas con cuita a tu hija?

¡Confía en mí! Te soy fiel.

¡Míra, Brunilda te implora!

Si te lo dijera,

¿no contravendría mi propia voluntad?

Hablas a la voluntad de Wotan

si me dices lo que quieres.

¿Quién soy, si no tu propia voluntad?

Lo que a nadie anuncio,

permanezca por siempre callado

Conmigo solo delibero

cuando te hablo.

Cuando murió en mí
el goce del amor joven,

impulsado por la ambición
conquisté el mundo entero.

Sin pretenderlo tramé engaño y traición,

con pactos atraje el infortunio.

Astuto me sedujo Loge
para luego esfumarse.

Pero no quise renunciar al amor,

en el poder anhelaba ternura.

Alberico, el miedoso nibelungo
hijo de la noche, rompió su pacto.

Maldijo el amor y ganó con la maldición

el reluciente oro del Rhin

y con él poder inmensurable.

Con astucia le arrebaté
el anillo que forjó.

Pero no lo devolví al Rhin,

pagué con él los muros de Valhalla,

el castillo construido por gigantes,

desde donde domino el mundo.

La que todo lo sabe

Erda, la sagrada y omnisciente wala,

me aconsejó deshacerme del anillo,

previniéndome de la perdición eterna.

Quise saber más sobre esa fatalidad,

pero ella desapareció en silencio.

Perdí el buen humor, quería saber.

Descendí a las entrañas del mundo.

Con hechizos de amor sometí a Wala
turbé el orgullo de su sabiduría

para que me hablara.

Me habló

y albergaba un fruto mío.

La mujer más sabia del mundo

conmigo te engendró, Brunilda.

Con ocho hermanas te crié.

Con vosotras valquirias

quería evitar lo que Wala me hizo temer

El deshonroso fin de los dioses.

Para ser fuertes
ante el enemigo en combate

os ordené traerme héroes.

A los sometidos a nuestras leyes,

a los hombres a quienes negamos el valor,

a los que con engaño y oscuros pactos

impusimos obediencia ciega,

a ellos debes instigarlos a la guerra,

atizar su fuerza para el duro combate,

para reunir yo así
tropas de intrépidos guerreros

en la sala de Valhalla.

Llenaremos tu sala

a muchos ya he te llevado.

¿Qué te perturba,
si nunca fuimos ociosas?

Es otra cosa.

¡Escucha bien lo que Wala me advirtió!

El ejército de Alberico
quiere nuestra derrota.

Lleno de envidia y rencor
me acecha el nibelungo,

pero ya no temo
a sus nocturnas huestes,

mis héroes me aseguran la victoria.

Sólo si consiguiese de nuevo el anillo

Valhalla sucumbiría.

Sólo el que maldijo el amor

podrá utilizar el misterio del anillo
para la eterna deshonra de los dioses.

Me despojará de la gloria de los héroes

obligándolos a luchar con él,

con su fuerza me combatiría.

Cauto pensé en arrebatarle
el anillo al enemigo.

Uno de los gigantes cuyo esfuerzo
recompensé con el oro maldito,

Fafner custodia el oro
por el que mató a su hermano.

A él tendría que arrebatarle
el anillo que yo mismo le di como tributo.

Pero no puedo enfrentarme
a aquel con quien he pactado,

impotente sucumbiría mi valor.

Estas son las cadenas que me atan.

Habiendo sido señor de pactos

de los pactos ahora soy esclavo.

Uno sólo podrá cumplir
lo que me está vedado

Un héroe al que jamás haya ayudado,

ajeno al dios, libre de sus favores,

que, sin saberlo y sin mi mandato,
guiado por su propia necesidad

con sus propias armas
lleve a cabo esa hazaña,

que yo debo evitar y no puedo ordenar,

¡aunque sea mi mayor anhelo!

Al que rebelde contra mí
luche por mi causa,

al amigo enemigo, ¿cómo encontrarlo?

¿Cómo crear al hombre libre
al que nunca protegí,

que en su propia rebeldía
me fuese el más allegado?

¿Cómo crear a ese que sin ser yo,

obrando a su libre albedrío
cumpliese mi voluntad?

¡Ay, miseria divina!
¡Deshonra espantosa!

Me repugna encontrarme
sólo a mí mismo en cuanto emprendo.

Nunca consigo
la alteridad que anhelo.

Pues el libre debe forjarse a sí mismo.

¡Sólo sé modelar siervos!

