Richard Wagner – La valquiria – Acto III, traducción al español

/–/

(acto I en alemán)
(acto II en alemán)
(acto III en alemán)

/–/

(traducción al español del acto I)
(traducción al español del acto II)
(traducción al español del acto III)

/–/

ACTO III

¡Hojotoho! ¡Hojotoho!
¡Heiaha! ¡Heiaha!

¡Helmwiga! ¡Ven!
¡Trae el corcel!

¡Hojotoho! ¡Hojotoho!

¡Heiaha!

¡Heiaha! ¡Heiaha!

Pon a tu garañón junto a mi yegua
A tu bayo le gusta pacer con mi ruana.

– ¿Qué cuelga de tu silla?
– ¡Sintolt, el heguelingo!

Aleja a tu bayo de la ruana

La yegua de Ortlinda
lleva a Wittig, el irmingo.

¡A Sintolt y Wittig
siempre los vi enemistados!

¡Heiaha! ¡El garañón ataca a mi yegua!

¡La enemistad de los héroes
acabará por enfrentar a los corceles!

¡Tranquilo, bayo!
¡No quebrantes la paz!

¡Hoioho! ¡Sigruna, ven!
¿Por qué tardas tanto?

¡He tenido trabajo!

¿Han llegado ya las otras?

Heiaha! Heiaha!

¡Grimgerda y Rossweissa!

Cabalgan juntas.

¡Bienvenidas guerreras!
¡Rossweissa y Grimgerda!

Hojotoho! Hojotoho!

Heiaha!

¡Al bosque con los corceles,
para descanso y pasto!

¡Separad a los caballos

hasta que se haya aplacado
el odio entre nuestros héroes!

¡La ruana ya ha pagado
por la inquina de los héroes!

¡Hojotoho! ¡Hojotoho!

¡Bienvenidas! ¡Bienvenidas!

– ¿Habéis ido juntas las dos?
– Cabalgamos por separado y nos topamos.

Si estamos ya todas,
no os entretengáis más

Partamos hacia Valhalla
a llevarle los caídos a Wotan.

Sólo somos ocho, falta una.

Brunilda aún estará
con el castaño welsungo.

Tendremos que esperarla

¡El padre de las batallas
se enfurecerá si llegamos sin ella!

Hojotoho! Hojotoho!
¡Venid! ¡Venid!

Brunilda cabalga
desbocada hacia nosotras.

¡Hojotoho! ¡Hojotoho!
¡Brunilda! ¡Hey!

Hacia el abetal
guía a su exhausto caballo.

¡Cómo resopla Grane tras esa cabalgata!

¡A ninguna valquiria
he visto cabalgar tan veloz!

– ¿Qué lleva en su silla?
– ¡No es un héroe!

¡Lleva a una mujer!

– ¿Cómo encontró a la mujer?
– ¡No saluda a sus hermanas!

¡Heiaha, Brunilda! ¿No nos oyes?

¡Ayudad a la hermana
a saltar del corcel!

Hojotoho! Hojotoho!
Heiaha!

¡El recio Grane se desploma!

Deprisa ayuda a bajar a la mujer.

¡Hermana! ¡Hermana! ¿Qué ha ocurrido?

¡Protegedme y ayudadme
en el mayor peligro!

¿De dónde vienes tan aprisa?
¡Así sólo vuela un fugitivo!

Por primera vez huyo y me persiguen
El Padre de las batallas me hostiga.

¿Has perdido el juicio? ¡Habla! ¡Dinos!
¿El Padre de los ejércitos te persigue?

¿Huyes de él?

¡Ay, hermanas, avizorad desde la roca!

¡Mirad al norte
si viene el Padre de las batallas!

¡Aprisa! ¿Lo veis ya?

– Una tormenta se avecina por el norte.
– ¡Espesos nubarrones se condensan allí!

¡El padre de los ejércitos
monta su sacro corcel!

¡El furioso cazador que me hostiga,
se aproxima por el norte!

¡Protegedme, hermanas!
¡Salvad a esta mujer!

– ¿Qué le pasa a esa mujer?
– Escuchadme rápido

Es Siglinda,
hermana y novia de Sigmundo.

Wotan arde en cólera
contra los welsungos.

Brunilda debía arrebatarle
hoy la victoria al hermano,

¡pero escudé a Sigmundo
contra la voluntad del dios!

Lo atravesó entonces
con su propia lanza, Sigmundo cayó.

Pero yo huí con la mujer,
para salvarla acudí a vosotras

¡y para que me protejáis
también a mí del castigo!

Alocada hermana, ¿qué has hecho?

¡Ay de ti! ¡Brunilda! ¡Ay de ti!

¿Desobedeció Brunilda
el sacro mandato del padre de los ejércitos?

– La oscuridad viene por el norte.
– Furibunda se avecina la tormenta.

– ¡Desbocado relincha el corcel de Wotan!
– ¡Se acerca su espantoso resoplido!

Ay de ella, si Wotan la encuentra

¡Quiere destruir a todos los welsungos!

¿Quién me presta el corcel
más ligero para salvar a la mujer?

¿También a nosotras
nos aconsejas rebeldía vertiginosa?

¡Rossweissa, hermana,
préstame tu caballo!

Nunca huyó del Padre de las batallas.

– ¡Helmwiga, escúchame!
– Obedezco al padre.

¡Grimgerda! ¡Gerhilda! ¡Dadme el vuestro!

¡Schwertleita! ¡Sigruna!
¡Ved mi angustia!

Sedme fieles como yo os fui a vosotras

¡Salvad a esta triste mujer!

No te preocupes por mí.

¡Sólo me conviene la muerte.

¿Quién te ordenó
salvarme del combate?

Allí me habría golpeado

el mismo arma que abatió a Sigmundo

¡Habría hallado la muerte con él!

¡Lejos de Sigmundo!

Sigmundo, ¡lejos de ti!

¡Ay, si me cubriera la muerte!

Si no he de maldecirte
por haberme salvado,

escucha mi súplica

¡Clávame tu espada en el corazón!

¡Mujer, vive por tu amor!

Salva al fruto que recibiste de él

¡Un welsungo crece en tu vientre!

¡Sálvame, animosa!

¡Salva a mi hijo!

¡Escudadme, vírgenes,
con vuestra poderosa protección!

¡La tormenta se avecina!

¡Que huya quien la teme!

Llévate a la mujer si corre peligro,

¡ninguna valquiria osará protegerla!

¡Sálvame, virgen! ¡Salva a la madre!

¡Huye aprisa y sola!

Yo me quedaré y ofreceré
a la venganza de Wotan,

retendré al airado,

mientras tú escapas a su ira.

¿Hacia dónde debo ir?

Hermanas,
¿cuál de vosotras recorrió oriente?

Hacia oriente se extiende un bosque,

allí se llevó Fafner
el tesoro de los nibelungos.

El feroz adoptó figura de dragón,

en una cueva custodia
el anillo de Alberico.

Aquél no es lugar seguro
para una mujer indefensa.

Pero de la ira de Wotan
bien la protegerá el bosque,

el poderoso lo teme y evita el lugar.

¡Furibundo
se dirige Wotan hacia la roca!

¡Brunilda, escucha,
se acerca con estrépito!

¡Corre lejos hacia oriente!

Soporta todas las fatigas
con animosa determinación

Hambre y sed, zarzas y piedras,

¡ríete aunque te aflijan
penuria y sufrimiento!

Recuerda siempre una cosa

¡Al más noble héroe del mundo

llevas en tu seno, mujer!

Guárdale los pedazos de espada.

Del campo de batalla
de su padre los rescaté.

Aquel que algún día
blandirá la espada reforjada,

tomará su nombre de mí

¡Que «Sigfrido» obtenga victoria!

¡Ay, milagro sublime!

¡Virgen majestuosa!

¡A ti, fiel, debo consuelo sagrado!

Por el que amamos
salvaré lo más preciado.

¡Que mi gratitud te recompense!

¡Adiós! ¡Siglinda te bendice con dolor!

¡Detente, Brunilda!

¡Corcel y jinete han alcanzado las rocas!

¡Ay de ti, Brunilda!
¡Se desata la venganza!