Pero Sigmundo, el welsungo,
¿no obra acaso por sí mismo?

Con él recorrí los bosques,

azucé su osadía
contra el consejo de los dioses.

Contra la venganza divina
ya sólo le protege la espada

que le forjó el favor de un un dios.

¿Cómo pude pretender
engañarme a mí mismo?

Fricka descubrió hábilmente mi engaño.

¡Para vergüenza mía me descubrió!

¡Y ahora debo obedecer su voluntad!

Entonces, ¿le arrebatarás
a Sigmundo la victoria?

Toqué el anillo de Alberico,
¡ávido sostuve el oro!

La maldición que rehuí, ahora me acecha.

Tengo que abandonar lo que amo,

matar al que siempre amé,

traicionar al que confía en mí!

¡Adiós, pues, soberbia grandiosa!

¡Suntuosa deshonra divina!

¡Que perezca lo que he creado!

¡Renuncio a mi obra!

Ya sólo quiero una cosa

¡El fin!

¡El fin!

¡Y del fin se ocupará Alberico!

Ahora comprendo el sentido
de las siniestras palabras de Wala

«Cuando el tenebroso enemigo del amor

engendre furibundo a un hijo,

se aproximará el fin de los dioses.»

Hace poco tube nuevas del nibelungo

El enano sometió a una mujer

cuyo favor conquistó con oro.

El fruto del odio alberga esa mujer,

el fruto del rencor anida en su vientre.

El enemigo del amor lo ha conseguido,

pero al héroe que con amor creé

nunca lo conseguiré para mí.

¡Recibe mi bendición,

hijo del nibelungo!

Te lego lo que más repudio,

el fútil esplendor divino,

¡que tu rencor lo devore!

Dí pues, ¿qué ordenas a tu hija?

¡Obediente lucha por Fricka!

¡Presérvale matrimonio y juramento!

Elijo lo que ella eligió.

¿De qué me sirve mi voluntad?

No puedo desear al hombre libre.

¡Lucha ahora por el lacayo de Fricka!

¡Ay, retira arrepentido tus plabras!

Amas a Sigmundo.

Por complacerte protegí al welsungo.

¡Debes matar a Sigmundo
y darle la victoria a Hunding!

Guárdate bien y manténte firme,

pon todo tu arrojo en la lucha.

Sigmundo blande una espada victoriosa.

¡Difícilmente se rendirá ante ti!

Aquel al que me mandates amar,

al que tu corazón aprecia
por su noble virtud

contra él nunca me impondrán
tus ambivalentes palabras.

¡Insolente! ¿Vas a desafiarme?

¿Quién eres,
sino la consumación ciega de mi voluntad?

Deliberando contigo
¿habré caído tan bajo

que osan insultarme
mis propias criaturas?

Hija ¿conoces mi cólera?

¡Tu brío te abandonará
si mi rayo demoledor te alcanza!

En mi pecho arde la cólera

que sumirá en tinieblas y caos

al mundo que antes me sonreía.

¡Ay de aquel al que mi cólera alcance!

¡Caro pagaría su desafío!

Por eso te aconsejo ¡no me enojes!

¡Cumple mi mandato!

¡Que Sigmundo perezca!

¡Ese será tu cometido, valquiria!

Nunca antes vi así
al Padre de la victoria

aunque lo haya visto encolerizado.

¡Cómo me pesan las armas!

¡Y qué ligeras
cuando las empuñaba con alegría!

Con angustia me dirijo hoy al combate.

¡Pobre welsungo!

¡Con sumo pesar

te abandona la que te ha sido fiel!

¡Descansa aquí, concédete reposo!

¡Continuémos! ¡Continuémos!

¡No sigamos!

¡Deténte, dulce mujer!

Despertaste del dulce arrebato

y de repente huíste corriendo.

Apenas pude seguirte
por bosques y campos,

muda y sin decir palabra,
corriste sin detenerte por mi llamada.

Ahora descansa,

¡háblame!

¡Pon fin al angustioso silencio!

Mira, tu hermano abraza a su novia.

¡Sigmundo es tu compañero!

¡Vete! ¡Vete!
¡Abandona a la profanada!

Mis impíos brazos te abrazaron,
este cuerpo profanado feneció.

¡Rehúye este cadáver, suéltalo!

¡Que se la lleve el viento

a la deshonrosa que se entregó al noble!

¡Cuando la abrazó amorosamente

y ella halló sublime goce,

se entregó por entero al hombre

que despertó todo su amor.

Tras consagrarese
en secreto al sublime goce,

que le atravesó alma y sentidos,

el horror y el espanto de la deshonra

se apoderaron de la humillada,
que siempre había obedecido al hombre

que sin amor la tuvo como suya!

¡Deja a la maldita, déjala huir!

Soy indecente, no tengo dignidad.

De ti, hombre puro, debo apartarme,

nunca podré pertenecerte.

¡Deshonra arrojo sobre el hermano,

infamia sobre el amoroso amigo!

¡El agravio anterior

lo expiará la sangre del malhechor!

Por eso, deja de huir,

aguarda al enemigo.

¡Aquí sucumbirá ante mí!

¡Cuando Notung atraviese su corazón,

habrás sido vengada!

¡Escucha los cuernos! ¿Oyes la llamada?

Furioso estruendo
resuena de bosque y parajes.

Hunding ha despertado del espeso sueño.

Está reuniendo a clanes y perros,

¡la jauría aulla embravecida,
furiosa clama al cielo

por la quiebra del sacro juramento!

¿Sigmundo, dónde estás?

¿Volveré a verte?

¡Fervientemente amado
hermano esplendoroso!

Deja que tus luceros
me iluminen otra vez.

¡No rechaces el beso
de la mujer indecente!

¡Escucha! ¡Escucha!
¡Es el cuerno de Hunding!

¡Su turba se acerca con armas poderosas.

Ninguna espada resiste a la jauría canina.

¡Arrojala lejos, Sigmundo!
Sigmundo, ¿dónde estás?

¡Ahí estás! ¡Te veo!
¡Con rostro de espanto!

Ávidos de carne,
los perros enseñan los colmillos.

¡No repararán en tu noble mirada!

¡Por los pies te apresarán las fauces!

¡Caerás!
¡En pedazos se partirá tu espada!

El fresno caerá y el tronco se partirá!

¡Hermano!
¡Mi hermano! ¡Sigmundo!

¡Hermana! ¡Amada!

¡Sigmundo! ¡Mírame!

Soy aquella a quien pronto seguirás.

¡Díme quién eres,

esa que tan bella y solemne me aparece?

Sólo ante los moribundos aparezco.

Quién me ve

abandona la vida.

Sólo aparezco a los héroes
en los campos de batalla.

Quién me apercibe,

ha sido mi elegido.

El héroe que ha de seguirte,

¿a dónde lo conducirás?

Te conduciré al Padre
de las batallas que te ha elegido.

Me seguirás a Valhalla.

En la sala de Valhalla

¿sólo encontraré a al Padre de las batallas?

La noble tropa de héroes

te rodeará gentil
para saludarte solemnemente.

¿Encontraré en Valhalla
a Welsa, mi padre?

A su padre encontrará allí el welsungo.

¿Me saludará
en Valhalla alegre una mujer?

Las valquirias reinan allí.

¡La hija de Wotan
te ofrece con agrado el caliz!

Noble eres,

en ti descubro a la hija de Wotan.

Pero dime una cosa, inmortal

¿Acompañará al hermano
su nupcial hermana?

¿Abrazará allí Sigmundo a Siglinda?

Ella aún debe seguir
respirando en la tierra.

Sigmundo no verá allí a Siglinda.

Entonces, salúdame a Valhalla,

salúdame a Wotan

salúdame a Welsa y a todos los héroes

y saluda también a las bellas valquirias.

¡No te seguiré!

Has visto
la hiriente mirada de la valquiria.

¡Ahora deberás ir con ella!

Donde Siglinda vive, goza y sufre,

allí permanecerá también Sigmundo.

Tu mirada aún no me ha enternecido.

¡Nunca me impedirá quedarme!

En vida

nada te obliga.

Pero la muerte, necio, te obligará.

¡He venido a anunciártela!

¿Dónde está el héroe ante el que caeré?

Hunding te matará en combate.

Amenázame con algo mayor
que los golpes de Hunding.

Si ávida esperas el combate,

elígelo a él como presa
¡Pienso matarlo en el combate!

A ti, welsungo, escúchame bien,

a ti te ha sido deparado ese destino.

¿Conoces esta espada?
El que la forjó me deparó victoria.

¡Con ella desafiaré tu amenaza!

¡El que la forjó
te depara ahora la muerte!

¡Privará a la espada de su virtud!

¡Calla y no asustes a la durmiente!