¡Ay, hermanas, ayudadme!
¡Se me vuelca el corazón!

Su cólera me hará pedazos
si vuestra protección no lo amansa.

¡Ven aquí, perdida! ¡Escóndete!

¡Arrímate a nosotras y no contestes!

¡Ay! ¡Furioso baja Wotan del caballo!

¡Se acerca deprisa con paso vengador!

¿Dónde está Brunilda?
¿Dónde está la criminal?

¿Osáis ocultarme a la malvada?

¡Que espantosa resuena tu furia!

Padre, ¿qué han hecho
tus hijas para encolerizarte?

¿Queréis burlaros de mí?
¡Guardaos de ello, insolentes!

Sé que me ocultáis a Brunilda.

Desprenderos de la condenada

como ella se desprendió de su valía.

– A nosotras huyó la perseguida.
– ¡Suplicó por nuestra protección!

Tu cólera la llena de terror y miedo.

Por la pavorosa hermana te suplicamos

¡Apacigua tu cólera febril,
sé clemente, aplaca tu ira!

¡Mujeres sensibleras!

¿Tan poco coraje habéis heredado?

¿Os eduqué para el ardido combate,

os forjé corazones duros y decididos,

para que lloréis y gimáis

cuando mi cólera castiga a una traidora?

Pues escuchad, lastimeras,
el crimen que cometió

ésa por la que lloráis con ardor

Nadie conocía mejor mis pensamientos.

¡Nadie conocía mejor que ella
el origen de mi voluntad!

Ella misma tejía
y albergaba mis deseos,

y ahora ha roto la alianza sagrada

oponiéndose con deslealtad a mi voluntad,

ha burlado mi soberano mandato,

¡ha apuntado contra mí el arma

que sólo mi deseo le entregó!

¿Oyes, Brunilda?

¿Tú, a quien di armadura
yelmo y espada, gloria y dignidad,

nombre y vida?

¿Escuchas mi acusación

y te escondes medrosa del acusador

para cobarde escapar al castigo?

¡Aquí estoy, padre!

¡Impón el castigo!

No soy yo quien te castiga.

Tú misma te has castigado.

Sólo existías por mi voluntad,

pero quisiste obrar contra mí.

Sólo ejecutabas mi mandato,

pero diste órdenes contra mí.

Eras mi virgen del deseo,
pero deseaste contra mi voluntad.

Fuiste mi escudera
Pero alzaste tu escudo contra mí.

Fuiste mi tejedora del destino
pero elegiste destino en contra mía.

Fuiste mi atizadora de héroes,
pero los impusiste contra mí.

Wotan te ha dicho lo que fuiste.

Lo que ahora eres dítelo tu misma.

Ya no serás virgen del deseo,

ya no serás valquiria.

¡Sé a partir de ahora
lo que aún te queda!

¿Me repudias? ¿Te he entendido?

Nunca más serás enviada de Valhalla,

nunca más te señalaré
los héroes del combate,

nunca más traerás
vencedores a mi sala.

En el banquete de los dioses,

ya nunca me ofrecerás afable la bebida.

Nunca más besaré tu pueril boca.

Serás excluida del círculo de los dioses,

repudiada de la estirpe inmortal.

¡Se ha roto nuestra alianza,

estás desterrada!

¡Qué desdicha, hermana!

¿Me quitas todo lo que me diste?

¡Tu vencedor te lo arrebatará!

Te destierro a esta montaña,

te sumiré en un sueño indefenso.

¡Que aprese a la virgen el hombre

que la encuentre
en el camino y la despierte!

¡Detente, padre! ¡Retira la maldición!

¿Debe marchitarse y apagarse
la virgen a manos del hombre?

¡Oye nuestra súplica! ¡Dios terrible!

¡Aparta de ella esa deshonra clamorosa!

¡Como la hermana
sufriríamos la ofensa!

¿No habéis oído mi castigo?

He apartado de vosotras
a la hermana desleal.

Ya no cabalgará
con vosotras por los aires.

Se marchitará su flor virginal.

Un esposo ganará su favor femenino,

en adelante obedecerá
al esposo soberbio.

Hilará sentada junto al hogar

y será blanco de todas las burlas.

¿Os aterra su suerte?

¡Entonces, rehuid a la perdida!

¡Apartaos y alejaos de ella!

Quien ose estar con ella,

quien, desafiándome,
sea fiel a la desdichada,

esa necia compartirá su suerte,

¡eso se lo advierto a la osada!

¡Ahora iros de aquí! ¡Evitad la roca!

¡Huid aprisa

o la desgracia os esperará aquí!

¡Qué desgracia!

¿Tan infame fue mi crimen,

que tan vergonzosamente lo castigas?

¿Fue tan vil lo que te hice

como para humillarme tanto?

¿Tan deshonroso fue lo cometido

para que mi falta me despoje de mi honra?

¡Ay, di, padre!

Mírame a los ojos.

Acalla la ira,

amansa tu cólera

y muéstrame la oscura culpa,

que con terquedad te obliga

a repudiar a tu hija más querida.

¡Pregúntale a tu crimen,

él te mostrará tu culpa!

Ejecuté tu orden.

¿Te ordené luchar por el welsungo?

Eso me ordenaste
como señor de las batallas.

¡Pero después retiré mi orden!

Cuando Fricka alienó tu mente

sometiéndote tú a la suya,

te convertiste en tu enemigo.

Creía que me habías comprendido

y he castigado el desafío deliberado.

¡Pero me creíste cobarde y necio!

Si no vengara la traición,

¿creerías que no mereces mi cólera?

No soy sabia,

pero sabía una cosa

Que amabas al welsungo.

Conocía el dilema que te obligaba

a olvidar lo uno por completo.

Sólo debías ver lo otro,

que tan amargamente hería tu corazón

Negarle a Sigmundo tu protección.

¿Lo sabías y aún así osaste protegerle?

Mi mirada vigilaba a aquel al que,

desesperado por la coacción ajena,

le diste la espalda.

La que en combate
le cubre la espalda a Wotan,

sólo veía lo que tú no viste

Tuve que ver a Sigmundo.

Aparecí ante él anunciándole la muerte,

vi su mirada, lo escuché.

Comprendí el sagrado dolor del héroe,

escuché la congoja del más valiente

¡El terrible dolor del amor!

¡El triste desengaño del más audaz!

Resonó en mi oído,

mis ojos reconocieron
lo que profundamente

estremecía mi corazón de sacro temor.

Lo escuché con vergüenza y asombro.

Sólo podía pensar en servirle

Compartir con Sigmundo victoria o muerte,

me parecía el único destino posible.

Aquel que inspiró ese amor

a mi corazón,

la voluntad que me vinculó al welsungo,

cuya alma conocí,

por ese desobedecí tu orden.

Así que hiciste
lo que yo habría deseado hacer

pero que un doble apremio me impedía?

¿Tan fácil creíste merecer
la dicha del amor?

Cuando el dolor abrasaba mi corazón,

cuando me encolerizaba la desesperación

por salvar un mundo
secando la fuente del amor

en mi atormentado corazón.

Mientras afligido
me volvía contra mí mismo,

encolerizado por la impotencia,

el deseo furioso y ardiente

fraguó mi terrible voluntad

de enterrar bajo mi mundo en ruinas

mi eterna tristeza.

Entonces te inspiró el dulce goce,

te embriagaste de emoción

bebiendo dichosa del cáliz del amor,

¿mientras la desesperación divina

a mí me servía hiel?

Te guiaste por tu ligereza de espíritu,

de mí te desvinculaste.

Debo evitarte,

ya no puedo deliberar contigo.

Separados, ya no podremos
crear juntos en confianza.

¡Mientras duren aliento y vida,
el dios ya no podrá encontrarte!

Tal vez no te sirviera la alocada virgen

que, asombrada,
no comprendió tu voluntad,

mi propio juicio
sólo me decía una cosa

Amar lo que amabas.

Si debo apartarme de ti
y evitarte con temor,

si debes escindir lo que estaba unido,

alejar de ti la mitad de tu ser,

esa siempre fue enteramente tuya,

¡dios, no lo olvides!

No deshonrarás a tu esencia eterna,

no querrás que la vergüenza te ofenda.