¡Ay! ¡Mujer dulcísima!

Triste compañera.

Contra ti se ha alzado el mundo en armas.

Y yo, el único en quien confiaste,
por quien osaste rebelarte,

¿no voy a ampararte con mi protección?

¿He de traicionarte en la batalla?

¡Ay, que caiga la deshonra
sobre aquel que forjó la espada

y convierte la victoria en ultraje!

¿Es que debo perecer?
¡No iré al Valhalla!

¡Que me tenga Hella!

¿Tan poco estimas la gloria eterna?

¿Lo era todo para ti la pobre mujer

que cansada y afligida
duerme en tu regazo?

¿No hay nada que estimes más?

¿No aprecias nada más?

Resplandeces joven y bella.

¡Pero mi corazon
reconoce tu frialdad y dureza!

Si sólo sabes burlarte,
¡vete, virgen cruel e impasible!

Pero si quieres recrearte en mi dolor,

goza con mi dolor y que mi desgracia
reconforte tu rencoroso corazón.

¡Pero no me hables más
de las ásperas delicias de Valhalla!

Veo la desdicha que corroe tu corazón,

siento la sagrada aflicción del héroe.

¡Sigmundo, confíame a tu mujer!
¡Mi protección la rodeará con firmeza!

Nadie más que yo
tocará a la inmaculada en vida.

¡Si he de morir,
antes mataré a la adormecida!

¡Welsungo!
¡Furibundo! ¡Escucha mi consejo!

Confíame tu mujer
por amor al fruto

que gozosa recibió de ti.

Esta espada
que el traidor forjó para el fiel,

esta cobarde espada
que me traiciona ante el enemigo.

Si no sirve para matar al enemigo,
¡que sirva para la muerte del amigo!

Dos vidas te sonríen aquí

¡Arrebátalas, Notung, espada celosa!
¡Sésgalas de un solo golpe!

¡Detente welsungo!

¡Oye mis palabras!

¡Que viva Siglinda

y que viva Sigmundo con ella!

Está decidido.

Cambiaré el destino en el combate.
Te otorgará bendición y victoria.

¿Oyes la llamada?
¡Prepárate, héroe!

Confía en la espada
y blándela sin temor.

¡El arma te será fiel,
la valquiria leal te protegerá!

¡Adiós, Sigmundo, héroe dichoso!

¡Te veré en el campo de batalla!

Un sueño mágico aplaca

el dolor y la pena de la más dulce.

Cuando se me acercó la valquiria,

¿le procuraría ese gozoso consuelo?

¿Acaso el violento combate

no ha de asustar a la apenada mujer?

Parece inerte, pero vive.

Un sueño sonriente besa a la triste.

¡Sigue durmiendo
hasta que termine el combate

y te alegre la paz.

¡Que se prepare ahora el que me llama!

Le daré su merecido.

¡Que Notung se lo pague!

¡Ay, si sólo regresara el padre a casa!

Aún está en el monte con el muchacho.

¡Madre! ¡Madre! ¡Tengo miedo!

Los forasteros no parecen amistosos.

Oscuros vapores, vaho sofocante,

ya nos alcanzan las vivas llamas.

¡La casa está ardiendo!
¡Socorro, hermano! ¡Sigmundo!

¡Sigmundo! ¡Ay!

¡Wehwalt! ¡Enfréntate
si no quieres que te apresen los perros!

¿Dónde te escondes?
¡Sal para que pueda enfrentarte!

¡Hunding! ¡Sigmundo!
¡Si sólo pudiera verlos!

¡Acércate, malhechor!
¡Que Fricka te mate aquí!

¿Aún me crees desarmado vil cobarde?

Si amenazas con mujeres,
¡lucha ahora o Fricka te abandonará!

Pues escucha Del tronco de tu casa

arranqué sin vacilar esta espada.

¡Que te aproveche su hoja!

¡Deteneos, hombres!
¡Matadme a mí primero!

¡Alcánzalo, Sigmundo!
¡Confía en la espada!

¡Retrocede ante la lanza!
¡Rómpase la espada en pedazos!

¡Sube al caballo para salvarte!

¡Ve esclavo!
¡Arrodíllate ante Fricka!

Dile que la lanza de Wotan
ha vengado su ultraje.

¡Ve! ¡Ve!

¡Pero Brunilda! ¡Ay de la criminal!

¡Terriblemente castigaré
a la insolente si mi corcel la alcanza!