¡Tú mismo te dejarías caer

si me entregaras al escarnio!

Obedeciste dichosa

al poder del amor.

¡Obedece ahora a aquel

al que tendrás que amar!

Si he de abandonar Valhalla,

nunca más obrar y reinar contigo,

obedecer al esposo soberbio

de ahora en adelante,

¡no me entregues un cobarde!

¡Que no carezca de valor quien me gane!

Te apartaste del Padre de las batallas,

él no puede elegir por ti.

Engendraste una noble estirpe.

Ningún temeroso podrá surgir de ella.

Sé que el héroe más sagrado
nacerá del linaje de los welsungos.

¡No hables del linaje de los welsungos!

Al apartarme de ti, me aparté de él.

La envidia consiguió su destrucción.

Lo salvó la que se desprendió de ti.

Siglinda custodia el sagrado fruto.

Con más dolor y sufrimiento
que ninguna otra mujer

alumbrará el fruto que temerosa alberga.

¡Nunca busques en mí
protección para esa mujer,

ni para el fruto de su regazo!

La protege la espada
que forjaste para Sigmundo.

¡Y que le rompí en pedazos!

Virgen, no pretendas

turbar mi ánimo.

Espera tu destino

como se te depare.

No te lo puedo cambiar.

Ahora debo partir lejos.

Ya he demorado demasiado aquí.

Abandono a la descarriada.

No puedo conocer su deseo,

¡sólo quiero imponerle su castigo!

¿Qué castigo has pensado inflingirme?

Te sumiré en un profundo sueño.

¡Quien despierte a la indefensa,

la tendrá por esposa!

Si va a encadenarme un profundo sueño

para ser la presa fácil del más cobarde,

al menos concédeme un deseo

que te suplico con sacro temor.

¡Protege a la durmiente
con peligros disuasorios,

para que sólo un héroe intrépido

me encuentre en esta roca.

¡Pides demasiado, demasiada merced!

¡Concédeme sólo eso!

Avergüenza a la hija
que abrazó tus rodillas,

pisotea a la fiel, destroza a la virgen,

que tu lanza deshaga su cuerpo,

Pero, ¡ay cruel!

¡No la entregues
a la humillación más atroz!

Por orden tuya,

¡que arda un fuego!

Que rodee la roca
una llamarada incandescente.

Que laman sus lenguas,
que devoren sus dientes

al cobarde que insolente osara

acercarse a la abrasadora roca.

¡Adiós, ardida y preciosa niña!

¡Orgullo sagrado de mi corazón!

¡Adiós! ¡Adiós!

Si debo evitarte,

y no puedo volver
a saludarte amoroso,

si no has de volver a cabalgar conmigo,

ni ofrecerme hidromiel en el banquete.

Si debo perderte, a ti que te amo,

gozosa alegría de mis ojos.

¡Que arda para ti un fuego nupcial,

como nunca lo tuvo una novia!

Que ascuas llameantes rodeen la roca.

Que ahuyente con terror al temeroso,

¡que el cobarde huya
de la roca de Brunilda!

¡Que sólo uno pretenda a la novia,

uno más libre que yo,

el dios!

Estos luminosos ojos

que a menudo he mimado sonriente,

cuando con mi beso
recompensaba tu valentía,

cuando tu pueril alabanza a los héroes

manaba de tus nobles labios.

Estos radiantes ojos

que a menudo me iluminaban en el ataque,

cuando con esperanza en mi corazón

añoraba el mayor goce del mundo

surgiendo del trémulo temor

¡Por última vez

me solazo hoy

con el último beso del adiós!

Que al hombre afortunado

le brille su estrella.

Para este desdichado inmortal

se cerrará para siempre.

¡Pues así se aparta el dios de ti,

¡con un beso

te arrebata la divinidad!

¡Loge, escucha!

¡Escucha con atención!

Como cuando te conocí como fuego ígneo,

como el día que te escapaste
convertido en llamarada,

¡como entonces
te encadeno ahora!

¡Arriba, mar de llamas!

¡Rodea llameante la roca!

¡Loge! ¡Loge! ¡Ven aquí!

¡Quién tema mi lanza,

que jamás traspase el fuego!